Building a fire in Glasgow

Ángel Marroquín

En el cuento Build a Fire, Jack London cuenta la historia de un hombre que contraviniendo las advertencias de los lugareños, se arriesga a caminar de un pueblo a otro para visitar a unos amigos en la región de Yukón en el bosque boreal de Canadá. La temperatura es extremadamente baja y el perro que le acompaña, camina reluctantemente tras él. Pasado el mediodía y ya en medio del camino, el hombre se detiene y decide encender un fuego para secarse y comer algo. Como protección usa un espacio bajo un árbol y enciende el fuego. A continuación el hombre mueve unas ramas y con el calor del fuego, la nieve que estaba contenida en las ramas cae apagando el fuego. El hombre muere congelado y en la escena final del cuento el perro aterido continúa solo el camino hacia el pueblo en medio de una borrasca de nieve.

Toda la tensión del cuento se encuentra en un hecho: el error del hombre al hacer el fuego bajo un árbol cargado de nieve. Las consecuencias de ese error son las que finalmente acaban con su vida. Pero por otra parte el clima extremo hace que el error del hombre adquiera mayor proporción y resulte mortal. La naturaleza termina cobrando su revancha contra el hombre. En este juego no hay segundas oportunidades.

¿No es acaso similar la situación a la que nos encontramos hoy respecto a la crisis climática?, ¿No estamos también encendiendo un fuego bajo un árbol cuando somos incapaces de acordar un marco regulatorio exigible para detener la emisiones de gases de efecto invernadero, ponerle un freno a los desmedidos intereses y lobby de las grandes compañías petroleras, cuando no somos capaces de proteger la naturaleza que nos sustenta o cuando somos incapaces de detener nuestro estilo de vida enloquecidamente consumista?

La última COP 26 en Glasgow resulta ser sintomática en este sentido:

La ausencia de algunos de los representantes de los países más contaminantes del planeta: China, Rusia, Brazil y Arabia Saudita.

Los países ricos que fallaron en proveer asistencia económica a los países pobres que no tienen mayor responsabilidad en la producción histórica de emisiones y que se encuentran atravesando una crisis que no ayudaron a crear pero que deben pagar.

Los gobiernos que fallaron en involucrar a la sociedad civil en las discusiones y propuestas. De hecho habían más representantes de grandes compañías multinacionales que activistas, indígenas o jóvenes en el salón azul de la COP.

Australia que se negó a comprometerse en la reducción de Metano y la participación de UK no pasó de ser una compilación de frases hechas, citas de James Bond, partidos de fútbol y lo que Greta Thunberg calificó como Blah, blah, blah.

A esto hay que sumarle un set interminable de declaraciones: terminar con la deforestación en 2030, plan para coordinar la introducción de energía limpia, el compromiso para reducir las emisiones de metano en 30% en 2020, el acuerdo para terminar con las plantas generadoras a carbón entre el 2030 y 2040 o en anuncio de India de net zero para el año 2070.

Algunos piensan que los resultados de la COP26 van bien encaminados y confían en que se fortalecerán los acuerdos entre los múltiples actores e intereses en juego. Para mí lo de Glasgow se parece a ese fuego que ha sido encendido bajo el árbol en el cuento de London: tarde o temprano la naturaleza terminará cobrando su revancha contra el hombre aprovechando su error, su osadía, su estupidez. Quién sabe, tal vez el hombre del cuento pensaba en eso cuando sentía un tibio entumecimiento subiendo desde sus piernas y ganas de dormir, mientras el perro se alejaba mirando hacia adelante y perdiéndose de vista entre la nieve.

Photo: Extinction Rebellion, London, 2021

What are you looking for, Amal

Ángel Marroquín

A puppet is haunting Europe; her name is Amal. She is three meters tall and has walked about eight thousand kilometres across Turkey, Greece, Switzerland, Germany, Belgium, and France. Amal is currently touring England on foot.
Amal is an art action that seeks to raise awareness about refugee children (also called unaccompanied minors). She has been following the route that, in reality, many of these children follow alone in search of protection and security from war sites, from poor countries to rich countries.
Amal’s reception in these countries has been mixed: in some places, she has been welcomed with celebrations by adults and children, she has danced with them in their cities and towns. In other cities, stones have been thrown at her while the artists have been on the verge of being expelled because the inhabitants feel judged or do not have the time or humour for this kind of art.
In any case, it is worth asking: Why does Amal provoke these emotional outbursts? Could her presence help the dramatic situation of refugee children currently travelling through Europe?
The key objective of the artistic intervention is to awaken empathy in those who participate. How could one not feel emotion when seeing Amal dressed poorly, her eyes shining, looking around her curiously and emulating the behaviour of an 8-year-old girl? However, asking about the positive aspects of Amal does not shed light on what is sadly most familiar to us: the rejection of refugees. It seems to me that this is the point that we should try to illuminate.
What has led to the rejection of this artistic intervention is that it raises an uncomfortable question that challenges those who are faced with Amal’s presence and materiality: What would it be like to live as a refugee child? What would happen if my daughter was an orphan and refugee girl wandering around Europe? To what kind of experiences would she be exposed? How would she survive facing many closed doors? Unfortunately, it seems that in Europe, there are few people prepared to answer these questions while many are quick to ignore them.
Amal, with her wide eyes and hopeful walk, exposes the European emperor, who walks naked without knowing it.

Photo: The Guardian

¿Qué buscas, Amal?

Ángel Marroquín

Una muñeca recorre Europa, su nombre es Amal, mide cerca de tres metros de altura y ha caminado cerca de 8 mil kilómetros a través de Turquía, Grecia, Suiza, Alemania, Bélgica, Francia y actualmente se encuentra recorriendo a pie Inglaterra.

Amal constituye una acción de arte que busca crear conciencia acerca de la situación de los niños refugiados (también denominados menores no acompañados) y ha venido siguiendo la ruta que, en la realidad, muchos de estos niños han seguido, solos, en busca de protección y seguridad desde sitios en guerra hasta países desarrollados, desde países pobres a países ricos.

La recepción que ha recibido Amal en los distintos países ha sido mixta: en algunos lugares ha sido acogida con celebraciones por parte de adultos y de niños, ha bailado y pasado un buen momento con ellos en sus ciudades y localidades. En otros lugares le han lanzado piedras y los artistas han estado a punto de ser expulsados porque los habitantes se sienten juzgados o no tienen tiempo ni humor para esta clase de arte.

De todas formas vale preguntarse: ¿Por qué Amal suscita tantas encendidas pasiones?, ¿Puede su presencia ayudar de alguna forma en la dramática situación de los niños refugiados que viajan actualmente a través de Europa?

El objetivo clave de la intervención artística es despertar empatía en quienes participan de ella. ¿Cómo no sentir emoción al ver a Amal vestida pobremente, sus ojos brillantes, mirando curiosos a su alrededor y emulando el comportamiento de una niña de 8 años de edad?. Preguntarse por los aspectos positivos de Amal no arroja luces sobre aquello que nos resulta tristemente más familiar: el rechazo a los refugiados en los países ricos y en los pobres. A mí me parece que es este el punto que debemos intentar luminar para responder a la pregunta hecha en el párrafo anterior.

Lo que ha suscitado el rechazo a la intervención artística es que plantea una pregunta incomoda que interpela a cada uno de quienes participan de ella: ¿Cómo sería vivir como un niño refugiado? o mejor aún ¿Qué pasaría si mi hija fuese una niña huérfana y refugiada vagando por Europa?, ¿A qué clase de experiencias estaría ella expuesta?, ¿Cómo haría para sobrevivir frente a tantas puertas cerradas?

Parece suceder que en Europa aún no hay personas preparadas para responder a estas preguntas, tal vez por eso es que rechazan a esta muñeca que viene a mostrar que después de todo el emperador Europeo sigue caminando desnudo.

