Avocado Guilt

Ángel Marroquín

Can you see that Avocado? Yes, that’s right… Do you like it? Come on, buy it, no guilt… you deserve it.

Is this simple chain of thoughts enough to make us buy something that we do not need at all? But of course, that is not the problem, but the top of the iceberg. The real problem is that our distracted decision moves the gears of a consumption system beyond what we can see; or, in truth, beyond what we want to see.

Probably when we look at that Avocado, we don’t want to know anything about the people who planted the tree, cared for it, harvested the fruits, stored them on pallets, and packed them carefully in padded cardboard boxes to send them by plane to Europe. But, it seems enough to know that avocados are trendy and that instagramers champion them as the must-have element of the healthy diet that our liberal friends lead.

The less glamorous aspect of the label is seldom read. It says that countries like Chile, the Dominican Republic, Peru, Indonesia and Kenya go to great lengths to offer the lowest prices in the European markets for Avocados. But who pays the cost of so much wonder within reach of the citizens of the first world? Who cares about this in the 21st century?

Who cares that 1.16 kilos of Avocados per capita are consumed in Europe and that this consumption has grown by 8% between the years 2017 and 2019? Who would be interested in learning that 2,000 litres of water are needed to produce one kilo of Avocados? The price of Avocado in Europe rarely exceeds 5 Euros for a pack of 4.

Do European consumers of Avocados care to know that, in Latin America, amidst draughts and private ownership of water streams, avocado trees are prioritised because of their commercial worth, and they are given the water that the people of the nearby towns struggle to obtain? Nor does the fact that farmers and their families earn a miserable salary working all day under the sun to produce those Avocados. None of them will get out of poverty because they will never make enough from the draining job on the avocado plantations.

Conscious or unconscious, our thoughts, attitudes and actions represent power in the production chain. Every time we buy, we press a button that points in the same direction, driving the wheel of the system in the direction of inequality and poverty of many and the privilege and wealth of a few consumers eager to follow a trendy, liberal style of life.

The guilt that young European liberal consumers apparently feel sometimes is not a sign that things will change in the future. Instead, it is just an example of the distance that increasingly separates those who poorly subsist in precarious, badly paid and poorly regulated jobs in the third world and those who enjoy the benefits of that system and who ignore the origin of the products and services that they are consuming. In the same way, they celebrate cultural diversity but do not mix personally with refugees, asylum seekers or immigrants from poor countries. But they talk about them a lot.

The idea of guilt that afflicts the European middle-class today is not religious. They, who killed God just to put money in its place, know it. It’s just the hangover produced by the excess of consumer choices. The sense of entitlement leads European citizens to fall into that emotion temporarily, the guilt of the conscious consumer. Because if there is something consumers know very well is prices: cheap is better and cheap means that they are not obliged to face those who work to produce those products.

But the king goes naked through the streets of Europe. The nakedness of his guilty middle-class is expressed in the story they tell themselves to maintain their entitlement: they deserve it because they have worked hard. They have the right to consume to death while falling into depression in a lonely house in the middle of the hills!

Our ills derive from this distance, from this voluntary and comfortable blindness that separates us from others and the world.

Why has accommodating reality to our desires become the most common form of denial of reality?

El dilema del profesor y el Chef

Ángel Marroquín

Hace unas semanas atrás un profesor universitario recibió su evaluación semestral que incluía un apartado en el que los estudiantes mencionaban aspectos negativos de sus clases. Por segundo año consecutivo los estudiantes mencionaban como un aspecto negativo, la puntualidad al comenzar las clases. Algunas de las frases decían: “el profesor comienza su clase exactamente a las 8.30”, “cuando me conecto a las 9 no puedo seguir las clases porque él ya ha comenzado”, “el profesor es demasiado puntual”.

Esta situación es interesante porque expresa una lógica paradojal: el profesor es criticado por hacer lo que se espera de él: comenzar su clase a las 8.30. Se le sugiere que para mejorar debe entonces quebrantar su mandato y comportarse como los estudiantes, es decir pensar como ellos, ponerse en su lugar y ceder.

Ahora si nos ponemos por un momento en el lugar del profesor, ¿No es tentadora la idea de claudicar del deber y dejarse llevar por la relajante y narcótica flexibilidad de los hábitos estudiantiles de la clase media? Muchos lo hacen dando origen al oxímoron del profesor-amigo, padre-amigo, el psicólogo-amigo. Una vez que esta alianza tácita ha sido establecida ya no hay vuelta atrás. Como en otras cosas de la vida, la excepción poco a poco se hace regla y la autoridad queda relegada a “moralina” o “bla-bla”.

