Lo nuevo, ese viejo camaleón nostálgico

Ángel Marroquín

¡Vivimos en el infierno de lo semejante! Cuánta razón tenía el filósofo cuando dijo esto.

Cuando miramos televisión, escuchamos la radio, al leer el periódico o checar las redes sociales. Por todos lados estamos rodeados de mensajes que se asemejan unos a otros, en un continuo que nos obliga, si queremos vivir en paz, obviar la semejanza y dejarnos llevar pacientemente por la supuesta novedad de lo que se nos ofrece.

De todos los trucos para hacer parecer lo viejo nuevo: el estreno de una película basada en un guión antiguo, el reciclaje de chistes viejos por parte de los humoristas de stand up o la burda copia de discursos políticos viejos por parte de políticos jóvenes, yo prefiero la tramposa apelación a la nostalgia.

¿Qué es sino nostalgia el deseo de ver reunidos a los personajes de Friends después de 17 años de terminada la popular serie de televisión? Claro, se trata de actores famosos y mucho dinero de por medio, pero hay otras formas de hacer lo mismo en casa: atreverse a abrir la caja de fotografías familiares, decidirse a ir a la reunión de ex compañeros de enseñanza media o aceptar la invitación que te viene haciendo tu primera novia o novio para verte a solas.

En todos estos casos la nostalgia nos ofrece una tentadora ventana a nosotros mismos y al mismo tiempo nos enfrenta al riesgo de rompernos en pedazos. ¿Por qué?

Porque es muy difícil resistirse a volver a conectarnos con los que fuimos en otro tiempo y con aquellos con quienes compartimos parte de nuestra vida por entonces. ¿Quién puede resistirse a pensar “qué fue de Fulano de tal”?

Pero cuando el recuerdo, cubierto por el aura dorada de la nostalgia, viene al presente no nos hace experimentar una conexión idílica con el pasado. No. Más bien nos hace bajar la mirada frente a la luz del cruel presente: hemos perdido pelo, hemos engordado, nuestra actitud frente a la vida ha cambiado para peor, etc. En fin, como dijo el poeta: “Nosotros los de antes, no somos los mismos”.

Cuando nos damos cuenta de esto, es que la nostalgia pierde su carácter seductor y se transforma en una mera incomodidad que es mejor evitar. ¿Pero qué hacer con el deseo nostálgico que nos atenaza? La respuesta entonces se nos ofrece en bandeja de plata: el consumo de placebos nostálgicos como la susodicha serie Friends, o la infinita secuencia de ofertas para revisitar el pasado sin peligros.

Porque la nostalgia que no se enfrenta a la realidad nos ayuda a mantener y atesorar una idea feliz del pasado que no necesita ser contrastada con el presente en el que nos encontramos. Es por eso que se dice que “todo pasado fue mejor” o “no hay muerto malo” A través de este pacto nostálgico es que mantenemos la paz con los muertos o con nosotros mismos en el largo plazo.

Cuando el presente es cada vez peor, como en este mundo post Covid 19, parecen haber más razones que nunca para sentir nostalgia.  ¿Por qué?

Porque en el refugio de la nostalgia hay más emociones placenteras que éste presente incierto y más bien sombrío que nos rodea.

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