El camino que baja es el camino que sube

Ángel Marroquín

Conducía a mi trabajo hace unos días atrás cuando me detuve frente al cruce de un puente en una carretera rural. Estaba solo frente a un largo semáforo en rojo. 

Conducir a través de carreteras rurales es como una larga caminata a la orilla del mar. En ocasiones y sin que lo esperes, el mar lanza una botella con un mensaje ahí, a tus pies. Eso es lo que me sucedió esa mañana mientras esperaba que el semáforo pasara del rojo al verde.

El cielo era de un azul intenso, el sol de principios de primavera brillaba y la temperatura era fresca. El silencio era solo interrumpido por el fluir del agua espiralada y profunda que pasaba bajo el puente de piedra.

De pronto, la sensación atmosférica del momento, la compleja combinación entre la luminosidad del sol, la humedad del rio cercano y el calor del sol en mi piel, me parecieron las mismas que había experimentado años atrás en el otro país, el país de origen. Literalmente al otro lado del mundo, en el otro hemisferio del planeta, en otro continente.

Esa sensación de la temperatura y el calor que tímidamente yo reconocí como aquella que se hace camino en mi país entre los últimos días del verano y anuncia la inminente llegada del otoño y el invierno, me había acompañado por muchos años mientras me preparaba para iniciar la escuela en Marzo tras el siempre triste, final del verano.

Hoy frente al semáforo en rojo y a miles de kilómetros de distancia me preparaba, esta vez, para la primavera y el verano tras dejar a tras la ominosa atmosfera del invierno al otro lado del mundo.

De pronto fui consciente que habían dos extremos de una cuerda que se rozaban por un momento: la luz del sol vivida allá, en el pasado y la que ahora me rosaba no eran idénticas, eran la misma.

Por un momento se me había permitido habitar dos espacios simultáneamente y era esa breve y voluptuosa apertura al mundo, la que me había regalado ese momento. Ese Kibbutz del deseo del que hablaba Oliveira.

Entonces mi cuerpo me dijo que esa sensación estaría ahí mientras viviera: así como habían palabras en mi lengua materna que podían expresar emociones y pasiones únicas, así también habían palabras en el nuevo idioma que podían expresar cosas nunca antes vividas. La atención al dialogo entre ambas iba a ser el camino que debía yo seguir.

Justo entonces el círculo verde se iluminó y pude seguir mi camino. 

See you on the streets

Ángel Marroquín

Después de 12 frenéticos días la COP26 llegó a su fin en Glasgow. Con la ausencia de Rusia, Brazil, Arabia Saudita y China, las fantasiosas promesas del gobierno Indio y las desquiciadas intervenciones de Boris Johnson, una vez más los gobernantes del mundo nos han mostrado su incapacidad para alcanzar acuerdos vinculantes para la reducción de los gases de efecto invernadero y detener así la actual crisis climática. Si a alguien le quedaba alguna duda, con los resultados de esta última COP26 le debería bastar. No, no es posible dejar en las manos de los políticos, las ONG´s coludidas y las empresas la solución a la crisis climática.

¿Pero qué sucedió más allá de la zona azul del Centro de Eventos de Glasgow, en que los políticos y los representantes del mundo de los negocios estaban reunidos intentando llegar a acuerdos imposibles? Tal vez lo más importante no sucedió ahí, sino en las calles de Glasgow.

Porque fue en las calles que la legitimidad de la COP26 y el rol de los 195 gobiernos representados ahí fue cuestionado por activistas civiles constantemente acorralados por la policía.

El gobierno del Reino Unido y su Primer Ministro prometieron que esta COP sería la más inclusiva, pero contrariamente la legislación Británica dejó a muchos participantes provenientes del tercer mundo, imposibilitados de cruzar la frontera debido a la dura legislación migratoria y, por lo tanto, de llegar a Glasgow y participar de la Conferencia.

Pese a todas estas ausencias, el último viernes de la Conferencia y en medio de una multitudinaria manifestación de “Fridays for Future”, Greta Thunberg dijo: “This is no longer a climate conference. This is now a global north greenwash festival, a two week long celebration of business as usual and blah, blah, blah”.

Las palabras de Thunberg destacan un importante hecho: afuera de la COP es donde sucedió lo que realmente marcará la agenda futura, comenzando por este 2022.

Y es que en uno de los más importantes logros de la fracasada COP ha sido la consolidación de un movimiento social mundial diverso, sin ortodoxia ni personalismos ni límites geográficos, en el que conviven diversos actores, intereses e ideologías todas ellas confluyentes en un punto: la existencia de una crisis climática que hay que detener pese a la oposición de gobiernos y empresas. Hoy y después de esta fallida COP26, la única esperanza radica en ellos, en nosotros mismos.

Exctinction Rebellion ya ha llamado a un gran levantamiento civil de acción no violenta para el año que viene en todo el mundo. Tal vez esta sea la última chance que tengamos para detener a quienes nos ponen en peligro: nuestros gobiernos que, una vez más han mostrado su incapacidad para poner freno a los desmedidos intereses del lobby de las grandes compañías petroleras y su incapacidad de detener la actual crisis climática.

2022, See you on the streets.

Building a fire in Glasgow

Ángel Marroquín

En el cuento Build a Fire, Jack London cuenta la historia de un hombre que contraviniendo las advertencias de los lugareños, se arriesga a caminar de un pueblo a otro para visitar a unos amigos en la región de Yukón en el bosque boreal de Canadá. La temperatura es extremadamente baja y el perro que le acompaña, camina reluctantemente tras él. Pasado el mediodía y ya en medio del camino, el hombre se detiene y decide encender un fuego para secarse y comer algo. Como protección usa un espacio bajo un árbol y enciende el fuego. A continuación el hombre mueve unas ramas y con el calor del fuego, la nieve que estaba contenida en las ramas cae apagando el fuego. El hombre muere congelado y en la escena final del cuento el perro aterido continúa solo el camino hacia el pueblo en medio de una borrasca de nieve.

Toda la tensión del cuento se encuentra en un hecho: el error del hombre al hacer el fuego bajo un árbol cargado de nieve. Las consecuencias de ese error son las que finalmente acaban con su vida. Pero por otra parte el clima extremo hace que el error del hombre adquiera mayor proporción y resulte mortal. La naturaleza termina cobrando su revancha contra el hombre. En este juego no hay segundas oportunidades.

¿No es acaso similar la situación a la que nos encontramos hoy respecto a la crisis climática?, ¿No estamos también encendiendo un fuego bajo un árbol cuando somos incapaces de acordar un marco regulatorio exigible para detener la emisiones de gases de efecto invernadero, ponerle un freno a los desmedidos intereses y lobby de las grandes compañías petroleras, cuando no somos capaces de proteger la naturaleza que nos sustenta o cuando somos incapaces de detener nuestro estilo de vida enloquecidamente consumista?

La última COP 26 en Glasgow resulta ser sintomática en este sentido:

La ausencia de algunos de los representantes de los países más contaminantes del planeta: China, Rusia, Brazil y Arabia Saudita.

Los países ricos que fallaron en proveer asistencia económica a los países pobres que no tienen mayor responsabilidad en la producción histórica de emisiones y que se encuentran atravesando una crisis que no ayudaron a crear pero que deben pagar.

Los gobiernos que fallaron en involucrar a la sociedad civil en las discusiones y propuestas. De hecho habían más representantes de grandes compañías multinacionales que activistas, indígenas o jóvenes en el salón azul de la COP.

Australia que se negó a comprometerse en la reducción de Metano y la participación de UK no pasó de ser una compilación de frases hechas, citas de James Bond, partidos de fútbol y lo que Greta Thunberg calificó como Blah, blah, blah.

A esto hay que sumarle un set interminable de declaraciones: terminar con la deforestación en 2030, plan para coordinar la introducción de energía limpia, el compromiso para reducir las emisiones de metano en 30% en 2020, el acuerdo para terminar con las plantas generadoras a carbón entre el 2030 y 2040 o en anuncio de India de net zero para el año 2070.