Photo: The Guardian

Usted elige

Ángel Marroquín

Hay tanta gente que se comporta miserablemente en el mundo que es muy difícil elegir al peor. Gente que toma decisiones que empeorarán las condiciones de vida de los niños de hoy, personas que pudiendo ayudar a otros no lo hacen, gente que hace negocios con la desgracia ajena, gente que elige deliberadamente decir y hacer el mal a alguien que no se puede defender, etc. Todos les conocemos y sabemos que están bien y que probablemente duermen tranquilamente durante la noche. Y así es como va el mundo.

Pero de entre todos ellos se encuentran los peores y de ellos quiero hablarles. ¿Quiénes son? La gente que se indigna moralmente por la mezquindad ajena, aquellos que son infalibles en detectar la mezquindad en el comportamiento ajeno pero nunca en el propio.  En otras palabras, aquellos que nunca han dudado antes de lanzar la primera piedra contra otros.

El día 25 de Septiembre 5.000 personas se reunieron en una marcha contra inmigrantes en una ciudad pobre del tercer mundo ubicada entre el mar y el desierto. Tras marchar se dirigen a un campamento habitado hace cerca de un año por inmigrantes latinoamericanos pobres de un país cercano y algunos de ellos indocumentados, los desalojan y les queman sus pocas pertenencias mientras gritan consignas nacionalistas y agitan banderas de Chile. Inmediatamente la prensa y redes sociales reaccionan y se llena de personas condenando airadamente el hecho. Algunos de ellos dicen cosas como esta: Hace rato no veía miseria humana más feroz y repugnante que la de ese puñado de xenófobos iquiqueños. Y se dicen “patriotas”. Su patria y su bandera no es la mía, cobardes. Sólo me generan vergüenza y desprecio”

Claro que es miserable el comportamiento de todos y cada uno de los que participaron en este hecho de destrucción y abuso de gente pobre que no se puede defender. Claro que deben ser investigados, perseguidos y condenados.

¿Pero no son igualmente miserables los que ahora se indignan cuando durante todo este tiempo no han hecho nada por ayudar  a estas personas?

Los que levantan sus dedos índice apuntando, ¿A cuántos indocumentados tienen viviendo solidariamente en sus casas?, ¿A cuántos han alimentado o dado siquiera algo para vestirse durante el invierno?, ¿A cuántos han ayudado con los engorrosos trámites de regulación migratoria?, ¿A cuántos han dado una sopa caliente durante la fría noche?

Sí, la hipocresía es igualmente miserable como el abuso de los matones nacionalistas pero causa un daño distinto, invisible e insidioso. Y es que el indignado moral no ha hecho nada antes de mostrarnos su indignación y no hará nada después de lanzarla a las redes sociales. Su gesto solo busca el aplauso momentáneo y no nace del compromiso con la intemperie en que viven los pobres alrededor del mundo.

Digo esto porque, tal vez, esta triste situación debería hacernos pensar que cada uno de nosotros puede y debe elegir comportarse miserablemente o no, cuando elige indignarse en el vacío, levantar el dedo para apuntar o ir en ayuda de esas personas. Usted elige.

Photo: El Mundo

Nietos y abuelos unidos jamás serán vencidos

Ángel Marroquín

Una de las menos atendidas consecuencias del avance de la tecnología en nuestras vidas es que  la distancia entre las nuevas generaciones y sus abuelos se está reduciendo.

Los avances en medicina han logrado aumentar las expectativas de vida de los ancianos, lo que sumado a la creciente masificación de la tecnología e internet han logrado que los ancianos pasen más tiempo activos y conectados.

Hasta hace poco tiempo atrás, los abuelos eran personas relegadas a un polvoriento cuarto en su casa o un hogar de ancianos. Hoy contrariamente, los abuelos son un grupo activo, políticamente comprometido y relevante para el mercado que ama a estos activos consumidores epicúreos y responsables pagadores.

No resulta extraño entonces ver a un abuelo o abuela marchando a favor de la protección del medio ambiente, (A todo esto, ¿Serán consientes los jóvenes organizadores que la huella de carbono de sus abuelos es la culpable de la actual situación del planeta?), practicando yoga o tai chi en un parque público, bebiendo en un restaurante de moda o conectados a sitios de citas románticas como Senior Date.  

Cuando jóvenes y ancianos se reúnen uno comprueba la inversión cultural que se produce entre ellos: gente joven vistiendo la ropa de sus abuelos (gabardinas, corbatas y camisas con cuello), mientras sus abuelos lucen mezclilla, jeans y poleras psicodélicas. Todo un caso de mimetismo cultural postmoderno.

Pero en parte esta influencia reciproca se origina en una tragedia: especulación inmobiliaria, la falta de casas disponibles y costos de arriendos exorbitantes, que hacen cada vez más difícil a los jóvenes dejar la casa de sus padres lo que implica que los abuelos, que viven ahí, son una influencia involuntaria y permanente en la vida de sus nietos. Y esta influencia se expresa además en que por lo general los abuelos se pueden permitir un esquema valórico mucho más permisivo que el que existe entre padres e hijos. Claro, ellos vienen de vuelta, ya vivieron el lado amargo de la responsabilidad y ahora se pueden permitir una tierna y relajada simpatía anarquista.  Esto por lo general es apreciado por las jóvenes generaciones que encuentran apoyo político en ellos.

Como resultado de este contubernio ideológico entonces lo que tenemos es que los caballitos de batalla de la agenda liberal-milenial Europea como el género, raza, sexualidades alternativas, animalismo, cambio climático, lenguaje inclusivo, decolonización, apropiación cultural, antirracismo, veganismo, and so on… son compartidos por abuelos y nietos. Los primeros porque idealismo y juventud son sinónimos y los segundos porque, en el fondo, ya no tienen nada que perder.

Los jóvenes milenials liberales se harán viejos, cargarán con sus preferencias ideológicas y tratarán de hacerlas realidad como lo hicieron antes que ellos sus abuelos con el divorcio, la pastilla anticonceptiva, la paz mundial y el naturismo y, finalmente, llegará el momento en que recordarán a sus abuelos y, como ellos ahora, ya no tendrán nada que perder.

Missing in action

Ángel Marroquín

A few days ago, I watched the opening speech of the United Nations General Assembly in New York. Naturally, I was curious about how Secretary-General Antonio Guterres would address the results of the latest IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) report.

Direct to the point, Guterres told the representatives of 193 countries gathered in New York: “We are on the edge of an abyss and moving in the wrong direction.” But, of course, the abyss had been made clear enough after the IPCC report and its catastrophic projections. But what did he mean by the wrong direction? Here are some bullet points of what came out, then, of his Pandora’s box:

• The significant gap between rich and poor that the pandemic revealed.
• The alarming state of the environment and the growing effects of climate change, especially in poor countries.
• The terrorist threat, violation of human rights in places like Yemen, Afghanistan, Ethiopia, and many other countries are simply not mentioned because the list would become endless.
• The growing threat of misinformation, confusion and mistrust spread over the internet and the adverse effects they cause on the population (polarization, ignorance or paralysis), breeding grounds for cronyism, populism or totalitarianism of all sorts.

My favourite part of the speech came when, feeling overwhelmed by the mountain of catastrophic evidence and bad news, the speaker launched a kind of lifeline or lifebuoy and said, looking directly at the screen: “Solidarity is missing in action when we need it most.” Great!

The issue is that solidarity is not missing in action but instead hijacked by a cartel demanding an impossible ransom. Each country member seeks to pay as little as possible, and ultimately the session ended without anyone making a decision. As we will see, solidarity will remain missing in action in New York.

Why?

Because solidarity means that one adheres to causes that do not respond solely to one’s interest, but one does it for the sake of a transcendent value, a collective one. In other words, solidarity means that one can suspend the ego for a moment and come to the aid of another person because one believes it is morally correct, especially in crises like the ones Guterres pointed out so carefully. But, unfortunately, there is no solidarity in the liberal world; there are only partners.