Estudiantes y profesores tienen razones para hacer lo que hacen, pero ninguno tiene, al final del día, la razón.

Lo interesante de esta situación es que muestra la voluntad de una de las partes -los estudiantes-, por imponer su forma de ver el problema y lograr cambios que les permiten adaptarse mejor, aunque sea solo un poco, a un mundo cambiante y en cierta medida, despiadado. Podríamos decir que los estudiantes practican con su profesor distintas estrategias destinadas a modificar la realidad a su conveniencia. ¿No es este el origen, a nivel individual, del clientelismo político, el asistencialismo, el paternalismo y el populismo? 

Pero hay algo más, tal vez lo más curioso: la simpatía que los estudiantes sienten por el profesor se basa en la capacidad que este tiene para adaptarse a sus deseos. ¿No es demasiado fácil para el profesor poner más empeño en ganar popularidad y no tener problemas que en hacer su clase y pedir a sus estudiantes que cumplan con estar a la hora en la sala de clases?  

Ahora, si vamos al fondo de la cuestión aparecen preguntas como estas: ¿Por qué nos es tan difícil aceptar la realidad de las reglas en toda su brutalidad?, ¿Por qué es que intentamos negarnos a la idea que estamos obligados a obedecer las reglas que se nos imponen en forma de horario, trabajo, tests de manejo, pruebas de admisión, test de idiomas?

Ayer en la noche el cocinero de un famoso Hotel recibió el filete de carne de vuelta porque el cliente dijo que este no estaba preparado a término medio que es como él lo había pedido. El Chef dijo que técnicamente ese era un filete cocido a término medio. El manager le dijo que el cliente tiene la razón y que lo cociera como se le antojara al cliente o se podía ir al carajo.

¿Qué creen ustedes que hizo finalmente el Chef?

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Culpa de clase media

Ángel Marroquín

¿Ves ese Aguacate? Sí, ese… ¿Te gusta? Anda, cómpralo, sin culpa…vamos, te lo mereces.

Basta con una simple cadena de pensamientos como esa para hacernos de algo que no necesitamos. Pero por supuesto ese no es el problema, sino la punta del iceberg. El problema de fondo es que nuestra distraída decisión mueve los engranajes del sistema de consumo traspasando continentes, fronteras y nacionalidades más allá de lo que vemos, de lo que queremos ver.

Probablemente cuando miramos ese Aguacate no queremos saber nada acerca de quienes plantaron el árbol, cuidaron de él, cosecharon las frutas, las almacenaron en pallets y empacaron esos aguacates en cajas de cartón acolchado para enviarlas por avión hacia Europa. Basta con saber que el Aguacate está de moda y que es parte indispensable de la dieta y estilo de vida sana que llevan nuestros amigos liberales.

Rara vez es leída la parte menos glamorosa de la etiqueta comercial que dice que países como Chile, República Dominicana, Perú, Indonesia y Kenia se esfuerzan mucho por ofrecer los precios más bajos en los mercados europeos de Aguacates, etc. Pero, ¿Quién paga el costo de tanta maravilla al alcance de la mano de los ciudadanos del primer mundo? ¿A quién le puede importar eso en el Siglo XXI?

¿A quién le puede importar que el porcentaje de consumo de Aguacates en Europa sea de 1,16 kilos per cápita, que el consumo de Aguacate en Europa haya crecido un 8% entre los años 2017 y 2019 y un 73% comparando los años 2015 y 2016?, ¿A quién le puede interesar que para producir un kilo de Aguacates se necesiten 2.000 litros de agua? El precio del Aguacate en Europa raramente sobrepasa los 5 Euros el paquete de 4 y eso es lo que importa.

No, a ningún consumidor de Aguacates Europeo le importa que en el latifundio Latinoamericano se privilegie darle agua a los arboles de Aguacates y quitársela a las personas de los pueblos cercanos. Tampoco les detiene el hecho que los campesinos y sus familias ganen un salario miserable trabajando todo el día al sol para producir esos Aguacates para ellos. Ninguno de ellos saldrá jamás de la pobreza porque nunca van a ganar lo suficiente con el aniquilante trabajo que tienen en las plantaciones de aguacate.

Conscientes o inconscientes nuestros pensamientos, actitudes y actos representan poder en la cadena de producción. Cada vez que compramos presionamos un botón y este apunta una y otra vez en una misma dirección impulsando la rueda del sistema en la dirección de la desigualdad y la pobreza de muchos y el privilegio y la riqueza de unos pocos consumidores ansiosos de honrar un estilo de vida liberal, trendy.