Algunos piensan que los resultados de la COP26 van bien encaminados y confían en que se fortalecerán los acuerdos entre los múltiples actores e intereses en juego. Para mí lo de Glasgow se parece a ese fuego que ha sido encendido bajo el árbol en el cuento de London: tarde o temprano la naturaleza terminará cobrando su revancha contra el hombre aprovechando su error, su osadía, su estupidez. Quién sabe, tal vez el hombre del cuento pensaba en eso cuando sentía un tibio entumecimiento subiendo desde sus piernas y ganas de dormir, mientras el perro se alejaba mirando hacia adelante y perdiéndose de vista entre la nieve.

Photo: Extinction Rebellion, London, 2021

Unicornios

Ángel Marroquín

¿Cuántas veces nuestro futuro ha estado frente a nosotros y no hemos sido capaces de verlo? El día en que una mirada se cruzó entre dos desconocidos y la suerte de ambos ya estaba echada; el día que llenamos la aplicación a ese trabajo sin mucho entusiasmo, ahí estaba contenido todo lo que vendría o, mejor aún, un viaje a otro país que trajo consecuencias inesperadas y que cambiaron nuestra vida para siempre. Hay quien dice que bien vista, en una gota de agua es posible ver el mar.

Pero frente a esta miopía existencial que nos es bien conocida, se nos dado también la posibilidad de imaginar el futuro, es decir, pensar lo que podría ser de nosotros y de quienes nos rodean, más allá del presente. Sentados en un lugar tranquilo durante las vacaciones o viajando hacia el trabajo en una populosa ciudad, todos gozamos del más democrático de los derechos: el derecho a soñar y a planear nuestros pasos hacia adelante en medio de la confusión del mundo. Soñamos dedicadamente y a menudo nuestros sueños se convierten en humo que se disipa para dejar paso a la fría y objetiva realidad de los hechos concretos.

¿Pero qué hacer con todos esos castillos construidos en el aire? ¿Qué hacer con esos meticulosos y creativos planes que nunca se realizaron?, ¿Para qué podría servir una colección de esas fantásticas arquitecturas del alma cuidadosamente edificadas en la arena de la playa, frente al mar de la realidad? No lo sé, pero conozco a alguien que parece saber.

Eugene Byrne es un historiador y autor local de Bristol y que el año 2013 publicó el libro “Unbuilt Bristol: The City That Might Have Been 1750-2050”. Ocasionalmente sirve de guía turístico de la ciudad Inglesa y su tour requiere una cuota de imaginación: él se dedica a mostrar  edificios, monumentos y proyectos que no existen porque nunca llegaron a materializarse. Ya sea por falta de apoyo financiero, por su carácter desproporcionado o porque simplemente resultaron ridículos a los encargados de aprobarlos.

Byrne se dedica a investigar en lo que podría haber sido. Su interés en estos proyectos, sin embargo,  levanta una serie de preguntas a nosotros, habitantes del presente: ¿Algunos de estos proyectos podrían haber hecho de la ciudad un mejor lugar?, ¿Cómo habrían cambiado el rostro de la ciudad? Nunca lo sabremos porque estos proyectos forman parte del futuro que solo podemos imaginar pero no ver.   

La pregunta que en mi despierta el oficio de Byrne es la siguiente: ¿Está el futuro hoy frente a nosotros tal como uno de esos edificios que no podemos ver?, ¿Qué sucedería su pudiéramos hoy asomarnos al futuro y verlo como uno de esos edificios por fin realizado?, ¿Qué veríamos en realidad?

Pero no.

La única forma de asomarnos a ese futuro es a través de los planos cuadriculados, croquis y esbozos que despliega la imaginación en nuestras mentes: el mapa de lo que podría ser. El lenguaje del subjuntivo y las aproximaciones que nos traen a la mano la fantasía y la poesía.

Al fin de cuentas el futuro parece ser para nosotros una especie de unicornio. Una palabra que describe algo que no existe, que nadie ha visto ni verá jamás, pero que todos podemos de alguna forma imaginar. No es poco y tal vez es suficiente.

Photo: “Unbuilt Bristol: The City That Might Have Been 1750-2050”

La policía buena

Ángel Marroquín

Hace tiempo quería escribir algo acerca de la “policía buena”, pero no encontraba la ocasión ni las ganas, pero de todos modos, ahí vamos.

¿Qué qué es la policía buena?

Se trata de una tendencia de comportamiento de moda actualmente y que busca hacer ver a los demás, en forma amigable claro está, sus equivocadas formas de entender las relaciones de género, la ecología, la importancia del veganismo, el cuidado del medio ambiente, el divorcio, la forma de criar niños en el mundo actual, cómo cambiar la sociedad para mejor, entre otros muchos tópicos.

Antiguamente una actitud como esta era atribuida a falta de delicadeza social, de etiqueta o lo que se conoce como buenas maneras o paternalismo, hoy es vista como signo de distinción entre las clases medias liberales acomodadas o acomodadas lo suficiente como para gritar y ser oídos.

Siempre convencidas que su forma de entender el mundo es universalmente compartida e interesadas asimismo en imponerla a los demás, estos miembros de la “policía buena” se han convertido en legisladores acerca de lo que es políticamente correcto. Una especie de fariseos modernos del estilo de vida liberal acomodado.

Pero esto no fue siempre así, esta patente falta de delicadeza fue atribuida durante muchos años justamente a los sectores conservadores religiosos, cada uno de los cuales perseguía imponer su verdad a fuerza de acallar a los blasfemos, herejes o disidentes en general. Lo paradojal es que hoy son los grupos liberales (algunos de ellos perseguidos anteriormente por los conservadores), quienes intentan imponer una agenda de cambios cultuales acallando la disidencia y promoviendo la denuncia de los que no adhieren al canon liberal burgués. Digo burgués para destacar que ninguno de los miembros de la policía buena alberga a refugiados o inmigrantes ilegales del tercer mundo, ninguno de ellos ha dormido nunca en la calle y ninguno de ellos ha vivido nunca con el sueldo mínimo o arriesgado su vida protegiendo los bosques nativos del tercer mundo.

Como sea, la policía buena ha venido ganando terreno y aprendiendo mucho de los sectores conservadores. Han sido públicos los procesos y medidas tomadas en Universidades Inglesas y en otras ciudades de Europa contra profesores por grupos de interés opuestos a las opiniones de la policía buena en temas de género, raza o desigualdad. ¿Cómo saber si tus opiniones son compartidas por la policía buena? Opina lo que piensas y mira si es que alguien luce ofendido a tu alrededor. Te lo harán saber de todas formas. Ellos querrán enseñarte.

Si este problema permaneciera en las Universidades sería tal vez algo folclórico o local, pero no es así y ese es el problema, porque esta actitud termina por socavar las bases institucionales, crea desconfianza porque la gente no se atreve a someterse a esta clase de re educación progresista-paternal  y porque promueve el silenciamiento de quienes piensan diferente a la ortodoxia liberal burguesa con lo que terminamos con un espectro de discusión reducido. Ofendidos contra ofensores-ignorantes de las verdades luminosas de la policía buena. Fuego amigo por todos lados.

No es extraño entonces ser tratado con paternalismo cuando se nos quiere hacer ver que la forma correcta de encarar un asunto respecto a inmigración, refugio, raza, ecología, género, pobreza o desigualdad deba pasar por aceptar los postulados de la policía buena. Uno entonces queda atrapado ente dos policías la buena (la liberal) y la mala (conservadora). Como sea, al final siempre gana la policía.

Ten cuidado, la policía buena puede estar mirándote, lista para ofenderse si dices algo incorrecto a su libro de recetas liberal burgués de buena crianza. A la otra ya la conocemos. No te preocupes, camina derecho sonríe y diles: “tienes razón”. Les encanta.

¿Qué buscas, Amal?

Ángel Marroquín

Una muñeca recorre Europa, su nombre es Amal, mide cerca de tres metros de altura y ha caminado cerca de 8 mil kilómetros a través de Turquía, Grecia, Suiza, Alemania, Bélgica, Francia y actualmente se encuentra recorriendo a pie Inglaterra.

Amal constituye una acción de arte que busca crear conciencia acerca de la situación de los niños refugiados (también denominados menores no acompañados) y ha venido siguiendo la ruta que, en la realidad, muchos de estos niños han seguido, solos, en busca de protección y seguridad desde sitios en guerra hasta países desarrollados, desde países pobres a países ricos.