The countries’ representatives then looked at each other as if to say, “who is holding solidarity hostage?” Well, themselves. Most of their countries have love-hate relationships with corruption; they favour a lifestyle that presents millionaires and celebrities as role models; they sustain social inequality, gender inequality, discrimination, the poverty of the majority, and the wealth of a minority. All of them are afraid to regulate the markets of large companies; they all have education for the rich and the poor, they have their jails full of poor people.

Now, back to Pandora’s box. Who will help the Haitians who are on the United States border? Who is going to support the poor of Ethiopia or Yemen? Who will establish real restrictions on the big multinational internet companies and the millionaires who travel to space while the world is going to hell?

As you can see, we will continue walking towards the abyss with or without solidarity. Maybe we’ll meet there, who knows?

Photo: Special Patrol Group

Desaparecida en acción

Ángel Marroquín

Hace unos días atrás vi en televisión el discurso de apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La verdad es que sentía curiosidad acerca de la forma en que el Secretario General Antonio Guterres, se haría cargo de los resultados del último informe del IPCC y porque su discurso iba a ayudar a crear la atmosfera para la COP de Noviembre en Glasgow. Era yo un espectador interesado en la perspectiva.

Sin mucho preámbulo Guterres les dijo a los representantes de 193 países del mundo reunidos en New York: “nos encontramos al borde de un abismo y moviéndolos en la dirección equivocada”. Lo del abismo estaba claro con el reporte del IPCC y sus catastróficas proyecciones ¿Pero a que se refería con lo de la dirección equivocada? Aquí van algunas notas de lo que salió, entonces, de su caja de pandora:

  • La gran brecha entre ricos y pobres que dejó en evidencia la pandemia.
  • El alarmante estado del medio ambiente y los efectos crecientes del cambio climático, especialmente en países pobres.
  • La amenaza terrorista, violación de derechos humanos en sitios como Yemen, Afganistán, Etiopía y muchos otros simplemente no mencionados porque la lista se haría interminable.
  • La amenaza creciente de desinformación, confusión y desconfianza diseminadas por internet y los efectos negativos que provocan en la población (polarización, ignorancia o paralización), todos caldos de cultivo para caudillismo, populismo o totalitarismos de toda calaña.

Mi parte favorita del discurso se produjo justo cuando quienes le escuchábamos, nos encontrábamos abrumados bajo la montaña de evidencia catastrófica, desesperanzadora y las malas noticias lanzadas por Guterres. Entonces el orador lanzó una especie de salvavidas metafísico y dijo mirando la pantalla: “Solidarity is missing in action when we need it most”. Chan!

El tema es que la solidaridad no parece estar perdida en acción sino secuestrada por un cartel que pide un rescate imposible de pagar. Cada país miembro busca pagar lo menos posible y en última instancia la sesión termina sin que nadie tome una decisión. Como veremos, la solidaridad seguirá con paradero desconocido en New York.

Porque solidaridad quiere decir que uno adhiere a causas que no responden únicamente al interés propio, en nombre de un valor trascendente. Digamos que uno puede suspender su ego por un momento e ir en ayuda de otro porque cree que es moralmente correcto, especialmente en situaciones de crisis como las que señalaba Guterres. No hay solidaridad en el mundo liberal.

Los representantes de los países miembros entonces se miraron entre ellos como diciendo ¿Quién tiene secuestrada a la solidaridad? Bueno, ellos mismos.

Cada uno de ellos, en sus países, tiene ambivalentes relaciones con la corrupción, cada uno de ellos favorece un estilo de vida en que los millonarios son los ejemplos a seguir, cada uno de ellos mantiene la desigualdad social la inequidad de género, la discriminación y la pobreza de la mayoría y la riqueza de una pequeña minoría, todos ellos son temerosos de regular los mercados de las grandes empresas, todos ellos tienen educación de primera, segunda y tercera categoría, todos ellos tienen repletas de pobres sus cárceles.

Ahora vuelve la vista a las notas de la caja de pandora mencionadas más arriba, mírame a los ojos y dime ¿Quién va a ayudar a los Haitianos que están en la frontera de EEUU?, ¿Quién va a apoyar a los pobres de Etiopía o Yemen? o ¿Quién va a poner restricciones a las grandes empresas multinacionales de internet y a los millonarios que viajan al espacio mientras el mundo se va al carajo?

Como se puede ver, con solidaridad o sin ella, seguiremos caminando cada uno por su lado rumbo al abismo. Tal vez nos encontremos allá.

Photo: Edgar Smith, Butte vs. the Grand Canyon, 2008, oil on panel, 13 x 26 inches, MAM Collection, Bequest, David Moomey, 2019.03.11

https://missoulaartmuseum.org/exhibits/pennies-from-hell?fbclid=IwAR0xrk2Ie6hSZLE8D84Ockb8G9j-yhCCZ_A1Q2Zu13gGDqQ6f0GrKyuMDEI

Decoupling our lifestyle from celebrity culture

Ángel Marroquín

One of the many challenges we face in this age of climate crisis is putting relativism aside to debate the moral content of our options without fear. Saying what we really think is right and fair; concealing our opinions is misleading and can be harmful to ourselves and others. The challenge is to think, speak and act according to our values and not adapt or conform to the relative truths in vogue. The challenge is not to believe in those widespread rhetorics simply because they are constantly repeated or supported by those who pay our salary at the end of the month.

Again and again, we believe that the debate on climate change is purely scientific. This way of seeing the crisis leads us to a technological dead-end: we need to create more and better technology to produce rain in areas with drought, improve soil management, create architecture adapted to climate change, and so forth. From this view, we are told that moralising the issue only increases a feeling of guilt and shame on the wealthiest countries and their citizens. It is also said that this position would only lead to stagnation in the long run and make solutions impossible.

But it is impossible to talk about climate change without facing some hard questions.

The Confronting Carbon Inequality report, published just a year ago by OXFAM, reminds us of a bitter truth:

• Annual CO2 emissions grew by 60% between 1990 and 2015, and the wealthiest 5% of the world’s population is directly responsible for 37% of this growth in emissions.

• The total increase in CO2 emissions of the wealthiest 1% of the world’s population was three times that of the poorest 50%.

• During the last 25 years, the wealthiest 1% of the world’s population is responsible for twice the CO2 emissions produced by 3.1 billion people, representing the poorest 50% of the people on the planet.

• The wealthiest 10% of the world’s population is responsible for 52% of the emissions released into the atmosphere between 1990 and 2005.

To this panorama, we must add that, as we can see today, the consequences of climate change will affect primarily people who live in poor countries and have emitted less CO2 emissions into the atmosphere.

Finally, we must consider that historically the highest percentage of C02 emissions since pre-industrial times (what has led us into the crisis we are today) were produced by countries that have reached a high level of development and wealth. These countries are reluctant to slow down their economies or to take decisive action against the super-rich.

Is the crisis, then, a scientific or a moral issue?

I think the current crisis is a moral issue in which the idea of justice plays a key role. The rich countries agree with me, and that is why they have proposed international agreements such as the Kyoto Protocols or the Paris Agreement as voluntary agreements. In other words, its fulfilment depends on the word of honour given by those countries! Because there is not a regulatory framework that sanctions them for non-compliance. Again, is it a scientific or a moral issue?

But I will not talk about social justice. What seems urgent to me is to reflect on our lifestyle and values. For instance, isn’t the idea of personal success one of the aspects that fuel this state of affairs?

Thirty million euros were paid for the transfer of the football player Leonel Messi. According to Forbes magazine, Kim Kardashian’s fortune is 1 billion dollars, and Bill Gates has a fortune of 133 billion dollars. All that money implies a wasteful lifestyle based on a very high level of consumption that increases the distance of the carbon footprint produced by a “Celebrity” and a person living in a shantytown of Chile, Singapore or Zambia.

Although both realities, the “Celebrity” and the Chilean or Zambian person, cannot be compared, they have something in common: the constant pursuit of a type of personal success that leads to the deification of the celebrity culture, individual entrepreneurship, money as a goal and addiction to consumption. The personal success model has been hijacked by the idea of celebrity: intellectual celebrity, feminist celebrity, political celebrity, eco militant celebrity, etc. The media have amplified this lifestyle and created the idea that it is the only one that can lead us to fulfilment and social recognition. The problem is that this lifestyle leads to increased carbon emissions and worsens our current crisis at the same time.

