He knows where the bodies are buried

Ángel Marroquín

A well-known spy novel describes this agency where the spies who have made serious mistakes are sent to expiate their sins. The reasons for their failures are diverse: they revealed their identity by mistake, one of them left a “Top Secret” document forgotten in a public place, others were late for a key appointment and, worst of all: those who fell in love with an enemy agent with the usual consequences, etc. In this agency, agents have the last chance to redeem themselves because, as everyone knows, spies do not die in bed.

The last chance looks like this: you hang from a cliff, holding on with both hands to an old root to save yourself. This is how some of us arrive at the so-called “mid-life crisis”, a term recently coined to refer to a series of symptoms of all kinds that accumulate over decades and tend to explode when we are between 40 and 50 years of age. One of the most notorious characteristics of this malady is wanting to change: husband, wife, job, lifestyle, country, friends, whatever it is, but right now!

Although it may seem new, this concern was already well known in Dante’s time. This is how Dante begins the Divine Comedy with this disturbing founding act: “In the middle of the path of life, wandering, I found myself through a dark forest, where the straight path was lost”.

It isn’t easy to describe the symptoms of this modern spiritual malady; however, all around us we can see its fruits: mature men in the arms of young women, couples who have their last baby to try again, sordid romances in the workplace, abrupt changes of appearance, lightning trips to Cancun or Bali, mystical experiences with Ayahuasca in the Amazon, express courses of Mindfulness or Buddhism, shaving your hair into a Mohican, new small tattoos on ankles and hips, purple or furious red hair, men driving motorcycles at full speed, etc., etc.

How is it that people who were previously sure of themselves and their lives, come to this? Didn’t we see them every day in the subway or at work, walking and talking so sure of themselves? Sure of wanting the life they had so dedicatedly built over years and years of mortgage?

It is surprising how little it takes to leave behind that life full of security and material comfort. Many people are daring amidst these times of pandemic and climate change, to change their lives and accept that their midlife crises are but the symptom of something new that is coming: the time when they must accept that the world they knew does not exist anymore, except in that old root from which they hang.

In the meantime, let’s wait in our agency full of failed spies to be called and to be given the last mission to redeem ourselves, and, who knows, to fail again and to fail better.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

If you ever change your mind…

Ángel Marroquín

We spend our lives obeying the voice of reason: “Study something useful”, “Do not spend more than you earn”, “Choose your friends well”, “That partner is not good for you”, and so on. The sweet murmur of the organization of our lives gently nudges us away from the unexpected breezes of irrationality.

We are so drawn to having an orderly and predictable life that we also expect from others to behave in a way that allows us to stay in our comfortable safe space. We hope to be served on time at the store, we expect rational mindsets when discussing a proposal at work, we hope that everything remains calm while we take the bus and move from one side of the city to the other.

But what would happen if one day we discovered that all that order, that delicate organization of our life is nothing more than a fragile appearance? What would happen if one day we wake up and realise that the life that we have built to make us, and those we love the most, happy, is nothing more than a gigantic glass wall that separates us, isolates us, from our most genuine being?

That is what could happen to a person who suffers from the so-called “midlife crisis” Suddenly, while she is deeply bored in a playground talking about the best types of baby nappies, a question comes up: How did I end up here? What am I doing with my life? The answer is simple and we all know it: We wanted to be here. We discarded risky options and took those that would lead us to this quiet peace that today has mutated into a type of silent white noise. In vain we rebel against that other person who we were in the past and who, after pondering it, chose one thing and not the other.

Meanwhile, in a parallel world, someone changes her mind at the last minute … “Tonight is aficionados’ night at the Harlem Opera and a 16-year-old girl comes out on stage in fear, as she is announced to the public: “The next contestant is a young woman named Ella Fitzgerald … Miss Fitzgerald will dance for us … wait a minute … let’s see … What is it? … a correction, friends … Miss Fitzgerald has changed her mind … She will not dance, but sing…”.

Si cambias de idea, la puerta siempre estará abierta

Ángel Marroquín

Pasamos nuestra vida obedeciendo a la voz de la razón: “Estudia algo útil”, “No gastes más de lo que ganas”, “Elije bien a tus amigos”, “Ese hombre no te conviene”, etc. El dulce murmullo de la cálida organización de nuestras vidas nos empuja suavemente a una vida alejada de los inesperados tumultos de la irracionalidad.

Tanto nos guardamos de tener una vida ordenada y predecible que esperamos de otros también aquello que nos permite mantenernos en nuestro orden. Esperamos ser atendidos a tiempo en la tienda, esperamos comportamientos racionales a la hora de discutir una propuesta en el trabajo, esperamos que todo se mantenga en calma mientras tomamos el bus y nos desplazamos de un lado a otro de la ciudad.