La recepción que ha recibido Amal en los distintos países ha sido mixta: en algunos lugares ha sido acogida con celebraciones por parte de adultos y de niños, ha bailado y pasado un buen momento con ellos en sus ciudades y localidades. En otros lugares le han lanzado piedras y los artistas han estado a punto de ser expulsados porque los habitantes se sienten juzgados o no tienen tiempo ni humor para esta clase de arte.

De todas formas vale preguntarse: ¿Por qué Amal suscita tantas encendidas pasiones?, ¿Puede su presencia ayudar de alguna forma en la dramática situación de los niños refugiados que viajan actualmente a través de Europa?

El objetivo clave de la intervención artística es despertar empatía en quienes participan de ella. ¿Cómo no sentir emoción al ver a Amal vestida pobremente, sus ojos brillantes, mirando curiosos a su alrededor y emulando el comportamiento de una niña de 8 años de edad?. Preguntarse por los aspectos positivos de Amal no arroja luces sobre aquello que nos resulta tristemente más familiar: el rechazo a los refugiados en los países ricos y en los pobres. A mí me parece que es este el punto que debemos intentar luminar para responder a la pregunta hecha en el párrafo anterior.

Lo que ha suscitado el rechazo a la intervención artística es que plantea una pregunta incomoda que interpela a cada uno de quienes participan de ella: ¿Cómo sería vivir como un niño refugiado? o mejor aún ¿Qué pasaría si mi hija fuese una niña huérfana y refugiada vagando por Europa?, ¿A qué clase de experiencias estaría ella expuesta?, ¿Cómo haría para sobrevivir frente a tantas puertas cerradas?

Parece suceder que en Europa aún no hay personas preparadas para responder a estas preguntas, tal vez por eso es que rechazan a esta muñeca que viene a mostrar que después de todo el emperador Europeo sigue caminando desnudo.

Photo: The Guardian

Tú eres la economía

Ángel Marroquín

A veces olvidamos que aquello que llamamos economía es siempre una relación con otra persona: la cajera que nos atiende en el supermercado, el granjero que siembra y cosecha la fruta o verduras que hemos comprado o el conductor del bus que tomamos cada día rumbo al trabajo o al estudio. Seamos conscientes o no, estamos todos interrelacionados, ligados los unos a los otros por una delicada y compleja red de intercambios que nos sostienen y favorecen la vida.

La calidad de esta relación entre nosotros es la calidad de nuestra economía. Por lo tanto vale la pena preguntarse qué clase de relación queremos tener entre nosotros: ¿Nos empeñamos en extraer la mayor cantidad de beneficios en el menor tiempo posible?, ¿Vemos a la persona frente a nosotros como un medio para lograr nuestros fines egoístas? o por el contrario, ¿Queremos tener una relación de cuidado y armonía con ellas?, ¿Queremos conocerlos y crecer con ellos en la relación?

Comprender que nadie va a tomar esta decisión por ti es parte importante del cambio que necesitamos para detener la actual crisis climática. Finalmente, en nuestras manos está la decisión de tomar menos de todo lo que está a nuestro alrededor y dejar de venerar al dios del crecimiento y el progreso económico y sus dogmas.

Dejar de ver el mundo con un afán consumista, utilitarista y de dominio es tal vez es una de las cosas que necesitamos hacer cuanto antes. Terminar con la desenfrenada fantasía turística que produce toneladas de CO2 diariamente, el hambre insaciable de entretención que mueve la televisión chatarra, la enloquecida ansia por novedad y excitación constante que se alimenta del tedio de vivir.

Pero entonces, ¿Qué clase de vida deberíamos elegir para cambiar el rumbo de colisión en el que parecemos haber sido programados por el estilo de vida consumista y sinsentido que hemos aceptado seguir?

A muchos nos parece que a esta altura de la actual crisis climática no hay lugar para la ambigüedad y es claro que ese tipo de vida debería implicar una opción consciente por la reducción. Menos trabajo, menos consumo, menos transporte basado en el consumo de combustibles fósiles, menos banalidad y cultura de celebrities, menos lujo, etc. Pero también debería implicar más: más relaciones significativas, más relaciones con nuestros vecinos, más tiempo para desarrollarnos como personas, más libertad. Al final del día, ¿Quién es libre?, ¿Aquel que tiene dinero y debe preocuparse constantemente en cómo hacerlo crecer y protegerlo o aquel que tiene tiempo para gastar consigo mismo, con su familia, amigos y vecinos?   

¿Seremos capaces cada uno de nosotros de hacer las opciones necesarias para reducir nuestras opciones justo ahora que el sistema económico post pandemia se recupera a punta de aumentar la presión sobre los consumidores para volver a comprar, volver a consumir lujo y a viajar accesoriamente?  

La respuesta es simple y compleja. Llegaremos a reducir nuestro consumo y a cambiar nuestro estilo de vida consumista por la razón o por la fuerza. Lo de la razón está claro: aumento de la auto reflexión, el trabajo colaborativo con vecinos y comunidades, resiliencia, educación, etc.

Por la fuerza quiere decir que la actual crisis climática alterará las cadenas de suministros de nuestros supermercados, se inundarán las fábricas de ropa en el tercer mundo y encareciendo el costo de las materias primas o tendremos pandemias asociadas a mutaciones relacionadas con el cambio climático que harán imposible comprar. Nos veremos obligados a reducir nuestro consumo por la fuerza.  

De esta clase de decisiones hoy depende nuestra sobrevivencia como especie y el legado que dejaremos a las futuras generaciones que ya habitan este planeta y nos miran. Teniendo toda la información frente a nosotros, ¿Vamos a decidir fallarles?

Comencé esta columna diciendo que la economía es una relación con otras personas y la calidad de esa relación depende de nosotros: tratar a los otros con dignidad, darles el tiempo para ser ellos mismos, abrirse a nosotros, abrirnos nosotros a ellos y su singularidad, es una forma de honrar esa nueva forma contraproductiva de relacionarnos que tanto necesitamos para salir del circulo vicioso del utilitarismo consumista. ¿Por qué?

Porque, finalmente, tú eres la economía.

¿Qué quieres hacer cuando seas grande?

Ángel Marroquín

El misterio de una vida no puede ser descifrado sino por quien la vive. Vamos y venimos, damos vueltas y vueltas solo para retornar una y otra vez a los mismos lugares, las mismas luces y tinieblas, los mismos paisajes, los mismos aromas. Ignoramos los límites de nuestra invisible prisión personal.

Hasta que de pronto comprendemos, nos damos cuenta y somos, por fin, conscientes. Entonces es cuando las cosas cambian, cuando somos cambiados por las cosas a nuestro alrededor. Una y otra vez debemos empezar de nuevo a vivir.

Algo trivial, un hecho cotidiano, insignificante en apariencia, nos trae de vuelta al asombro de estar vivos, nos hace conscientes de lo que necesitamos o simplemente de lo que ya no necesitamos más. Algo así le sucedió a un amigo y me sucedió a mí mientras escuchaba su historia.

Conversando me dijo: “Mi hija está en esa edad en que la gente comienza a preguntarle ¿Qué quieres hacer cuando seas grande? A mí me da lo mismo lo que ella diga, me dijo, pero me siento un hipócrita al tratar de decirle: “Sigue tus sueños”, “Haz lo que te haga feliz”, porque yo mismo no lo he hecho”.

En cuanto terminó la última frase, yo pude percibir que algo cambiaba en él. Su secreto había sido develado, su pesadilla personal había sido narrada, por fin. De alguna forma contarlo le había permitido deshacerse de algo, ponerlo en la mesa.

Mientras yo miraba eso que estaba ahí, en la mesa, pensaba en como todos nosotros somos arrastrados por la inercia de las rutinas, los plazos mensuales y los olvidos voluntarios e involuntarios. Sin percibirlo, día a día, nos vamos viendo envueltos en una extraña negociación con nosotros mismos en la que cada vez se nos pide más actuar como el mundo quiere y menos como naturalmente nos sentimos inclinados a actuar y a decidir. Hay quien le llama “Madurez” al proceso de adaptación a esta clase de rutina aniquilante.

El problema es que no estamos negociando con piedras u otra cosa inerte, estamos negociando con nuestra vida, con el precioso y breve tiempo que tenemos para desarrollar esa “salvaje y extraña” singularidad que cada uno de nosotros posee y que es irrepetible y, de alguna forma, sagrada.