In some ways, climate change is a simple problem: to stop climate change we have to stop consuming. Stop growing is the only way to reduce emissions. And those who can choose to stop consuming are us, rich and poor human beings. So, the question then is crystal clear:
Why can we not leave a lifestyle that leads us to consume until we suffocate in smog? Why are we not able to question our addiction to the Celebrity consumer lifestyle?

Having a moral point of view is a first step. However, relativism, the nihilistic “anything goes”, and a simplistic vision of religion has weakened this ability. Having a moral perspective is a way to manage the decoupling of our lifestyle from the wasteful culture of celebrities. It is through questions such as: What is the meaning of our short life? What kind of lifestyle makes sense for us? What is my responsibility as a citizen of the world? By asking those questions, we will arrive at a type of reflection capable of making us change our lives and others, maybe, for the better.

Separar nuestro estilo de vida de la cultura de celebridades

Ángel Marroquín

Uno de los desafíos a los que nos enfrentamos en esta era de crisis climática tiene que ver con dejar el relativismo de lado y ser capaces de debatir el contenido moral de nuestras opciones sin temor. Pensar y decir lo que pensamos que es correcto y justo y diferenciarlo de lo que es falso, engañoso o lo que es dañino para nosotros y para otros. Pensar, decir y actuar conforme a nuestros valores y no adaptarse a las verdades en boga y creerlas simplemente porque son repetidas constantemente o porque las dijo la persona que paga nuestro sueldo a fin de mes.

Una y otra vez se nos quiere hacer creer que el debate en torno al cambio climático es un tema científico, de datos y proyecciones, objetivo. Esta forma de ver nos lleva al callejón sin salida tecnológico: necesitamos crear más y mejor tecnología para hacer llover en zonas con sequía, mejorar el manejo de los suelos, crear arquitectura adaptada al cambio climático etc. Desde aquí se nos dice que moralizar el tema sólo acrecienta un sentimiento de culpa y vergüenza por parte de los países más ricos y sus ciudadanos y que eso a la larga no conduce sino al estancamiento y dificulta las soluciones. 

Pero no es posible hablar de cambio climático sin tener que pronunciarse sobre injusticias.

En el informe Confronting Carbon Inequality, publicado hace solo un año por OXFAM se nos recuerda una amarga verdad[1]:

  • La emisiones de CO2 anuales crecieron un 60% entre 1990 y 2015 y el 5% más rico de la población mundial es responsable directo de un 37% de este crecimiento en las emisiones.
  • El total de aumento de las emisiones de CO2 del 1% más rico de la población mundial fue tres veces más que la del 50% más pobre de la población.
  • Durante los últimos 25 años el 1% más rico de la población mundial es responsable por el doble de las emisiones de CO2 producidas por 3,1 billones de personas que representan al 50% más pobre de las personas en el planeta.
  • El 10% más rico de la población mundial es responsable por el 52% de las emisiones arrojadas a la atmosfera entre 1990 y 2005.

A este panorama debemos agregar que, como podemos ver hoy, las consecuencias del cambo climático afectarán mayormente a personas que viven en países pobres, esos que han arrojado menos emisiones de CO2 en la atmosfera.

Y para cerrar debemos considerar que históricamente la mayor porcentaje de las emisiones de C02 desde la época preindustrial (y que nos tienen en la situación de crisis en la que hoy estamos) fueron emitidas por países hoy desarrollados y que se muestran reluctantes a tomar acciones decisivas contra los super ricos o ralentizar sus economías.

¿Se trata entonces de un tema científico o de un tema moral?

Yo pienso que se trata de un tema moral en el que la idea de justicia juega un papel clave. Los países ricos también lo creen, es por eso que ellos han planteado acuerdos internacionales como Los Protocos de Kioto o el Paris Agreement como pactos voluntarios. Es decir que su cumplimiento: ¡Depende de la honorabilidad de los países! Porque no hay un marco normativo que permita sancionarlos por el no cumplimiento. ¿Es esto moral o científico?

Pero no voy a hablar de justicia social porque esto implica que hemos hecho antes una reflexión personal y familiar previa y que a mí me parece urgente y que es esta:

¿No es acaso la idea de éxito personal la que alimenta este estado de cosas?

Se han pagado 30 millones de euros por el traspaso del futbolista Leonel Messi, la fortuna Kim Kardashian llega 1 billón de dólares según la revista Forbes y Bill Gates tienen una fortuna de 133 billones de dólares.   

Todo ese dinero implica un estilo de vida de derroche y basado en un nivel muy alto de consumo que a su vez aumenta la distancia de la huella de carbono producida por una “Celebrity” y el vecino de un barrio marginal de Chile, Singapur o Zambia.

Si bien ambas realidades, de la “Celebrity” y del vecino chileno no se pueden comparar, no dejan de tener algo en común: la persecución incesante de un tipo de éxito personal que conduce al endiosamiento de la celebridad, el emprendimiento individual, el dinero como meta y la adicción al consumo. El modelo de éxito personal ha sido secuestrado por la idea de celebrity: celebrity intelectual, celebrity feminista, celebrity arquitecto, celebrity político, celebrity militante, etc Los medios han amplificado este estilo de vida y creado la idea que es el único que merece ser perseguido. El problema es que este estilo de vida acarrea el aumento de las emisiones de carbono y empeora nuestra actual crisis.

De alguna manera el cambio climático es un problema simple: para detener el cambio climático hoy solo debemos parar de consumir. Dejar de crecer es la única forma de reducir las emisiones. Los únicos que podemos dejar de consumir somos nosotros los seres humanos ricos y pobres. La pregunta entonces es clara:

 ¿Por qué no somos capaces de dejar un estilo de vida que nos conduce a consumir hasta sofocarnos en smog?, ¿Por qué no somos capaces de cuestionar nuestra adicción al estilo de vida consumista de las Celebrity?

Volver a tener un punto de vista moral, que el relativismo, el “sálvese quien pueda”, “todo vale” nihilista o una visión simplista de la religión han debilitado, es la única manera de lograr desacoplar nuestro estilo de vida de la cultura absurda de las celebridades. Es a través de preguntas como ¿Cuál es el sentido de nuestra breve vida?, ¿Qué tipo de vida tiene sentido para nosotros?, ¿Cuál es mi responsabilidad como ciudadano en el mundo? que llegaremos a un tipo de reflexión capaz de hacernos cambiar nuestra vida y la de los demás, tal vez, para mejor.

Photo: Extinction Rebellion London. Performance: Money and the Greedy Rats. London, August 2021


[1]Confronting Carbon Inequality. Oxfam. https://www.oxfam.org/en/research/confronting-carbon-inequality

Solastalgia

Ángel Marroquín

Everything is changing, and the environment around us also changes. For example, in the place where we live, formerly known for its winter rains, today the soil is dry in the middle of winter. On the contrary, unexpected hail falls in dry towns, and it rains in the middle of the summer.

As these changes happen around us, we get used to them. These changes have been taking place slowly, and we notice them because they have occurred during our lifetime.

Today the hometown where we lived as children appear unrecognisable to us. It does not rain as it used to when we were playing jump in the water puddles. Now it is less cold in the mornings than when we left the house to go to school, and the sun seems to be much more stinging than the one that bathed our face when we returned home in the afternoon.

If all these changes have occurred and we can all recognise them around us and talk about them: What word would you use to describe how the environment you knew as a child has changed?

Maybe you are one of those who believe that there is no word to describe that kind of nostalgia for the environment and climate in which we lived long ago. Spring, Summer, Autumn, Winter and again Spring …

Yes, there is a word. It is Solastalgia, and it refers to the anguish produced by the change in the environment that impacts people in their intimate connection with their place of origin, their home[1]. This emotion arises when we realise that the environment that we knew has been degraded, destroyed or hopelessly transformed. To some extent, we all suffer from Solastalgia.

