Los que nos perdimos

De las historias de viajeros prefiero las de aquellos que se perdieron, las de aquellos que nunca más volvieron a casa. Esos hicieron de sus historias, signos de interrogación que permanecen hasta hoy.

Una vez que se deja el hogar ya no es posible volver atrás.

Yo dejé mi hogar en Chile hace cuatro años. Después de tres años volví y descubrí que las cosas y personas que antes me eran familiares, cercanas y conocidas, ya no lo eran más. Y no se trata de que las cosas hayan sido diferentes a como yo las recordaba sino mas bien yo haba cambiado irremediablemente. Me encontraba ahora en un lugar para el que no había un nombre definido. Había caído en una liminalidad permanente: ya no me era dado mirar hacia adelante sin ver mi propia fragilidad interior.

Ya nada podía ser tenido por descontado, cada pequeña cosa debía ser lograda tras una profundización de esa fragilidad. Antes de comenzar debía yo mismo ponerme en juego, hacerme invisible para poder ser visible para mí mismo.

Todo lo que pensé alguna vez que era mío, que me pertenecía naturalmente: una patria, una comprensión del mundo que me rodeaba, un mundo compartido con otros, ya no existía más. El desierto de la otredad, de la extrañeza comenzó a ser el lugar donde tuve que comenzar a hacer mi vida. El mundo que conocí una vez me dejó, todo lo que vendría sería porvenir.

Mi vida no volvería a cerrarse, permanecería abierta a merced de la naturaleza. El viento barrería todo lo que una vez conocí y ame sin amar aún. La lluvia mojaría mis mejillas en largas tardes encerrado en mí mismo haciéndome conocido con esa nueva fragilidad. El sol calentó mi cuerpo durante algunas mañanas cuando lo necesité.

Mi preocupación siempre fue seguir caminando. Seguir perdiéndome en la inmensidad mientras en mí el recuerdo de quien fui se iba borrando. Llegó un momento en que ya no quise volver. Acepté que mi vida transcurriera en un presente permanente. Aquí y ahora.

Soy más pobre de lo que era antes de venir, soy más débil que antes de venir.

La experiencia me ha roto. Lo que era solido en mí ya no lo es. Mi ser es una herramienta que yace arrumbada y oxidada en la intemperie. He caído pero aun no he llegado al fondo.

Sigo cayendo, me sigo elevando.

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