Se nos ha hecho creer que seguir nuestros sueños es algo que debe rimar con el éxito comercial, el reconocimiento social o la reputación. Pero cuanto más buscamos estas cosas, más aprisionados quedamos al precio que debemos pagar por ellas. Si no somos invitados a una importante reunión nos sentimos rechazados o disminuidos en nuestra autoestima, pero no consideramos que para estar en esa reunión debemos pagar un alto precio: mayor involucramiento en el tema, más horas gastadas preparándonos, beber más tazas de café hablando sobre cosas que no nos interesan, tiempo gastado en adulación, etc.

Contrariamente, el éxito parece consistir en ganar la libertad de desapegarnos de esas obligaciones que nos alejan de quienes somos, de nuestra laboriosa, difícil e interminable tarea de gobernarnos a nosotros mismos.  Seguir nuestros sueños tal vez quiere decir cambiar la vida, ganarnos en lugar de perdernos en la interminable negociación entre nosotros mismos y el mundo.

Como sea, a cada uno de nosotros nos llegará el momento en que nos veamos en la situación de mi amigo: desear decirle a un joven “sigue tus sueños”, “haz lo que te haga feliz” y contrastar nuestra propia vida con esas intenciones.

¡Buena suerte!

Photo: Sebastián Silva

¿Por qué es tan fácil imaginar el fin del mundo?

Ángel Marroquín

El sistema económico en que vivimos se reduce a la compulsión de tomar lo que más puedas, en el menor tiempo posible, sin nunca devolver nada. ¿Para qué? Para acumular riqueza que se supone trae bienestar, tranquilidad y la que puedes legar a tus descendientes para asegurar que no tengan que comenzar desde cero como hiciste tú o tus padres. En el fondo, trabajas duro toda tu vida para darles a tus hijos una ventaja en la larga y dura carrera por la sobrevivencia, a la que tú, distraídamente les invitaste.

Tener más es mejor y crecer es signo de salud y prosperidad, económica y personal. Bajo esta lógica implacable, ¿Quién está dispuesto a ceder su lugar en la lucha por recursos que parecen escasos y menguantes?, ¿Los que tienen más, los que tienen menos o los que tienen casi nada? De donde va a venir la reducción de consumo que necesitamos para detener la rueda enloquecida al progreso basado en la adicción a los combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero que nos están matando?

Los pobres no, porque de ese mendrugo que logren alcanzar depende su familia y porque rara vez alcanzan algo más que lo necesario para subsistir (si crees que exagero, por favor pregúntate honestamente si tú podrías vivir con el sueldo mínimo). Es tragicómico, pero muchos de los países pobres del ahora denominado Sur Global ni siquiera se encuentran en crisis climática porque no cuentan siquiera con los recursos necesarios para producir emisiones, sin embargo, serán los más afectados por las consecuencias del cambio climático. Aún más, lo que necesitan ellos urgentemente en producir más emisiones para lograr alimentar, vestir y educar a su empobrecida población.

Pero, por otra parte, los países ricos tampoco están dispuestos a ceder, pero ellos por otro motivo. El excesivo crecimiento económico de estas sociedades es el que ha producido la mayoría de los gases de efecto invernadero que nos tienen en la actual crisis climática. Si ellos comenzaron antes a contaminar, ellos también acumularon las ganancias del progreso. Ellos se mantendrán en los buenos lugares en que se encuentran, buscarán entretenerse y esperar hasta que la fiesta termine. ¿No es eso lo que muestran los Pandora Papers?

El progreso científico, artístico, social del que se enorgullecen los países del mundo desarrollado, ha sido producido al costo de la contaminación global. Es algo que deberíamos tener todos en mente cuando hacemos la cola y pagamos para entrar a los magnificentes  y caros museos Europeos.

La idea que el crecimiento económico es el deber primordial de la economía y que la sociedad se debe adaptar o someter más bien a este principio, nos ha sido enseñada como sentido común. Ninguna de las ideologías del siglo XX ha sido tan poderosa y eficaz en su indoctrinación como el capitalismo. Este hecho llevó al filosofo Frederic Jameson a decir hace años atrás: “es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”. ¡Chan!

Desde Azerbaiyán a París, pasando por Bolivia, Zambia y Rotterdam, la idea que el bienestar proviene del progreso material y la explotación de la naturaleza es la única vía de asegurar el progreso material de la sociedad, se ha impuesto creando depredación del medio ambiente. Pero paradojalmente el progreso, la riqueza y el bienestar alcanzado por los países a costa de hipotecar su futuro, tampoco ha sido distribuido equitativamente en las sociedades ricas o entre los países en desarrollo. ¿Una prueba? Cada París tiene su Bangladesh y cada Bangladesh tiene su opulento París.    

Para imaginar el fin del mundo tenemos bastantes herramientas, entre las más nuevas, tenemos el último informe del IPCC, Save de Children o los informes de Oxfam. Para imaginar el fin del capitalismo no tenemos nada. Si tú crees que puedes imaginarlo, anda y dinos:

¿Cómo sería el día después de la revolución mundial?

Photo: Sebastiàn Silva, https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Usted elige

Ángel Marroquín

Hay tanta gente que se comporta miserablemente en el mundo que es muy difícil elegir al peor. Gente que toma decisiones que empeorarán las condiciones de vida de los niños de hoy, personas que pudiendo ayudar a otros no lo hacen, gente que hace negocios con la desgracia ajena, gente que elige deliberadamente decir y hacer el mal a alguien que no se puede defender, etc. Todos les conocemos y sabemos que están bien y que probablemente duermen tranquilamente durante la noche. Y así es como va el mundo.

Pero de entre todos ellos se encuentran los peores y de ellos quiero hablarles. ¿Quiénes son? La gente que se indigna moralmente por la mezquindad ajena, aquellos que son infalibles en detectar la mezquindad en el comportamiento ajeno pero nunca en el propio.  En otras palabras, aquellos que nunca han dudado antes de lanzar la primera piedra contra otros.

El día 25 de Septiembre 5.000 personas se reunieron en una marcha contra inmigrantes en una ciudad pobre del tercer mundo ubicada entre el mar y el desierto. Tras marchar se dirigen a un campamento habitado hace cerca de un año por inmigrantes latinoamericanos pobres de un país cercano y algunos de ellos indocumentados, los desalojan y les queman sus pocas pertenencias mientras gritan consignas nacionalistas y agitan banderas de Chile. Inmediatamente la prensa y redes sociales reaccionan y se llena de personas condenando airadamente el hecho. Algunos de ellos dicen cosas como esta: Hace rato no veía miseria humana más feroz y repugnante que la de ese puñado de xenófobos iquiqueños. Y se dicen “patriotas”. Su patria y su bandera no es la mía, cobardes. Sólo me generan vergüenza y desprecio”

Claro que es miserable el comportamiento de todos y cada uno de los que participaron en este hecho de destrucción y abuso de gente pobre que no se puede defender. Claro que deben ser investigados, perseguidos y condenados.

¿Pero no son igualmente miserables los que ahora se indignan cuando durante todo este tiempo no han hecho nada por ayudar  a estas personas?

Los que levantan sus dedos índice apuntando, ¿A cuántos indocumentados tienen viviendo solidariamente en sus casas?, ¿A cuántos han alimentado o dado siquiera algo para vestirse durante el invierno?, ¿A cuántos han ayudado con los engorrosos trámites de regulación migratoria?, ¿A cuántos han dado una sopa caliente durante la fría noche?

Sí, la hipocresía es igualmente miserable como el abuso de los matones nacionalistas pero causa un daño distinto, invisible e insidioso. Y es que el indignado moral no ha hecho nada antes de mostrarnos su indignación y no hará nada después de lanzarla a las redes sociales. Su gesto solo busca el aplauso momentáneo y no nace del compromiso con la intemperie en que viven los pobres alrededor del mundo.

Digo esto porque, tal vez, esta triste situación debería hacernos pensar que cada uno de nosotros puede y debe elegir comportarse miserablemente o no, cuando elige indignarse en el vacío, levantar el dedo para apuntar o ir en ayuda de esas personas. Usted elige.

Photo: El Mundo

Nietos y abuelos unidos jamás serán vencidos

Ángel Marroquín

Una de las menos atendidas consecuencias del avance de la tecnología en nuestras vidas es que  la distancia entre las nuevas generaciones y sus abuelos se está reduciendo.