La culpa que aparentemente sienten los jóvenes consumidores liberales europeos a veces, no es un signo que las cosas vayan a cambiar en el futuro. Es solo una muestra de la distancia que separa cada vez más a los que subsisten malamente en trabajos precarios, mal pagados y mal regulados en el tercer mundo y la de aquellos que disfrutan los beneficios de ese sistema y que ignoran el origen de los productos y servicios que consumen. De la misma manera celebran la diversidad cultural pero no se mezclan con refugiados, solicitantes de asilo o inmigrantes de países pobres. Pero hablan de ellos, mucho.

La idea de culpa que hoy aqueja a la clase media Europea no es religiosa. Ellos, que mataron a Dios solo para poner al dinero en su lugar, lo saben. Se trata solamente de la resaca producida por el exceso de opciones de consumo. Es el exacerbado sentido de derechos adquiridos lo que conduce a los ciudadanos Europeos a caer en esa emoción, la culpa del consumidor consciente. Porque si de algo saben los consumidores es de conciencia, de los precios: barato es mejor y barato significa que no están obligados a verle la cara a quienes trabajan para producir esos productos en los subterráneos.

Pero el rey va desnudo por las calles de Europa. Su desnudez de clase media culposa se expresa en el cuento que ellos se cuentan a sí mismos para mantener su derecho a consumir: ellos piensan que se lo merecen porque trabajaron duro y porque ellos vienen de la pobreza y la conocieron en el pasado. ¡Tienen el derecho a consumir hasta morir o enloquecer de depresión en una casa solitaria en medio de las colinas!  

Nuestros males se derivan de esta distancia, de esta ceguera voluntaria y cómoda que nos separa de los otros y del mundo. ¿Por qué acomodar la realidad a nuestros deseos personales se ha tornado la forma más común de negación de la realidad?

Hotel Europa

Ángel Marroquín

Bienvenidos al Hotel Europa. Situado en medio de los más bellos parajes del primer mundo, rodeado de incomparables obras de arte y cultura, estamos felices de ofrecerle lo mejor de lo que su fantasía se atreva a imaginar. Pero hoy será distinto. Hoy le invitaremos a vivir algo inusual, excitante, atrevido. Hoy visitaremos el hotel por la puerta trasera.

La puerta trasera del Hotel se ubica en el extremo más alejado del estacionamiento, en la zona aledaña a las casas que lo rodean y que es donde vive la mayoría de los trabajadores del Hotel. Ellos viven en cuartos que rentan para dormir entre los extenuantes turnos, que cambian constantemente de acuerdo a las necesidades del Hotel.

Luego de pulsar un número en el portero automático, la puerta de metal se abre. Estamos adentro.

Un largo y frío corredor se extiende hasta la sección del reloj automático y el detector de temperatura Covid.

Si seguimos a la derecha encontraremos a Remo de Rumania. El es el encargado de recibir los cientos de pedidos de comida, sabanas limpias, detergente, carne, verduras para hacer funcionar el hotel cada día. Al fondo del pasillo pueden ver a Joanna de Latvia subiendo y bajando a través de los ascensores de servicio cargando un pesado trolley con las sabanas. Ella es la encargada de asear las habitaciones y cambiar las sabanas de cada habitación. En el piso superior a la derecha pueden ver a Nando de las Islas Maldivas. El es ayudante de cocina y con una sonrisa en su rostro pica vegetales, fríe y hornea la comida que sale directamente a las mesas.  Y, por fin ya nos encontramos en el restaurante, esta sección se encuentra compuesta por personas agradables, blancas y nativas porque ellos son quienes tratan directamente con nuestros clientes. Ellos son la cara visible del Hotel, nos gusta decir.

¿Les ha gustado el viaje? Ahora a relajarse, divertirse y hasta pronto.

Europa se asemeja a un gran Hotel de lujo. En la superficie estamos rodeados de magnificencia, glamor, derroche y entretención. Nada falta y el ocio puede florecer en medio de la abundancia. Este es el lugar en que los liberales se duelen de la situación de los países pobres y, a veces, hacen donaciones para que alguna ONG provea agua potable en zonas rurales de África o Latinoamérica.