If the past does not come back, why do we need a word to recognise the changes in the landscapes of our childhood or youth?

Perhaps to tell others that the world was not always this way, perhaps to try to return to that time when you could expect the regular changes in the seasons, which are connected to memories and events of our life: the aroma of the first winter rain that contained the mystery of other winters; the aroma of the pines in Spring; the summer sun and the ascent of the sea, etc.

As in so many other things in life, having a word can help us mourn all the beautiful things associated with the environment that are lost forever in the climate crisis that we are going through.

However, what is tragic about this situation is not the Solastalgia, but the desperate present of all of us who depended on the regularities of the climate and environment taken for granted.

As we all know, the economic and social consequences of climate change and the risks associated with climatic events have increased, and the poorest are those who are most affected by them. Today thanks to Solastalgia, once again, we are reminded that, as the song says, we have nowhere to look back.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/


[1] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18027145/

Solastalgia

Ángel Marroquín

Cambia, todo cambia y el medioambiente a nuestro alrededor también cambia. En el pueblo en que vivimos, antes conocido por sus torrenciales lluvias invernales, hoy aparece en mitad del invierno el suelo y los árboles resecos. Contrariamente en pueblos secos caen granizos y llueve en medio del verano.

Mientras esto pasa a nuestro alrededor, nosotros vamos acostumbrándonos. Estos cambios se han ido produciendo lentamente y nosotros hemos lo notamos porque han sucedido a lo largo de nuestra vida.

Hoy la ciudad natal, el pueblo o el barrio en el que vivimos siendo niños se nos aparece irreconocible. Ya no llueve como antes mientras jugábamos a saltar los charcos de agua, hace menos frío que el que recordábamos en las mañanas al dejar la casa para ir a la Escuela y el sol parece ser mucho más punzante que el que bañaba nuestro rostro al regresar de la Escuela a casa por la tarde. 

Si todos estos cambios se han producido y todos somos capaces de reconocerlos a nuestro alrededor y hablar de ellos: ¿Qué palabra usarías para describir la forma en que el medioambiente que conociste siendo niño ha cambiado?

Tal vez tu eres de los que creen que no hay una palabra para describir esa clase de nostalgia del medio ambiente y el clima en el que vivimos largo tiempo atrás. Primavera, Verano, Otoño, Invierno y otra vez Primavera… 

Sí, existe esa palabra. Se trata de la Solastalgia y se refiere a la angustia producida por el cambio en el medioambiente que impacta en las personas en su conexión con su lugar de origen, su hogar”[1] Se trata de la emoción que padecemos cuando nos damos cuenta que el medioambiente que conocimos ha sido degradado, destruido o transformado sin remedio. En alguna parte de nosotros todos padecemos Solastalgia.

Si ya no ha de volver ¿Para qué necesitamos una palabra para recordar ese medioambiente de nuestra infancia o juventud?

Tal vez para contar a otros que el mundo no fue siempre de esta manera, tal vez para intentar regresar a esa época en que se podía tener una expectativa de los cambios en las estaciones del año se producirían regularmente y conectarlos de alguna forma con hechos de nuestra vida: el aroma de la primera lluvia de invierno que contenía el misterio de otros inviernos. El aroma de los pinos en Primavera. El sol del verano y el aroma del mar, etc.

Como en tantas otras cosas de la vida, tener una palabra puede ayudarnos a hacer el duelo por todas las bellas cosas asociadas al medioambiente que se han perdido para siempre en la crisis climática que nos encontramos atravesando.

Sin embargo, lo trágico de esta situación no es la Solastalgia asociada, sino el presente desesperado de todos nosotros que dependíamos de las regularidades del clima y el medioambiente cuya regularidad dimos por sentada.

Como todos sabemos, las consecuencias económicas del cambio climático y el aumento de los riesgos económicos y sociales asociados a eventos climáticos han aumentado y los más pobres son quienes se ven más afectados por ellos. Hoy gracias a la Solastalgia, una vez más se nos recuerda que, como dice la canción, ya ni siquiera tenemos adónde volver la vista. 

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/


[1] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18027145/

Avocado Guilt

Ángel Marroquín

Can you see that Avocado? Yes, that’s right… Do you like it? Come on, buy it, no guilt… you deserve it.

Is this simple chain of thoughts enough to make us buy something that we do not need at all? But of course, that is not the problem, but the top of the iceberg. The real problem is that our distracted decision moves the gears of a consumption system beyond what we can see; or, in truth, beyond what we want to see.

Probably when we look at that Avocado, we don’t want to know anything about the people who planted the tree, cared for it, harvested the fruits, stored them on pallets, and packed them carefully in padded cardboard boxes to send them by plane to Europe. But, it seems enough to know that avocados are trendy and that instagramers champion them as the must-have element of the healthy diet that our liberal friends lead.

The less glamorous aspect of the label is seldom read. It says that countries like Chile, the Dominican Republic, Peru, Indonesia and Kenya go to great lengths to offer the lowest prices in the European markets for Avocados. But who pays the cost of so much wonder within reach of the citizens of the first world? Who cares about this in the 21st century?

Who cares that 1.16 kilos of Avocados per capita are consumed in Europe and that this consumption has grown by 8% between the years 2017 and 2019? Who would be interested in learning that 2,000 litres of water are needed to produce one kilo of Avocados? The price of Avocado in Europe rarely exceeds 5 Euros for a pack of 4.

Do European consumers of Avocados care to know that, in Latin America, amidst draughts and private ownership of water streams, avocado trees are prioritised because of their commercial worth, and they are given the water that the people of the nearby towns struggle to obtain? Nor does the fact that farmers and their families earn a miserable salary working all day under the sun to produce those Avocados. None of them will get out of poverty because they will never make enough from the draining job on the avocado plantations.

Conscious or unconscious, our thoughts, attitudes and actions represent power in the production chain. Every time we buy, we press a button that points in the same direction, driving the wheel of the system in the direction of inequality and poverty of many and the privilege and wealth of a few consumers eager to follow a trendy, liberal style of life.

The guilt that young European liberal consumers apparently feel sometimes is not a sign that things will change in the future. Instead, it is just an example of the distance that increasingly separates those who poorly subsist in precarious, badly paid and poorly regulated jobs in the third world and those who enjoy the benefits of that system and who ignore the origin of the products and services that they are consuming. In the same way, they celebrate cultural diversity but do not mix personally with refugees, asylum seekers or immigrants from poor countries. But they talk about them a lot.

The idea of guilt that afflicts the European middle-class today is not religious. They, who killed God just to put money in its place, know it. It’s just the hangover produced by the excess of consumer choices. The sense of entitlement leads European citizens to fall into that emotion temporarily, the guilt of the conscious consumer. Because if there is something consumers know very well is prices: cheap is better and cheap means that they are not obliged to face those who work to produce those products.

But the king goes naked through the streets of Europe. The nakedness of his guilty middle-class is expressed in the story they tell themselves to maintain their entitlement: they deserve it because they have worked hard. They have the right to consume to death while falling into depression in a lonely house in the middle of the hills!

Our ills derive from this distance, from this voluntary and comfortable blindness that separates us from others and the world.

Why has accommodating reality to our desires become the most common form of denial of reality?

Culpa de clase media

Ángel Marroquín

¿Ves ese Aguacate? Sí, ese… ¿Te gusta? Anda, cómpralo, sin culpa…vamos, te lo mereces.

Basta con una simple cadena de pensamientos como esa para hacernos de algo que no necesitamos. Pero por supuesto ese no es el problema, sino la punta del iceberg. El problema de fondo es que nuestra distraída decisión mueve los engranajes del sistema de consumo traspasando continentes, fronteras y nacionalidades más allá de lo que vemos, de lo que queremos ver.

Probablemente cuando miramos ese Aguacate no queremos saber nada acerca de quienes plantaron el árbol, cuidaron de él, cosecharon las frutas, las almacenaron en pallets y empacaron esos aguacates en cajas de cartón acolchado para enviarlas por avión hacia Europa. Basta con saber que el Aguacate está de moda y que es parte indispensable de la dieta y estilo de vida sana que llevan nuestros amigos liberales.