Los avances en medicina han logrado aumentar las expectativas de vida de los ancianos, lo que sumado a la creciente masificación de la tecnología e internet han logrado que los ancianos pasen más tiempo activos y conectados.

Hasta hace poco tiempo atrás, los abuelos eran personas relegadas a un polvoriento cuarto en su casa o un hogar de ancianos. Hoy contrariamente, los abuelos son un grupo activo, políticamente comprometido y relevante para el mercado que ama a estos activos consumidores epicúreos y responsables pagadores.

No resulta extraño entonces ver a un abuelo o abuela marchando a favor de la protección del medio ambiente, (A todo esto, ¿Serán consientes los jóvenes organizadores que la huella de carbono de sus abuelos es la culpable de la actual situación del planeta?), practicando yoga o tai chi en un parque público, bebiendo en un restaurante de moda o conectados a sitios de citas románticas como Senior Date.  

Cuando jóvenes y ancianos se reúnen uno comprueba la inversión cultural que se produce entre ellos: gente joven vistiendo la ropa de sus abuelos (gabardinas, corbatas y camisas con cuello), mientras sus abuelos lucen mezclilla, jeans y poleras psicodélicas. Todo un caso de mimetismo cultural postmoderno.

Pero en parte esta influencia reciproca se origina en una tragedia: especulación inmobiliaria, la falta de casas disponibles y costos de arriendos exorbitantes, que hacen cada vez más difícil a los jóvenes dejar la casa de sus padres lo que implica que los abuelos, que viven ahí, son una influencia involuntaria y permanente en la vida de sus nietos. Y esta influencia se expresa además en que por lo general los abuelos se pueden permitir un esquema valórico mucho más permisivo que el que existe entre padres e hijos. Claro, ellos vienen de vuelta, ya vivieron el lado amargo de la responsabilidad y ahora se pueden permitir una tierna y relajada simpatía anarquista.  Esto por lo general es apreciado por las jóvenes generaciones que encuentran apoyo político en ellos.

Como resultado de este contubernio ideológico entonces lo que tenemos es que los caballitos de batalla de la agenda liberal-milenial Europea como el género, raza, sexualidades alternativas, animalismo, cambio climático, lenguaje inclusivo, decolonización, apropiación cultural, antirracismo, veganismo, and so on… son compartidos por abuelos y nietos. Los primeros porque idealismo y juventud son sinónimos y los segundos porque, en el fondo, ya no tienen nada que perder.

Los jóvenes milenials liberales se harán viejos, cargarán con sus preferencias ideológicas y tratarán de hacerlas realidad como lo hicieron antes que ellos sus abuelos con el divorcio, la pastilla anticonceptiva, la paz mundial y el naturismo y, finalmente, llegará el momento en que recordarán a sus abuelos y, como ellos ahora, ya no tendrán nada que perder.

¡Ahora!

Ángel Marroquín

Hace poco visité a una persona en el Hospital. Esta persona atravesó una grave enfermedad que la tuvo literalmente, entre las cuerdas, a punto de morir. “Me salvé jabonado”, me dijo riendo. Yo también me reí, pero con menos entusiasmo.

Una vez que la visita terminó, caminé al paradero del bus mientras pensaba ¿Qué lleva a esta persona a estar alegre después de pasar por una experiencia como esa?

Pasar por la desgracia deja en nosotros un aprendizaje que constituye esa especie de sabiduría natural de la que hacen gala los viejos cuando dan consejos. Pero también esa sabiduría que parece brotar de la experiencia de las personas, sus vivencias, sus aciertos, sus grandes errores y remordimientos. Todos ellos parecen reflejados en ese compendio de sentido común capaz de curar cualquier herida.

Esa sabiduría que nace de la experiencia personal y social tiene una gran ventaja: parece hacer mejor la vida, más liviana, más cercana, más asimilable. Cada idea parece encajar con un problema, un dilema, una pregunta angustiante, una decisión que debemos tomar o con la mejor manera de tratar algún asunto delicado.

Eso es lo que vi en los ojos de ese hombre tendido en la cama del Hospital, con una gran cicatriz en su pecho y rodeado de enfermeras, electrocardiogramas, ventiladores y tubos de oxigeno. Venía de vuelta de la muerte o mejor dicho, se le había concedido un breve aplazamiento antes del zarpazo final que lo matará, como a todos nosotros, anyway.

De todas formas, lo que yo vi en sus ojos –y lo que me extrañó y motivó a escribir esta columna-, fue alegría de estar vivo. Satisfacción y ganas de vivir conforme, lo que le quedaba.

Buscando explicarme esta reacción di con el concepto de “Post-Traumatic Growth” y que se refiere al crecimiento personal o el aumento de significado que se produce después que una persona enfrenta un gran desafío en su vida y que le obliga a cambiar o adaptarse a circunstancias nuevas.

El tema es que después de enfrentarse a momentos críticos (como un accidente grave, una operación con riesgo vital, la inmigración, escapar de una catástrofe o de violencia política), las personas adquieren una mayor sintonización con la vida, en otras palabras, la vida significa más para ellos. Se trata de un aumento de intensidad y no de cantidad o extensión. Es un misterio, pero sucede.

Tal vez eso era lo que había en la mirada de ese hombre, una intensidad vital mayor, una clase de esperanza realista. Él no parecía querer ser eterno o no morir, el parecía querer vivir lo que le quedaba como si viera algo maravilloso e irrepetible.

Mientras pensaba yo en esto, la lluvia arreció y cientos de pequeñas gotas de agua colgaron del cristal de mi ventana en el bus. Mientras eran arrastradas por el viento hacia el abismo, a mí me pareció que cada una de ellas gritaba antes de caer: ¡Ahora!, Ángel, ¡Ahora!…

Photo: Irish Times

Mírala a los ojos y dile que todo va a estar bien

Ángel Marroquín

Imagina que tienes una hija de ocho años que durante el día recoge botellas plásticas, las lava cuidadosamente y luego las almacena en su dormitorio para reciclarlas al día siguiente. Cada día ahorra agua, energía eléctrica e intenta motivar a sus compañeros de colegio para que hagan lo mismo. Ahora imagina que en la noche ella se queda dormida llorando, pensando en el estado en que se encuentra el mundo a su alrededor. ¿Lo tienes?

Bien.

Ahora dime: ¿Qué harías tú para devolverle la tranquilidad a esta niña después de leer el último reporte de cambio climático del IPCC?

¿Qué qué es el IPCC? Se trata del Intergovernmental Panel on Climate Change, un organismo internacional que reúne a científicos del mundo que reportan acerca del estado actual del planeta respecto a Cambio Climático y sus consecuencias. Ellos publicaron el día 9 de Agosto recién pasado su último reporte que señala entre otras cosas que el cambio climático ya afecta a todo el planeta y sus efectos solo aumentarán durante las próximas décadas.

En simple: las olas de calor que hemos venido sufriendo se extenderán durante la mayor parte del año y las estaciones frías se acortarán. Las olas de calor extremo tenderán a sobrepasar los niveles críticos poniendo en peligro la agricultura y la salud humana. Ojo que Julio 2021 se convirtió en el mes más caluroso registrado hasta ahora en el planeta tierra mientras Italia registró un record de 47,1 grados Celsius este verano y Turquía, Grecia e Italia sufrieron graves incendios originados por estas altas temperaturas. Sigamos.

Este calor alterará el ciclo hidrológico aún más, generando una reducción global de las precipitaciones y produciendo precipitaciones intensas (inundaciones) en lugares geográficamente vulnerables y donde vive gente pobre.

El aumento en el nivel del mar se acrecentará y afectará con mayor fuerza a zonas costeras, alterando sus ecosistemas y aniquilando la debilitada biodiversidad. Miles de especies se extinguirán para siempre.

El informe finaliza señalando que: “a menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan de manera inmediata, rápida y a gran escala, limitar el calentamiento a cerca de 1,5 ºC o incluso a 2 ºC será un objetivo inalcanzable”.

No, no hay señales de que esto sea siquiera posible. Es más, Covid 19 mostró que tras una pequeña reducción de las emisiones durante el inicio de la pandemia, las emisiones de gases de efecto invernadero volvieron a aumentar y alcanzar sus niveles normales pre pandémicos en solo unos pocos meses. En otras palabras, la economía se recobra y las emisiones se elevan, business as usual.

