¿Por qué es tan fácil imaginar el fin del mundo?

Ángel Marroquín

El sistema económico en que vivimos se reduce a la compulsión de tomar lo que más puedas, en el menor tiempo posible, sin nunca devolver nada. ¿Para qué? Para acumular riqueza que se supone trae bienestar, tranquilidad y la que puedes legar a tus descendientes para asegurar que no tengan que comenzar desde cero como hiciste tú o tus padres. En el fondo, trabajas duro toda tu vida para darles a tus hijos una ventaja en la larga y dura carrera por la sobrevivencia, a la que tú, distraídamente les invitaste.

Tener más es mejor y crecer es signo de salud y prosperidad, económica y personal. Bajo esta lógica implacable, ¿Quién está dispuesto a ceder su lugar en la lucha por recursos que parecen escasos y menguantes?, ¿Los que tienen más, los que tienen menos o los que tienen casi nada? De donde va a venir la reducción de consumo que necesitamos para detener la rueda enloquecida al progreso basado en la adicción a los combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero que nos están matando?

Los pobres no, porque de ese mendrugo que logren alcanzar depende su familia y porque rara vez alcanzan algo más que lo necesario para subsistir (si crees que exagero, por favor pregúntate honestamente si tú podrías vivir con el sueldo mínimo). Es tragicómico, pero muchos de los países pobres del ahora denominado Sur Global ni siquiera se encuentran en crisis climática porque no cuentan siquiera con los recursos necesarios para producir emisiones, sin embargo, serán los más afectados por las consecuencias del cambio climático. Aún más, lo que necesitan ellos urgentemente en producir más emisiones para lograr alimentar, vestir y educar a su empobrecida población.

Pero, por otra parte, los países ricos tampoco están dispuestos a ceder, pero ellos por otro motivo. El excesivo crecimiento económico de estas sociedades es el que ha producido la mayoría de los gases de efecto invernadero que nos tienen en la actual crisis climática. Si ellos comenzaron antes a contaminar, ellos también acumularon las ganancias del progreso. Ellos se mantendrán en los buenos lugares en que se encuentran, buscarán entretenerse y esperar hasta que la fiesta termine. ¿No es eso lo que muestran los Pandora Papers?

El progreso científico, artístico, social del que se enorgullecen los países del mundo desarrollado, ha sido producido al costo de la contaminación global. Es algo que deberíamos tener todos en mente cuando hacemos la cola y pagamos para entrar a los magnificentes  y caros museos Europeos.

La idea que el crecimiento económico es el deber primordial de la economía y que la sociedad se debe adaptar o someter más bien a este principio, nos ha sido enseñada como sentido común. Ninguna de las ideologías del siglo XX ha sido tan poderosa y eficaz en su indoctrinación como el capitalismo. Este hecho llevó al filosofo Frederic Jameson a decir hace años atrás: “es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”. ¡Chan!

Desde Azerbaiyán a París, pasando por Bolivia, Zambia y Rotterdam, la idea que el bienestar proviene del progreso material y la explotación de la naturaleza es la única vía de asegurar el progreso material de la sociedad, se ha impuesto creando depredación del medio ambiente. Pero paradojalmente el progreso, la riqueza y el bienestar alcanzado por los países a costa de hipotecar su futuro, tampoco ha sido distribuido equitativamente en las sociedades ricas o entre los países en desarrollo. ¿Una prueba? Cada París tiene su Bangladesh y cada Bangladesh tiene su opulento París.    

Para imaginar el fin del mundo tenemos bastantes herramientas, entre las más nuevas, tenemos el último informe del IPCC, Save de Children o los informes de Oxfam. Para imaginar el fin del capitalismo no tenemos nada. Si tú crees que puedes imaginarlo, anda y dinos:

¿Cómo sería el día después de la revolución mundial?

Photo: Sebastiàn Silva, https://la-periferia-interior.tumblr.com/

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