Abajo, gente proveniente del tercer mundo se abalanza sobre trabajos duros, mal pagados y con los que con gran dificultad lograr  solamente subsistir. Ellos nunca tendrán educación para ellos, nunca serán propietarios de una vivienda, nunca irán a la Universidad y probablemente nunca terminarán de aprender inglés tampoco. Ellos, los pobres del mundo, son quienes mantienen funcionando este viejo Hotel Europa sin ser visibles. O más bien siendo ocultados por las autoridades del Hotel quienes los temen pero necesitan imperiosamente para mantener el Hotel funcionando. Porque la separación entre la superficie lujosa y temperada y los pasillos fríos del subterráneo se hace cada vez más hermética.

¿Cuántos de nosotros vemos las manos heridas de los trabajadores explotados de Guatemala, Colombia, Etiopía o Costa de Marfil cuando bebemos una taza de café mientras pensamos en nuestros asuntos?

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Equalizing revenge

Ángel Marroquín

During the pre-internet world, Latin American soap operas (telenovela) were one of the preferred ways to communicate complex issues in a simple way: social inequality, the injustices that suffer the poor, and the indolence and stupidity of the rich, among many others. Among the archetypal dramas that staged these conflicts, the most powerful one was the “equalizing revenge” whose essence we could briefly describe as follows:


A poor rural girl falls in love with a rich white young man who owns a large company and spends her time “meeting business people”. He falls in love with her, cheats, abuses and abandons her (in that order). The poor girl returns to her village, humiliated and usually pregnant, and, after going through several adventures, she discovers that she is the heir to a fortune (showing that her own mother had gone through a similar peril). She begins to anonymously buy shares in the family business of the rich young man until she owns 50 plus 1 of the company.


One day, the rich young man and his family, elegantly dressed, wait to welcome the new majority partners and, in an elegant meeting room, they realise that the new and powerful owner of the family business is nothing less than the poor girl whom he had fallen in love with, cheated, abused and abandoned. (!)

I propose to look at this story as a metaphor for what is happening between China and the West. Don’t you think that for many years China was considered a gigantic country, backward and rural. However, little by little, and without arousing suspicion, the communist conversion to the market economy began to bear fruit when at the end of the nineties the portfolio of Chinese investment companies opened to the world. Between 2000 and 2014, China allocated more than 273.6 billion dollars (about 245 billion euros) to finance about 3,485 projects in 138 countries around the world.


China is today the source of financing for large infrastructure projects (energy, transport, agriculture, etc.) in Africa, Latin America and Central Europe. Most of this financing falls into the category of financing for development and has focused on poor countries. These investments were produced under the gaze of a self-absorbed European community, trying to maintain its unity and facing growing problems with the thousands of refugees generated by the conflict in Syria. For its part, the US disappeared from the international arena thanks to Trump. Today the European community and the US wait in the meeting room for China, the new empress and new owner of what is left of the world, to arrive.


Who dares to question the allegations of human rights violations in China against the Muslim population? Who will speak for Tibet? Who will analyse the situation in North Korea? Whoever puts the money chooses the music and Europe and the emerging economies know it. China is here to stay, and together with Russia, they form a new political axis upon which peace will depend for decades to come.

La revancha igualadora

Ángel Marroquín

Las teleseries latinoamericanas fueron durante el mundo pre internet, una de las formas preferidas para tratar temas complejos en forma sencilla: la desigualdad social, las injusticias que aquejaban a los pobres y la indolencia y necedad de los ricos entre muchos otros. Dentro de los personajes arquetípicos que escenificaban estos conflictos se destacaba el de la “revancha igualadora” cuya esencia podríamos describir brevemente así:

Una niña pobre se enamora de un joven rico que es dueño de una gran empresa y gasta su tiempo “reunido”, este la enamora, engaña, abusa y abandona (en ese orden). La joven pobre vuelve a su pueblo humillada, por lo general embarazada,  y, luego de pasar varias peripecias,  descubre que es heredera de una fortuna. Ella comienza a comprar acciones de la empresa familiar del joven rico y su familia en forma anónima hasta hacerse dueña del 50+1 de la compañía.

Un día el joven rico y su familia, vestidos elegantemente, aguardan para dar la bienvenida a los nuevos socios mayoritarios y en una elegante sala de reuniones se dan cuenta que la nueva y poderosa dueña de la empresa familiar es nada menos que la niña pobre a la que enamoraron, engañaron, abusaron y abandonaron. ¡Chán!

Les propongo mirar a través de esta historia lo que está sucediendo con China. ¿No les parece que durante muchos años China fue considero un país gigantesco, atrasado, rural en su esencia y poseedor de creencias y valores opuestos al accidente desarrollado? Sin embargo, poco a poco gracias a los sacrificios de varias generaciones y al “gran salto hacia delante” de Mao, sin despertar suspicacias la conversión comunista a la economía de mercado comenzó a dar sus frutos hasta que al final de los años noventa la cartera de inversiones Chinas se abrió al mundo.