Ahora mira a la niña a los ojos y, si te atreves, “dile que todo va a estar bien”.


Photo: Special Patrol Group

Pon el dinero donde pones la boca

Ángel Marroquín

Una vez que las luces de Glasgow se apaguen y la COP 26 haya finalizado con aplausos, apretones de manos y flashes fotográficos, alguien se preguntará: ¿Quién pagará por todas estas buenas intenciones?

Evidentemente todas las miradas apuntarán a las grandes corporaciones multinacionales, no solo porque ellas son las grandes generadoras de emisiones de gases de efecto invernadero, sino porque a estas alturas ellas son las únicas que cuentan con el dinero suficiente como para enfrentar el actual estado de la crisis climática global. Ya antes de Glasgow flotaba en el viento esta frase: “Tax the Rich”.

El tema es que la crisis climática que nos encontramos atravesando no es una oportunidad de negocio, sino un asunto de sobrevivencia de la especie humana y de justicia global, y las soluciones no pasan únicamente por mejorar y distribuir energía verde o tecnología, sino por lograr acuerdos que consideren que: “No todos estamos en el mismo barco”, sino que algunos vienen en precarios botes, otros en balsas, otros flotando agarrados a neumáticos y otros vienen nadando lo mejor que  pueden en medio del mar enloquecido. Pero, por esta vez, miremos a los que vienen en la primera clase del Titanic.

¿Qué piensan los super ricos acerca de todo esto?, ¿Cómo saberlo?

Una forma de saberlo es ir al octavo reporte, “Investing for Global Impact: A Power for Good 2021” de  Barclays, quien más.

En este informe se analizan las actitudes y acciones de los ricos del mundo, sus familias, accionistas, altos ejecutivos y sus fundaciones de caridad. “El mundo mundial” como decía una amiga chilena.

La amplia mayoría de los super ricos cree que el cambio climático jugará un papel clave en sus decisiones de inversión y un 67% de ellos declara que ajustarán sus decisiones de negocio a los objetivos de reducción de emisiones de 2 grados Celsius según las los escenarios del Acuerdo de Paris. Next.

Sin embargo sólo la mitad de los super ricos piensa que es posible a esta altura mantener la temperatura bajo los 2 grados de temperatura y solo un 61% cree que la COP 26 que se realizará en Noviembre en Glasgow, logrará acuerdos sustantivos para hacerse cargo de la crisis climática. No hay mucha fe entre ellos.

Pero mi dato favorito es este. Cuando se les pregunta si estarían dispuestos a sacrificar sus ganancias si sus inversiones previnieran la crisis climática? ¿Qué creen ustedes que respondieron?: 72% de los ricos estarían de acuerdo con hacerlo. Tal vez es el momento que los super ricos pongan el dinero donde ponen su boca.

Photo: Special Patrol Group

Desaparecida en acción

Ángel Marroquín

Hace unos días atrás vi en televisión el discurso de apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La verdad es que sentía curiosidad acerca de la forma en que el Secretario General Antonio Guterres, se haría cargo de los resultados del último informe del IPCC y porque su discurso iba a ayudar a crear la atmosfera para la COP de Noviembre en Glasgow. Era yo un espectador interesado en la perspectiva.

Sin mucho preámbulo Guterres les dijo a los representantes de 193 países del mundo reunidos en New York: “nos encontramos al borde de un abismo y moviéndolos en la dirección equivocada”. Lo del abismo estaba claro con el reporte del IPCC y sus catastróficas proyecciones ¿Pero a que se refería con lo de la dirección equivocada? Aquí van algunas notas de lo que salió, entonces, de su caja de pandora:

  • La gran brecha entre ricos y pobres que dejó en evidencia la pandemia.
  • El alarmante estado del medio ambiente y los efectos crecientes del cambio climático, especialmente en países pobres.
  • La amenaza terrorista, violación de derechos humanos en sitios como Yemen, Afganistán, Etiopía y muchos otros simplemente no mencionados porque la lista se haría interminable.
  • La amenaza creciente de desinformación, confusión y desconfianza diseminadas por internet y los efectos negativos que provocan en la población (polarización, ignorancia o paralización), todos caldos de cultivo para caudillismo, populismo o totalitarismos de toda calaña.

Mi parte favorita del discurso se produjo justo cuando quienes le escuchábamos, nos encontrábamos abrumados bajo la montaña de evidencia catastrófica, desesperanzadora y las malas noticias lanzadas por Guterres. Entonces el orador lanzó una especie de salvavidas metafísico y dijo mirando la pantalla: “Solidarity is missing in action when we need it most”. Chan!

El tema es que la solidaridad no parece estar perdida en acción sino secuestrada por un cartel que pide un rescate imposible de pagar. Cada país miembro busca pagar lo menos posible y en última instancia la sesión termina sin que nadie tome una decisión. Como veremos, la solidaridad seguirá con paradero desconocido en New York.

Porque solidaridad quiere decir que uno adhiere a causas que no responden únicamente al interés propio, en nombre de un valor trascendente. Digamos que uno puede suspender su ego por un momento e ir en ayuda de otro porque cree que es moralmente correcto, especialmente en situaciones de crisis como las que señalaba Guterres. No hay solidaridad en el mundo liberal.

Los representantes de los países miembros entonces se miraron entre ellos como diciendo ¿Quién tiene secuestrada a la solidaridad? Bueno, ellos mismos.

Cada uno de ellos, en sus países, tiene ambivalentes relaciones con la corrupción, cada uno de ellos favorece un estilo de vida en que los millonarios son los ejemplos a seguir, cada uno de ellos mantiene la desigualdad social la inequidad de género, la discriminación y la pobreza de la mayoría y la riqueza de una pequeña minoría, todos ellos son temerosos de regular los mercados de las grandes empresas, todos ellos tienen educación de primera, segunda y tercera categoría, todos ellos tienen repletas de pobres sus cárceles.

Ahora vuelve la vista a las notas de la caja de pandora mencionadas más arriba, mírame a los ojos y dime ¿Quién va a ayudar a los Haitianos que están en la frontera de EEUU?, ¿Quién va a apoyar a los pobres de Etiopía o Yemen? o ¿Quién va a poner restricciones a las grandes empresas multinacionales de internet y a los millonarios que viajan al espacio mientras el mundo se va al carajo?

Como se puede ver, con solidaridad o sin ella, seguiremos caminando cada uno por su lado rumbo al abismo. Tal vez nos encontremos allá.

Photo: Edgar Smith, Butte vs. the Grand Canyon, 2008, oil on panel, 13 x 26 inches, MAM Collection, Bequest, David Moomey, 2019.03.11

https://missoulaartmuseum.org/exhibits/pennies-from-hell?fbclid=IwAR0xrk2Ie6hSZLE8D84Ockb8G9j-yhCCZ_A1Q2Zu13gGDqQ6f0GrKyuMDEI

¿Por qué sientes que tienes el derecho a preguntar…?

Ángel Marroquín

El sábado pasado asistí a la presentación del libro “This Hostel Life” de la escritora Melatu Uche Okorie. El libro trata de su experiencia como solicitante de refugio en el sistema de asilo Irlandés. Cuando llegó el final de la presentación una mujer del público le preguntó a la escritora:

-¿Me gustaría saber por qué solicitaste refugio en Irlanda?

La escritora le dijo que estaba un poco cansada de la pregunta, que no la respondería y le preguntó a su vez a la mujer del público:

-¿Por qué te interesa saber el motivo que me llevó a solicitar asilo en Irlanda?

A lo que la sorprendida mujer respondió a toda prisa: “Porque nosotros damos por sentadas muchas cosas aquí, no las valoramos y creemos que en todo el mundo existen de la misma manera”. Evidentemente no era eso lo que ella preguntó.

Lo que se le pedía a la escritora-refugiada era que contara su verdadera historia, los motivos que la llevaron a solicitar refugio y por qué lo hizo en Irlanda. Una vez oída esta historia los oyentes se reservarían el derecho a juzgarla verdadera o falsa, creíble o increíble, etc.

Esta situación me hizo reflexionar acerca del derecho que creemos tener para preguntar a otra persona cuestiones personales, el desequilibrio de las relaciones entre la persona que pregunta y quien es preguntado y el ambivalente poder de las historias.