Rara vez es leída la parte menos glamorosa de la etiqueta comercial que dice que países como Chile, República Dominicana, Perú, Indonesia y Kenia se esfuerzan mucho por ofrecer los precios más bajos en los mercados europeos de Aguacates, etc. Pero, ¿Quién paga el costo de tanta maravilla al alcance de la mano de los ciudadanos del primer mundo? ¿A quién le puede importar eso en el Siglo XXI?

¿A quién le puede importar que el porcentaje de consumo de Aguacates en Europa sea de 1,16 kilos per cápita, que el consumo de Aguacate en Europa haya crecido un 8% entre los años 2017 y 2019 y un 73% comparando los años 2015 y 2016?, ¿A quién le puede interesar que para producir un kilo de Aguacates se necesiten 2.000 litros de agua? El precio del Aguacate en Europa raramente sobrepasa los 5 Euros el paquete de 4 y eso es lo que importa.

No, a ningún consumidor de Aguacates Europeo le importa que en el latifundio Latinoamericano se privilegie darle agua a los arboles de Aguacates y quitársela a las personas de los pueblos cercanos. Tampoco les detiene el hecho que los campesinos y sus familias ganen un salario miserable trabajando todo el día al sol para producir esos Aguacates para ellos. Ninguno de ellos saldrá jamás de la pobreza porque nunca van a ganar lo suficiente con el aniquilante trabajo que tienen en las plantaciones de aguacate.

Conscientes o inconscientes nuestros pensamientos, actitudes y actos representan poder en la cadena de producción. Cada vez que compramos presionamos un botón y este apunta una y otra vez en una misma dirección impulsando la rueda del sistema en la dirección de la desigualdad y la pobreza de muchos y el privilegio y la riqueza de unos pocos consumidores ansiosos de honrar un estilo de vida liberal, trendy.

La culpa que aparentemente sienten los jóvenes consumidores liberales europeos a veces, no es un signo que las cosas vayan a cambiar en el futuro. Es solo una muestra de la distancia que separa cada vez más a los que subsisten malamente en trabajos precarios, mal pagados y mal regulados en el tercer mundo y la de aquellos que disfrutan los beneficios de ese sistema y que ignoran el origen de los productos y servicios que consumen. De la misma manera celebran la diversidad cultural pero no se mezclan con refugiados, solicitantes de asilo o inmigrantes de países pobres. Pero hablan de ellos, mucho.

La idea de culpa que hoy aqueja a la clase media Europea no es religiosa. Ellos, que mataron a Dios solo para poner al dinero en su lugar, lo saben. Se trata solamente de la resaca producida por el exceso de opciones de consumo. Es el exacerbado sentido de derechos adquiridos lo que conduce a los ciudadanos Europeos a caer en esa emoción, la culpa del consumidor consciente. Porque si de algo saben los consumidores es de conciencia, de los precios: barato es mejor y barato significa que no están obligados a verle la cara a quienes trabajan para producir esos productos en los subterráneos.

Pero el rey va desnudo por las calles de Europa. Su desnudez de clase media culposa se expresa en el cuento que ellos se cuentan a sí mismos para mantener su derecho a consumir: ellos piensan que se lo merecen porque trabajaron duro y porque ellos vienen de la pobreza y la conocieron en el pasado. ¡Tienen el derecho a consumir hasta morir o enloquecer de depresión en una casa solitaria en medio de las colinas!  

Nuestros males se derivan de esta distancia, de esta ceguera voluntaria y cómoda que nos separa de los otros y del mundo. ¿Por qué acomodar la realidad a nuestros deseos personales se ha tornado la forma más común de negación de la realidad?

True borders are those that separate a person from justice.

Ángel Marroquín

True borders are invisible. They are not those that separate one country from another, those that stamp passports at immigration controls. True borders are those that separate a person from justice, a mother from the dreams of education for her children, a father from an adequate salary to feed her family. Borders are those that separate a sick person from the necessary treatment to heal his illness. And it is not only immigrants or refugees -those who walk the roads, God protect them-, who are fully aware of those borders, but also young native Europeans: the borders that separate them from their aspirations to have a house, to have stable jobs through which to project into the future, to live in a pollution-free environment, to give education and health to their children. To give meaning to their lives beyond being consumers of stuff to hoard.


Borders stretch across European society, dividing, mutilating, killing with invisible efficiency. With the extension of these borders, nonsense grows, and life becomes survival. Life is impoverished to a level we have never seen before. Loneliness, suicide, anxiety, depression, and nihilism are exhibited as the natural costs of material progress. Every day, new placebos are created to fight against the nihilism that is already assumed as normal. Borders have been established, accepted and well respected.


How come we don’t see these borders? And this is the drama and the paradox: we see them, and we do not see them.

We go from one side of a border to the other very easily, we flow through them, and sometimes we do not know which side we are on; however, we can choose to see them and not see them. We don’t see them when we’re on the surface, and things are going well for us. Vanity, waste and unconsciousness betray us as the weak and erratic beings we are. We are on the bright side, and we believe we deserve it; nothing else matters. The bright horizon opens up to all its promises and exciting possibilities. So the borders are invisible because we don’t want to see them. How difficult it is to think of hunger when one is satisfied!


We see borders when we are underground, prevented from enjoying the benefits of the system. Then it becomes clear to us that we are in a deteriorated situation and separated from what could have given us security, stability or a bit of predictability in our lives. We are aware that we are fragile and painfully aware of borders. Now we do not laugh when the sun rises, and we look with distrust at those who try to preach to us. How hard it is to think of satisfaction when you are hungry!


The borders are what hide from us the fact that everything we consume has been produced through the precarious work of someone else; thousands and thousands of people who remain on the other side of the border, in the poorly lit shanty towns of the world, working tirelessly to produce at low cost in the shortest time possible. We must hold that memory during the day. Maintaining the painful awareness of the fragility in which we live, that is our connection with who we really are, beyond the top-bottom, inside-outside, border-no border duality.


Perhaps the only thing that can destroy borders is the painful awareness that we are attached to someone down there. Someone who right now is producing the coffee we are drinking and the bread we eat. Simultaneously, perhaps, someone up there is thinking of us, who are producing that bread and that coffee and, who knows, maybe they are thinking of us and would like to change…

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Las verdaderas fronteras son las que separan a una persona de la justicia

Ángel Marroquín

Las verdaderas fronteras son invisibles. No son las que separan a un país de otro, las que estampan pasaportes en los controles migratorios de los aeropuertos o las que folclorizan las diferencias entre personas de un pueblo u otro.

Las verdaderas fronteras son las que separan a una persona de la justicia, son las que separan a una madre de los anhelos de educación para sus hijos, las que separan a un padre de un sueldo suficiente para alimentar a su familia. Las fronteras son las que separan al enfermo de un tratamiento apropiado para sanar de su enfermedad. Fronteras son las que separan la necesidad de la fe.

Y no sólo son los inmigrantes o refugiados, -esos que andan los caminos, Dios los proteja-, quienes tienen conciencia de esas fronteras, también los jóvenes europeos nativos: la fronteras que los separan de sus aspiraciones de tener una casa en que dormir, de tener trabajos estables en los que proyectarse, de vivir en un ambiente libre de polución, de darle educación y salud a sus hijos. De darle sentido a sus vidas más allá de ser meros consumidores de cosas.

Las fronteras se extienden a lo largo de la sociedad Europea, dividiendo, mutilando, matando con invisible eficacia. Con la extensión de esas fronteras el sinsentido crece y la vida se transforma en mera sobrevivencia. La vida queda empobrecida a un nivel nunca antes visto. La soledad, el suicidio, la ansiedad, la depresión y el sinsentido son exhibidos como los costos del progreso material y cada día son creados nuevos placebos para intentar luchar contra una falta de sentido que ya es asumida como normal. Las fronteras han sido introducidas, aceptadas y acatadas.    