Entre el año 2000 y el 2014 China destinó más de 273.600 millones de dólares (unos 245.000 millones de euros) a financiar cerca de 3.485 proyectos en 138 países alrededor de todo el mundo.

China es hoy la fuente de financiamiento de grandes proyectos de infraestructura (energéticos, transporte, agricultura, etc) en África, Latinoamérica y Europa central. La mayoría de este financiamiento cabe en la categoría de financiamiento para el desarrollo y se ha enfocado en países pobres. Estas inversiones se produjeron bajo la mirada de una comunidad Europea ensimismada, tratando de mantener su unidad y con crecientes problemas con los miles de refugiados generados por el conflicto en Siria. Por su parte EEUU desapareció de la arena internacional gracias a Trump. Hoy la comunidad Europea y EEUU esperan en la sala de reuniones a que llegue China, la nueva emperatriz y nueva dueña de lo que va quedando del mundo.

¿Quién se atreve a cuestionar las denuncias de violaciones a los derechos humanos en China contra la población musulmana? ¿Quién hablará a favor de Tibet? ¿Quién analizará la situación en Corea del Norte? Quien pone el dinero pone la música y Europa y las economías emergentes lo saben. China la llegado para quedarse y junto a Rusia conforman un nuevo eje político en el que se jugará la paz por las décadas que vienen.

Gracias, pero no

Ángel Marroquín

En mi país hay un dicho popular que dice: “el diablo vendiendo cruces” y se refiere a situaciones en que la apariencia toma en lugar de la realidad: cuando un político populista promete ayudar a los pobres y estando en el poder los oprime aún más, cuando una empresa dice cuidar el medioambiente y en lugar de eso lo destruye, cuando los padres moralizan a sus hijos diciéndoles lo que no tienen que hacer mientras ellos lo hacen, etc. Sí, el diablo vende muchísimas cruces en Chile, en Latinoamérica, pero también entre la joven y bienintencionada Europa.

Mientras lo que más desean los jóvenes es hacer una diferencia en el alicaído mundo que recibieron como herencia, instituciones como ONG´s, Universidades, Escuelas, Programas de Gobierno, hacen lo posible para incentivar y canalizar estas tendencias altruistas mientras las señalan como “virtudes a esperar” de cada estudiante. Salidos del colegio los jóvenes aspiran a crear una Start Up o empresa social y a convertirse en emprendedores sociales. Para esto los jóvenes se reúnen con otros jóvenes como ellos, analizan los problemas que más les impresionan, piensan en todas las cosas que les producen culpa pero que no pueden dejar de consumir y finalmente se conduelen con los pobres del mundo que sufren tan terriblemente.

Una vez superado este momento catártico el grupo inicia una recolección de dinero por medio de redes sociales y la empresa de moda sustentable, comida vegana, App de ayuda a los sin techos, está creada: ¡Ahora pueden ganar dinero mientras salvan el mundo!

Por lo general después de esta etapa fundacional y épica, los jóvenes emprendedores ganan premios y reconocimientos y sus rostros se hacen cada vez más reconocibles en periódicos de circulación local y luego nacional. Algunos de ellos terminan en foros internacionales hablando en nombre de desconocidos países del tercer mundo o minorías indígenas.

¿Pero no son acaso estos jóvenes personas que auténticamente quieren hacer una diferencia? ¿No sienten ellos genuinamente deseos de ayudar? ¿Cómo es que se ven arrastrados en un proceso de glamorización de la pobreza y terminan haciendo lo mismo que criticaban?, ¿No merecen sus empeños algo mejor que la lógica del diablo vendiendo cruces?

La salida a este aparente callejón sin salida, como otras tantas en la vida, apunta a hacerse las preguntas correctas y a pensar antes de actuar. Con esto se evita caer en las trampas de la glamorización y del activismo mientras se ahorra uno muchos dolores de cabeza.

¿Quién se beneficia con lo que estás haciendo?, ¿No es acaso el ego lo que te impulsa?, ¿Eres capaz de dejar tu estilo de vida?, ¿Qué te mantiene apegado a él?, ¿Qué te mantiene buscando la aprobación de los demás?

Un periodo de cuestionamiento puede causarnos ansiedad e incluso tristeza y sentimientos de soledad pero, créeme, todo eso es mejor que impulsar la rueda enloquecida de la acción social.

El diablo seguirá vendiendo cruces pero, la próxima vez le miraremos a los ojos y le diremos gracias, pero no.