¿Cuándo vas a tener hijos?, ¿De dónde vienes?, ¿Por qué viniste a este país?, ¿Cuánto tiempo te piensas quedar?. Son todas preguntas inocentes y, dado el contexto, pueden estimular o facilitar una conversación cualquiera fuera de la tienda de la esquina, en una sala de espera o en el paradero de un bus. Pero su inocencia es solo aparente. ¿Por qué?

Porque a la base de estas preguntas se encuentra un elemento que no es inocente: la asimetría social entre el que pregunta y quien es preguntado. ¿Quién de ustedes se atrevería a preguntarle a una mujer famosa y poderosa cercana a los 40 años de edad a bocajarro ¿Cuándo vas a tener hijos?, Quien le preguntaría a un alto y elegante ejecutivo en el break de una conferencia, ¿Cuánto tiempo te piensas quedar en este país?

Somos incapaces de asumir desnudamente que preguntamos cosas personales a otros simplemente porque nos sentimos con el derecho a hacerlo. Este derecho nace de nuestra seguridad que ese otro no tiene poder para no respondernos, para callarse. Si él o ella es preguntado, él o ella tienen que responder. Tienen que contar su historia porque nosotros queremos escucharla.

Más allá de esta asimetría, lo que a mí me preocupa es, como vimos en el caso de la presentación del libro de la escritora Nigeriana, la necesidad de escuchar la historia del otro como una confirmación de nuestros propios prejuicios. En otras palabras la pregunta parece ser una forma de corroborar los prejuicios que el preguntador ya tenía antes de formular su pregunta.

Pero ¿Por qué necesitamos corroborar nuestros prejuicios escuchando historias que los confirman? Porque nos sentimos seguros rodeados de ellos. Pero esa seguridad nace del temor y es frágil.

Porque solo una seguridad débil puede llevar a buscar seguridad afuera de sí misma, validando prejuicios juzgando las historias de otros.

¿Se sentirán inseguras las madres que preguntan a una joven y atractiva mujer cuando piensa tener hijos?. Se sentirán inseguros aquellos que preguntan cada vez que conocen a un extranjero, de dónde vienes, cuánto tiempo te piensas quedar aquí, etc? 

Más allá del efecto que las historias producen en los oídos y prejuicios de los otros, parece haber un hermoso misterio en ellas y es que, si las dejamos y las amamos con pasión, ellas pueden cambiarnos. De eso se trataba la presentación del libro al final del día.

A ver, a ver…¿Qué tenemos aquí…?

Ángel Marroquín

Las historias crean realidades y las cambian. ¿No lo crees? Mira esto y dime qué te parece:

Un trabajador humanitario camina en medio de una carretera desolada en las afueras de un pueblo rural de un país del tercer mundo en eterna guerra civil. Una camioneta avanza a toda prisa por la carretera, levantando una nube de polvo. Se oyen disparos de AK47. La camioneta se detiene y un grupo armado, y a punta de culatazos y empujones, sube al trabajador humanitario, lo acusan de espiar para el enemigo y lo amenazan con decapitarlo en la próxima parada.

El trabajador humanitario está aterrorizado, ve pasar toda su vida en unos pocos segundos. Tirado en el suelo de la camioneta, herido y sangrando, mira a sus captores y les agradece por haberle salvado la vida al alejarlo de esa carretera tan peligrosa por la que se encontraba caminando. El humanitario agradece tanto a sus captores que los termina convenciendo que ellos fueron sus salvadores que estos finalmente se lo creen y lo liberan en buenos términos.

A ver, a ver, ¿Qué tenemos aquí?

Dos historias que chocan. La primera en la que un espía, camuflado de trabajador humanitario es  capturado y prontamente decapitado mientras es filmado en la cámara de un teléfono móvil y el video subido a YouTube. En la otra tenemos a un trabajador humanitario que ha sido rescatado de una carretera muy peligrosa en el tercer mundo por un grupo guerrillero que pasaba casualmente y que le dio un aventón hasta un sitio seguro para despedirse bromeando y riendo.

Nacemos y morimos dentro de historias. Las que se cuentan de nosotros, las que nosotros contamos de otros y, las más interesantes de todas: las que nosotros nos contamos acerca de nosotros mismos. Porque podemos hablar de cualquier cosa o persona, de nuestras experiencias, encuentros o sobre la naturaleza, pero un oído atento captará perfectamente que  cada historia que contamos al final del día es nuestra propia historia. El ángulo desde el cual la historia es contada, los detalles que son destacados y el remate final de la historia son lugares en los que puede verse la firma del autor, su pulso que tiembla, la firmeza de su trazo o su risa irónica.

Hay personas que no cuentan con otra cosa sino con su historia. Un solicitante de asilo, una joven mujer negra, un niño emigrante, una mujer separada de su marido o un joven transgénero. Sus historias personales devienen expresión de una situación social que es ignorada por el establishment mediático burgués (que más bien prefiere las historias homogéneas, tranquilizadoras y masivas). Sus historias en ocasiones son lo único que tienen para negociar o ganar el favor del público en un mundo que les es mayoritariamente hostil.

Estas personas se encuentran como el trabajador humanitario, caminando solas en la carretera.

En su versión positiva, sus historias inspiran a otros y pueden llegar a producir grandes cambios en la narrativa social y política de los países, especialmente en temas como el aborto, cambio climático, personas en situación de calle, personas con discapacidad, suicidio juvenil, etc. ¿Por qué?

Porque las historias son capaces de producir empatía. Las personas son capaces de conectar, ponerse en los zapatos de él o la protagonista y ver, por un momento, cuán distinta es la vida desde ahí. Esto ha llevado a una creciente instrumentalización de las historias que apoyan puntos de vista corporativos, pero al mismo tiempo esto ha llevado a que grupos de activistas sean capaces hoy de  crear y compartir historias acerca de pequeños grupos marginalizados que años atrás no tenían ni voz ni voto. En la versión opuesta, las historias negativas asociadas a estos grupos pueden llevar a acrecentar los prejuicios y obstáculos que estas personas ya deben enfrentar. Por ejemplo cuando se masifican historias negativas acerca de quienes reciben beneficios de parte del estado, solicitantes de asilo, refugiados o inmigrantes árabes, personas de color insertas en redes de tráfico de drogas o prostitución, etc. Esta versión de las historias conduce a la expansión y fortalecimiento de prejuicios.

Hoy muchas personas van caminando en la carretera con la que comencé esta columna. Ustedes y yo vamos en la camioneta. De nosotros depende contar y dejarnos convencer por historias que conduzcan a la liberación de los prisioneros y no a su decapitación.  

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Ready to Mingle

Ángel Marroquín

La televisión inglesa parece siempre lista para mostrarnos lo peor de nosotros mismos bajo la apariencia de más libertad, más diversidad o más desinhibición. El tema es que ni nosotros ni los participantes de estos programas estamos preparados para esas experiencias obsesivamente preocupadas por la apariencia física, el sexo, la trivialidad y el dinero.

Lo bueno de todo esto es que los programas de reality shows plantan una serie de molestas e inquietantes preguntas durante su transmisión. Son como una especie de laboratorio social que permite observar y monitorear el flujo de las obsesiones de la clase media Británica y por osmosis la de los países que les imitan.

¿Por qué los hombres blancos de Love Island no quieren tener sexo con las mujeres negras?, ¿Por qué las mujeres blancas no tienen problemas en acostarse con hombres negros?, ¿Por qué nunca hay participantes Asiáticos o Árabes?, ¿Por qué son tan conservadores los supuestamente liberales participantes de Naked Atracction?, ¿Por qué hay tanta gente buscando desesperadamente el amor?  

Dentro de este listado sin fin de preguntas sin respuestas, ahora es el turno del adulterio, otra obsesión Brit.

El día 6 de Septiembre se estrenó en ITV2 el reality show Ready to Mingle. El programa consiste en que una participante en busca de su media naranja se va a vivir rodeada de 12 semidesnudos,  musculosos y calientes hombres que compiten por ganar su atención y lograr que ella les ame. Hasta ahí nada nuevo.

El tema se complica porque la mitad de esos hombres tienen pareja estable. Por supuesto, sus parejas les han permitido e impulsado a participar del programa e intentar seducir a la joven participante a punta de omisiones, mentiras y seducción. El programa finalizará cuando la participante elija a un finalista y se entere si este es soltero o tiene pareja/esposa. Si el seleccionado es soltero, ella ganará £50.000, si él tiene pareja, él y su pareja ganarán el dinero.