Pero ¿Qué pasaría si un día descubriéramos que todo ese orden, esa organización minuciosa de nuestra vida no es más que una frágil apariencia?, ¿Qué pasaría si un día despertamos y nos damos cuenta que toda esa vida que hemos construido para darnos satisfacción a nosotros y a quienes más queremos, no es más que un gigantesco muro de cristal que nos separa, nos aísla, de nuestro más genuino ser?

Eso es lo que le podría pasar a una persona que sufre de la denominada “crisis de mediana edad”. De pronto, mientras ella se aburre en un parque infantil conversando acerca de los mejores tipos de coches para bebés, una pregunta asoma: ¿Cómo es que vine a dar aquí?. Mientras él escucha a un joven brillante y ambicioso hacer su presentación de negocios también se pregunta: ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

La respuesta es simple y todos la conocemos: Nosotros mismos quisimos venir a dar ahí. En otras palabras, dejamos ir opciones riesgosas y tomamos aquellas que nos condujeron a esta paz que hoy ha mutado en un tipo de guerra silenciosa. Inútilmente nos revelamos contra esa otra persona que fuimos y que, tras ponderarlo, eligió una cosa y no la otra.

Mientras tanto, en un mundo paralelo alguien cambia de idea a última hora… “es la noche de los aficionados en la Opera de Harlem y una muchacha desgarbada, de diez y seis años de edad, sale atemorizada al escenario mientras la anuncian al púbico:

-La siguiente concursante es una joven llamada Ella Fitzgerald…La señorita Fitzgerald bailará para todos nosotros…un momento, un momento… a ver…¿Qué problema tienes guapa?…una corrección, amigos…la señorita Fitzgerald ha cambiado de idea…No va a bailar sino a cantar…”

Él sabe dónde están enterrados los cuerpos

Ángel Marroquín

En un lugar de las novelas de espionaje de cuyo nombre no me quiero acordar, existe una agencia a la que son enviados todos aquellos espías que han cometido errores que han hecho fracasar sus misiones[1]. Los motivos de sus fallos son diversos: revelaron por error su identidad, uno de ellos dejó olvidado un documento “Top Secret” en un lugar público, otros llegaron tarde a una cita clave y, los peores de todos: los que se enamoraron de una agente enemiga con las consabidas consecuencias, etc. En esta agencia purgatoria los agentes tienen la última oportunidad de redimirse porque, como todo el mundo sabe, de espía la gente no se jubila.

La última oportunidad sabe a esto: estar agarrado con ambas manos a una vieja raíz con un acantilado bajos los pies. Así es como algunos llegamos a la denominada “crisis de la mitad de la vida”, término acuñado recientemente para referirse a una serie de síntomas y malestares de todo tipo que se acumulan durante décadas y que tienden a estallar en la vida de las personas entre los 40 y 50 años de edad. Una de las características más notorias de este mal es el de querer cambiar: de esposo, esposa, trabajo, estilo de vida, de país, de amigos, lo que sea.

Aun cuando pueda parecer nueva esta inquietud ya en los tiempos de Dante era bien conocida. Es así que Dante inicia la Divina Comedia con esta inquietante acta de fundación: “En medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura, en que la recta vía era perdida”

Es difícil describir la sintomatología de este mal moderno, sin embargo, a nuestro alrededor podemos ver sus frutos: hombres platinados del brazo de jóvenes mujeres, parejas que tienen su último bebé, sórdidos romances en el lugar de trabajo, abruptos cambios de apariencia en personas antes formales, viajes relámpago a Cancún, México o Brazil, experiencias místicas con Ayahuasca en el Amazonas, cursos rápidos de Mindfulness o Budismo, rapado de cabellos tipo mohicano, nuevos pequeños tatuajes en tobillos y caderas, tinturas de cabello color púrpura o rojo furioso, hombres conduciendo motocicletas a toda velocidad, etc.  

¿Cómo es que personas antes seguras de sí mismas y de sus vidas llegan a esto?, ¿No les veíamos acaso confiadamente cada día en el metro o en sus trabajos caminar y opinar tan seguros de sí mismos?, ¿Es que realmente no estaban seguros de querer la vida que habían construido tan dedicadamente a lo largo de años y años de hipoteca?

No deja de resultar sorprendente cuan poco se necesita para dejar atrás esa vida plena de seguridades y confort material. Tampoco es tranquilizador pensar que muchas personas se están atreviendo, después de este tiempo de pandemia y cambio climático, a cambiar sus vidas y a aceptar que sus crisis de mediana edad no son sino el síntoma de algo nuevo que se aproxima: el tiempo en que deben aceptar que el mundo que conocieron, no existe sino en esa vieja raíz de la que penden.

Mientras tanto esperemos en nuestra agencia de espías fallidos a que nos llamen para darnos la última misión para redimirnos y, quien sabe, alguna vez volver a fallar, mejor.


[1] Slow Horses, Mick Herron, 2010.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/