¿Cómo es que no vemos estas fronteras? Y es este el drama y la paradoja: las vemos y no las vemos.

Pasamos de un lado a otro con mucha facilidad, fluimos a través de ellas y a veces no sabemos de qué lado estamos, sin embargo, podemos elegir verlas y no verlas.

No las vemos cuando estamos en la superficie, cuando las cosas nos van bien. La vanidad, el derroche y la inconsciencia nos delatan como seres débiles e inconstantes. El viento sopla a nuestro favor y creemos merecerlo, nada más importa. El horizonte engañoso se abre en todas sus promesas y excitantes posibilidades. Entonces las fronteras son invisibles porque no queremos verlas. ¡Qué difícil es pensar en la pobreza cuando uno está satisfecho!

Vemos las fronteras cuando estamos en el subterráneo, impedidos de gozar de los beneficios del sistema. Entonces se nos hace claro que estamos en una situación desmejorada y separados de aquello que podría habernos dado seguridad, estabilidad o predictibilidad en nuestra vida. Somos frágiles y dolorosamente conscientes de las fronteras. Ahora no reímos cuando el sol sale y miramos con desconfianza a quienes tratan de aleccionarnos. ¡Qué duro es pensar en la satisfacción cuando uno tiene hambre!

Las fronteras son las que nos ocultan el hecho que todo lo que consumimos ha sido producido por medio de trabajo precario de alguien más, miles y miles de personas que permanecen al otro lado de la frontera, en los subterráneos mal iluminados del mundo, trabajando incansablemente para producir a bajo costo en el menor tiempo posible. Debemos sostener ese recuerdo durante el día. Conservar la dolorosa conciencia de la fragilidad en que vivimos, esa es nuestra conexión con quienes somos realmente, más allá de la dualidad arriba-abajo, dentro-afuera, frontera-frontera.

Tal vez lo único que puede destruir las fronteras sea la dolorosa conciencia que estamos unidos a alguien allá abajo. Alguien que está produciendo el café que bebemos y el pan que comemos. Simultáneamente, tal vez, alguien allá arriba esté pensando en nosotros que producimos ese pan y ese café y quién sabe, tal vez, piense en nosotros y quiera cambiar…

Y quien sabe, tal vez piense en nosotros y quiera cambiar…  

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Hotel Europe

Ángel Marroquín

Welcome to Europe Hotel. Located in the breathtaking landscape of the first world, surrounded by incomparable pieces of art and culture, we are happy to offer you the best of what your fantasy dares to imagine. But today, it will be different. We invite you to experience something unusual, exciting and audacious. Today we will visit the Hotel through the back door.


The back door is located at the far end of the parking. In the distance, you can see the houses where most of the Hotel workers stay. They live in shared rooms they rent to sleep in between stressing and constantly changing work shifts.

After typing a number, the metal door opens. We are in.

A long cold corridor extends to the Hotel’s basement, and now, in front of us, we see the automatic clock that registers the beginning and the end of shifts and the Covid temperature detector. Isn’t nice?

If we continue to the right, we will find Remo from Romania. He is in charge of receiving the hundreds of food orders, clean sheets, detergent, meat, and vegetables to run the Hotel every day. You can see Joanna from Latvia, going up and down in the staff elevators carrying a heavy trolley with the dirty sheets. She is in charge of cleaning the rooms and changing the sheets in each room. At the end of this hall, you can see Nando from the Maldives, Africa. He is a kitchen helper, and with a smile on his face, he chops vegetables, fries, bakes and cooks the food that goes directly to the tables. Finally, we are in the restaurant, here, the staff is made up of nice people, they are natives because they are the ones who deal directly with our customers. They are our public face.

Did you like the trip? Now have fun and see you soon.

Europe resembles a large luxury hotel. On the surface, we are surrounded by magnificence, glamour and entertainment. Nothing is lacking, and leisure can flourish amid abundance. This is the place where liberals grieve about the situation in poor countries and sometimes make donations for an NGO to provide drinking water in rural areas of Africa or Latin America.
On the basement floor, people from poor countries and enduring poor jobs make this possible. They are poorly paid and get by with unimaginable difficulty. They will never own a home, they will never go to college, and they will probably never finish learning English either. They, the world’s poor, are the ones who keep this old Europa Hotel running without being visible or acknowledged by the Hotel authorities who fear them but urgently need to keep the Hotel running. Thus, the separation between the luxurious and warm hotel halls and the cold corridors of the subway is becoming more and more hermetic.
How many of us see the wounded hands of exploited workers in Guatemala, Ethiopia or the Ivory Coast when we drink a cup of coffee while we think about our petty daily problems?

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Hotel Europa

Ángel Marroquín

Bienvenidos al Hotel Europa. Situado en medio de los más bellos parajes del primer mundo, rodeado de incomparables obras de arte y cultura, estamos felices de ofrecerle lo mejor de lo que su fantasía se atreva a imaginar. Pero hoy será distinto. Hoy le invitaremos a vivir algo inusual, excitante, atrevido. Hoy visitaremos el hotel por la puerta trasera.

La puerta trasera del Hotel se ubica en el extremo más alejado del estacionamiento, en la zona aledaña a las casas que lo rodean y que es donde vive la mayoría de los trabajadores del Hotel. Ellos viven en cuartos que rentan para dormir entre los extenuantes turnos, que cambian constantemente de acuerdo a las necesidades del Hotel.

Luego de pulsar un número en el portero automático, la puerta de metal se abre. Estamos adentro.

Un largo y frío corredor se extiende hasta la sección del reloj automático y el detector de temperatura Covid.

Si seguimos a la derecha encontraremos a Remo de Rumania. El es el encargado de recibir los cientos de pedidos de comida, sabanas limpias, detergente, carne, verduras para hacer funcionar el hotel cada día. Al fondo del pasillo pueden ver a Joanna de Latvia subiendo y bajando a través de los ascensores de servicio cargando un pesado trolley con las sabanas. Ella es la encargada de asear las habitaciones y cambiar las sabanas de cada habitación. En el piso superior a la derecha pueden ver a Nando de las Islas Maldivas. El es ayudante de cocina y con una sonrisa en su rostro pica vegetales, fríe y hornea la comida que sale directamente a las mesas.  Y, por fin ya nos encontramos en el restaurante, esta sección se encuentra compuesta por personas agradables, blancas y nativas porque ellos son quienes tratan directamente con nuestros clientes. Ellos son la cara visible del Hotel, nos gusta decir.

¿Les ha gustado el viaje? Ahora a relajarse, divertirse y hasta pronto.

Europa se asemeja a un gran Hotel de lujo. En la superficie estamos rodeados de magnificencia, glamor, derroche y entretención. Nada falta y el ocio puede florecer en medio de la abundancia. Este es el lugar en que los liberales se duelen de la situación de los países pobres y, a veces, hacen donaciones para que alguna ONG provea agua potable en zonas rurales de África o Latinoamérica.

Abajo, gente proveniente del tercer mundo se abalanza sobre trabajos duros, mal pagados y con los que con gran dificultad lograr  solamente subsistir. Ellos nunca tendrán educación para ellos, nunca serán propietarios de una vivienda, nunca irán a la Universidad y probablemente nunca terminarán de aprender inglés tampoco. Ellos, los pobres del mundo, son quienes mantienen funcionando este viejo Hotel Europa sin ser visibles. O más bien siendo ocultados por las autoridades del Hotel quienes los temen pero necesitan imperiosamente para mantener el Hotel funcionando. Porque la separación entre la superficie lujosa y temperada y los pasillos fríos del subterráneo se hace cada vez más hermética.

¿Cuántos de nosotros vemos las manos heridas de los trabajadores explotados de Guatemala, Colombia, Etiopía o Costa de Marfil cuando bebemos una taza de café mientras pensamos en nuestros asuntos?