Como podemos ver el foco dramático del reality no es el amor, son los celos. De una parte tenemos a la mujer que compite y que disfruta de la atención ilimitada de estos hombres jóvenes, y por otro a las parejas de los participantes que miran tras las cámaras a sus parejas masculinas cortejando (besando, bailando desnudos, teniendo sexo, etc) a esta joven y atractiva mujer.  

La pregunta de fondo es esta: ¿Están estas parejas dispuestas a aceptar el adulterio a cambio de £50.000?, ¿Podrán ellas disfrutar del dinero sabiendo que lo han obtenido seduciendo a otra mujer? Como en otros planos de la vida ¿El fin justifica los medios?

No tendremos respuesta a estas preguntas y tendremos que esperar el fin de la temporada para saber cómo se resuelve este nuevo drama televisivo. Pero lo que sí podemos ver hoy, es que lo que las parejas participantes llaman amor, resulta ser algo increíblemente elástico. Algo en lo que al final del día, cabe de todo.

Monza, Domingo 12 de Septiembre 2021

Ángel Marroquín

Una de las cosas que un piloto de Fórmula Uno como Lewis Hamilton no se puede dar el lujo de hacer detenerse a pensar. Porque lo que caracteriza su profesión es la concentración mental, la atención a los detalles y el procesamiento rápido de información para una conducción exitosa. Todo esto es vital en la Formula Uno.

Es vital porque los riesgos que enfrenta el piloto son innumerables y todos ellos mortales. Basta con un error propio o ajeno y el auto se puede ver envuelto en un accidente que cueste la vida a los pilotos involucrados. Los clubes y empresas financiadoras han desarrollado automóviles cada vez más livianos, aerodinámicos y seguros, sin embargo, todas estas nuevas características también hacen a los autos más frágiles y dependientes de la destreza del piloto para procesar rápidamente la información de su entorno y tomar decisiones.

Hamilton comenzó su carrera el año 2007, ha ganado siete veces el campeonato mundial, cuenta con el record mundial de 99 pole positions ganadas y ha estado en el podio de ganadores cerca de 175 veces. Nada de esto le impidió verse involucrado en un grave accidente el día domingo 12 de Septiembre en el Grand Prix de Italia, en Monza.

El accidente ocurrió cuando Max Verstappen perdió el control de su auto y se estrelló contra el vehículo de Hamilton. Ambos pilotos se enconraban disputando, punto a punto, el campeonato de Fórmula Uno de este año 2021. Mientras escribo esto Verstappen ha sido sancionado por conducción temeraria y le han sido restados unos cuantos puntos como causante del accidente.

Lo que a mí me resulta interesante es la reflexión de Hamilton una vez pasado el accidente que bien podría haberle costado la vida: “Ha sido un gran shock. He venido corriendo durante largo tiempo y tomando riesgo todo el tiempo” “Es solo cuando te pasa algo como esto, cuando tienes un shock de realidad, que te das cuenta cuan frágiles en realidad somos”.

Hamilton es un piloto de Fórmula Uno profesional pero su reflexión puede estar fácilmente en la mente de cada uno de nosotros en nuestras vidas cotidianas. ¿Necesitamos de un momento de peligro para escuchar a nuestro corazón susurrarnos al oído: “Recuerda que morirás”, “Nada te llevarás a la tumba”?

¿Después de este Memento Mori del Domingo 12 de Septiembre de 2021 en Monza, creen ustedes que Hamilton volverá a conducir como antes?, ¿Podrá dejar de pensar en lo que le ocurrió?, ¿Pensará en esto mientras corre a toda velocidad el último tramo de la pista que lo lleve a ser el campeón de la Formula Uno una vez más? No lo sabremos nunca. Pero lo que sí sabremos es que cada uno de nosotros va a toda prisa viviendo su vida, tomando riesgos, enfrentando obstáculos obligado a tomar decisiones rápidas y sobre la marcha y mientras todo esto pasa alguien ha puesto una señal fluorescente en nuestro camino que dice: “Monza, Domingo 12 de Septiembre 2021”.

Photo: The Guardian

El mentiroso que prohíbe a sus hijos mentir

Ángel Marroquín

En lo que parece ser una de las más notables paradojas políticas de nuestro tiempo, el gobierno Chino, impulsor de políticas económicas neoliberales, ha decidido impulsar una serie de medidas para frenar el impacto de la cultura neoliberal en su forma de vida. Sin importar afectar a poderosas empresas ni a negocios billonarios, el gobierno ha comenzado una cruzada que bien podría dar pie a una nueva Revolución Cultural.

En una primera medida, el gobierno ha limitado el tiempo que los menores de 18 años de edad pueden gastar jugando videojuegos,  (el tiempo de juego ha sido fijado en una hora los viernes, fines de semana y feriados). La razones aducidas para justificar esta medida se relacionan con el impacto negativo que estos juegos tienen en la vida escolar de los niños, el daño cognitivo generado por la violencia a la que están expuestos, la adicción que crean y otras alteraciones psicológicas que los juegos provocan.

Otra medida que se ha tomado es prohibir los rankings de celebrities y los grupos de fans asociados a estas estrellas de música pop, cine, farándula etc. El gobierno ha señalado que la cultura de celebrities daña la cultura China al promover una cultura de ídolos vanos creando una realidad falsa. El gobierno ha hablado de “Opio espiritual”.  ¡Chan!

Ambas medidas son aplaudidas por los padres occidentales que ven con impotencia como los teléfonos móviles y los algoritmos saben más de sus hijos que ellos, sus progenitores. En este sentido, el gobierno chino está haciendo lo que los padres occidentales les gustaría hacer pero no se atreven a hacer.

No es claro si el gobierno Chino está tomando estas medidas pensando en el bienestar de su población juvenil, pero que está tomando estas medidas con la intención de regular mercados y empresas que han venido acrecentando su influencia, su dinero y su poder político, eso es un hecho a todas luces.

Las millonarias celebridades están bajo el escrutinio de las autoridades económicas Chinas debido principalmente a evasión de impuestos. Recientemente la estrella de pop Zheng Shuang fue condenada a pagar una multa de $46 milliones de dólares solo por concepto de por evasión tributaria. Sin contar las empresas asociadas a marketing y venta de productos relacionados a estar estrellas del pop. En una nota un poco más ideológica, en el mes de julio de este año, 64 de las celebridades más famosas del pop juvenil Chino fueron obligadas a participar en un curso obligatorio del gobierno destinado a hacerles ver sus responsabilidades con la historia China.

El mercado de video juegos en china cuenta con 400 millones de clientes (e-sporters) y fans. Debido a esto China es el mercado más importante para la industria de Videojuegos y cuenta con dos de las más importantes compañías: Tencent y Netease. Las ganancias que ambas empresas dejaron el año 2020 llega a los 278.7 billones de yuanes lo que corresponde a una de las más importantes fuentes de ingreso del país.

El oximorón de regular el neoliberalismo no es nuevo. Lo que resulta interesante en el caso Chino es la magnitud del intento: el increíble tamaño de los mercados (pop-videojuegos), las millonarias ganancias que se arriesgan, pero por sobre todo la justificación de estas intervenciones estatales:  proteger la mente de los jóvenes de los efectos de industrias y mercados no regulados.

¿Se imaginan ustedes si sucediera algo así en EEUU?, ¿Se imaginan ustedes los efectos que años y años de “laissez-faire” han tenido en las mentes de los jóvenes norteamericanos?, ¿Por qué el gobierno no los protegió de los efectos nocivos de empresas y mercados no regulados?

¿Surgirá una nueva variante de neoliberalismo en China después de la regulación?, ¿Se expandirán estas industrias hacia los mercados occidentales?, ¿Se atreverá alguien a regular estas empresas?

Para terminar. Si todos sabemos que los videojuegos y la cultura de celebrities pop daña la mente de los jóvenes, ¿Por qué occidente se resiste a regular los mercados, a poner reglas para protegerlos? ¿Es la ortodoxia neoliberal más poderosa que el bienestar de los jóvenes?

Tal vez tengamos que esperar por esta y otras respuestas, mientras tanto, debemos simular que creemos en las razones que nos da el mentiroso que prohíbe a sus hijos mentir.