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

The opposite to White Privilege is not guilt, it is Justice

Some time ago, I took part in a political rally about the environment. A young activist approached me. We exchanged the usual greetings, and he asked me where I was from and what I thought of the rally. I told him about my country being exploited by multinational extractive companies, living in semi-feudalism and under the spell of re-foundational rhetorics. By the way, more or less the reality of any Latin American country at this moment. After listening to me carefully, he said: “On behalf of my country, I apologise because our privileges have made the countries of the global south, like yours, poor.” End of the story.

George Floyd’s killing triggered a reset of mind across the Atlantic. Amid the pandemic, young people in Bristol and London brought down statues of philanthropists, university founders and European philosophers linked to the slave trade. This movement also prompted the use of a new vocabulary to talk about racism.

A young generation of English and North American activists, including Otegha Uwagba, Reni Eddo-Lodge and June Sarpong, have used the concept of White Privilege to highlight the consequences of unchallenged racism. It becomes a system that provides broad opportunities for self-fulfilment for White People while keeping the population of colour in low-paying jobs, with low expectations of social mobility via education, and living in slums in major European capitals. Fertile ground for radicalisation, by the way.

The idea of White Privilege comes to shift the focus on people of colour towards the white population. If there is a system that is designed to give you advantages over others, why would you want to challenge it? If you benefit from the system, why feel guilty about profiting from it?

The reactions of the white population to this idea are divided between the extreme of those who vehemently reject it (KKK), and those who want to subvert the social order by calling for a social revolution in the name of race. In the middle are hundreds of thousand well-meaning white people who are more or less aware of racism in Europe without actively participating in the fight against it. Bystanders they are called. These people feel guilty every time the police publish reports about the increase in police incidents associated with racism, the representation of the imprisoned black population or people of colour living in poverty or social exclusion in rich countries.

The secular guilt that comes from being aware of White Privilege can give rise to simple mitigation practices or political correctness that all we know very well—for instance, not talking about racism, changing the subject when presented, laughing at jokes when it is mentioned in the news, or talking about your only black friend, your race token, when someone brings the subject.

The problem is that these practices leave the underlying question untouched: The reaction to privilege is not guilt but justice. Racism constitutes a form of the perpetuation of whiteness as the paradigm of what is good, beautiful and true. The point is that none of this has ever existed except through political domination and economic plundering of third world nations by the first. Through the centuries, racism has only justified the extermination of people in the name of a white minority that has known how to take advantage of the fruit of that exploitation. They are the rulers of the world; they are travelling to space, and, I am sure, they are creating a free-guilt planet for all those who do not want to hear about justice.

La reacción frente al privilegio no es la culpa, es la justicia

Ángel Marroquín

En una ocasión fui a una manifestación pública en favor del medioambiente. De pronto un joven activista se me acercó. Intercambiamos frases de cortesía, me preguntó de dónde era y qué pensaba de la manifestación. Le hablé de mi país explotado por empresas extractivas multinacionales, viviendo en el semi-feudalismo y el eterno embrujo re-fundacional. Mas o menos la realidad de cualquier país Latinoamericano. Tras escucharme y pensarlo un poco me dijo: “Te pido perdón a nombre de mi país porque es nuestro privilegio el que ha hecho pobre a los países del sur global como el tuyo”.

¡Chan!

El asesinato de George Floyd impulsó una estela de cambios de mentalidad al otro lado del Atlántico: en medio de la pandemia los jóvenes en Bristol y Londres derribaron estatuas de filántropos, fundadores de universidades y filósofos, ligados a la trata de esclavos. Este movimiento también impulsó el uso de un nuevo vocabulario para hablar de racismo.

Una joven generación de activistas Ingleses y Norteamericanos, entre las que se encuentran Otegha Uwagba, Reni Eddo-Lodge y June Sarpong, han usado el concepto de White privilege para resaltar la manera en que el racismo no desafiado se convierte en un sistema que brinda amplias oportunidades de realización personal para la gente blanca mientras mantiene a la población de color en trabajos mal pagados, con reducidas expectativas de movilidad social vía educación y viviendo en barrios marginales en las principales capitales de Europa. Caldo de cultivo para cualquier radicalización.

El concepto de White privilege viene a cambiar el foco de atención en la población de color y la pone  en la población blanca. ¿Si hay un sistema que está diseñado para darte y heredar ventajas sobre otros, por qué querrías desafiarlo?, ¿Si te beneficias del sistema para qué sentirte culpable de beneficiarte de él?

Las reacciones de la población blanca a esta idea se dividen entre el extremo de quienes las rechazan totalmente (KKK) y quienes quieren subvertir el orden social llamando a una revolución social en nombre de la raza. En medio de ellos se encuentra la gente blanca bienintencionada y que es más o menos consciente del racismo en Europa sin involucrarse activamente en su combate. Estas personas se sienten culpables cada vez que la policía publica informes acerca del incremento de incidentes policiales asociados a racismo, sobre representación de población negra encarcelada o población de color viviendo en la pobreza en países ricos.

La culpa secular que proviene del ser consciente del White privilege puede dar origen a prácticas rápidas de atenuación o corrección política: no hablar de racismo, cambiar de tema cuando el tema se presenta, reírse de las bromas de la abuela cuando en las noticias se menciona el tema o hablar de tu único amigo negro, tu race token.

El problema es que estas prácticas dejan intocada la cuestión de fondo: La reacción frente al privilegio no es la culpa, sino la justicia. El racismo constituye una forma de perpetuación de la blanquitud como el paradigma de lo bueno, lo bello y lo verdadero. El tema es que nada de eso ha existido sino por medio de la dominación política y la expoliación económica de las naciones del tercer mundo por el primero. El racismo a través de los siglos solo ha justificado la exterminación de personas en nombre de una minoría blanca que ha sabido aprovecharse del fruto de esa explotación en su beneficio.

Creator: NurPhoto | Credit: NurPhoto via Getty ImagesCopyright: Giulia Spadafora/NurPhoto

The despair of others

Ángel Marroquín

A few weeks ago, Priti Patel, England’s Home Secretary, wanted to ban social media posts attacking the government policy regarding the ongoing crisis of immigrants and asylum seekers in the English Channel. In just three days, about 600 migrants trying to cross the channel into England were intercepted by the police. So far, sadly, there is nothing new, but this time Patel has accused those who oppose her conservative policies of what she calls: glamorizing the crossing of the English Channel. I think it’s worth thinking about what she meant. She knows very well what she is talking about.
The concept of glamorization is used when a pressure group takes an annoying social problem, which has remained ignored and makes it public in an attractive way to promote sympathy among those who previously found the subject indifferent or unknown.
Humanitarian and environmental groups have traditionally used these techniques to attract the press and the public to their public causes, raise money to support and achieve their social change. The idea that they are selling is this one: being green or liberal is cool; to donate, click here!

Increasingly, political and business groups have been adapting this focus from the humanitarian and environmental mindset and are making efforts to attract sympathy for their own business, for example, fashionable feminism or ecological lifestyle that help support their businesses and mass consumerism ideology. Businesses and politicians seem to want to tell us, “we can be cool too, vote for us!”

And that is the problem of glamorization. It produces apparent changes while eroding the capacity for empathy and credibility, especially of young people; voters are merely used while being bombarded with epic images that invite them to join causes to save the world, help poor countries, support socially responsible companies, and so on.

However, glamorization is not sustainable in the long term because audiences get tired quickly. For example, today, short humanitarian commercials are broadcast on English public television in the mornings, between ads about dog food, nappies and old episodes of “Death in Paradise”.

With the harmful erosion of the capacity for empathy, a devastating feeling of apathy is spreading. These feelings, precisely, are helping conservative politicians like Patel to promote policies of persecution against immigrants without even considering the true causes of this migration: poor countries which do not have health systems, enough jobs and are surrounded by political chaos. Not to mention that England has stopped financial humanitarian aid to those same countries from where the migrants come.
The hundreds of immigrants who have been crossing the English Channel this last month have erased the glamorized idea of a mighty and Imperial England, and they let us see the real one that feels threatened, vulnerable and sad. Oh, Dear!