Building a fire in Glasgow

Ángel Marroquín

En el cuento Build a Fire, Jack London cuenta la historia de un hombre que contraviniendo las advertencias de los lugareños, se arriesga a caminar de un pueblo a otro para visitar a unos amigos en la región de Yukón en el bosque boreal de Canadá. La temperatura es extremadamente baja y el perro que le acompaña, camina reluctantemente tras él. Pasado el mediodía y ya en medio del camino, el hombre se detiene y decide encender un fuego para secarse y comer algo. Como protección usa un espacio bajo un árbol y enciende el fuego. A continuación el hombre mueve unas ramas y con el calor del fuego, la nieve que estaba contenida en las ramas cae apagando el fuego. El hombre muere congelado y en la escena final del cuento el perro aterido continúa solo el camino hacia el pueblo en medio de una borrasca de nieve.

Toda la tensión del cuento se encuentra en un hecho: el error del hombre al hacer el fuego bajo un árbol cargado de nieve. Las consecuencias de ese error son las que finalmente acaban con su vida. Pero por otra parte el clima extremo hace que el error del hombre adquiera mayor proporción y resulte mortal. La naturaleza termina cobrando su revancha contra el hombre. En este juego no hay segundas oportunidades.

¿No es acaso similar la situación a la que nos encontramos hoy respecto a la crisis climática?, ¿No estamos también encendiendo un fuego bajo un árbol cuando somos incapaces de acordar un marco regulatorio exigible para detener la emisiones de gases de efecto invernadero, ponerle un freno a los desmedidos intereses y lobby de las grandes compañías petroleras, cuando no somos capaces de proteger la naturaleza que nos sustenta o cuando somos incapaces de detener nuestro estilo de vida enloquecidamente consumista?

La última COP 26 en Glasgow resulta ser sintomática en este sentido:

La ausencia de algunos de los representantes de los países más contaminantes del planeta: China, Rusia, Brazil y Arabia Saudita.

Los países ricos que fallaron en proveer asistencia económica a los países pobres que no tienen mayor responsabilidad en la producción histórica de emisiones y que se encuentran atravesando una crisis que no ayudaron a crear pero que deben pagar.

Los gobiernos que fallaron en involucrar a la sociedad civil en las discusiones y propuestas. De hecho habían más representantes de grandes compañías multinacionales que activistas, indígenas o jóvenes en el salón azul de la COP.

Australia que se negó a comprometerse en la reducción de Metano y la participación de UK no pasó de ser una compilación de frases hechas, citas de James Bond, partidos de fútbol y lo que Greta Thunberg calificó como Blah, blah, blah.

A esto hay que sumarle un set interminable de declaraciones: terminar con la deforestación en 2030, plan para coordinar la introducción de energía limpia, el compromiso para reducir las emisiones de metano en 30% en 2020, el acuerdo para terminar con las plantas generadoras a carbón entre el 2030 y 2040 o en anuncio de India de net zero para el año 2070.

Algunos piensan que los resultados de la COP26 van bien encaminados y confían en que se fortalecerán los acuerdos entre los múltiples actores e intereses en juego. Para mí lo de Glasgow se parece a ese fuego que ha sido encendido bajo el árbol en el cuento de London: tarde o temprano la naturaleza terminará cobrando su revancha contra el hombre aprovechando su error, su osadía, su estupidez. Quién sabe, tal vez el hombre del cuento pensaba en eso cuando sentía un tibio entumecimiento subiendo desde sus piernas y ganas de dormir, mientras el perro se alejaba mirando hacia adelante y perdiéndose de vista entre la nieve.

Photo: Extinction Rebellion, London, 2021

Unicornios

Ángel Marroquín

¿Cuántas veces nuestro futuro ha estado frente a nosotros y no hemos sido capaces de verlo? El día en que una mirada se cruzó entre dos desconocidos y la suerte de ambos ya estaba echada; el día que llenamos la aplicación a ese trabajo sin mucho entusiasmo, ahí estaba contenido todo lo que vendría o, mejor aún, un viaje a otro país que trajo consecuencias inesperadas y que cambiaron nuestra vida para siempre. Hay quien dice que bien vista, en una gota de agua es posible ver el mar.

Pero frente a esta miopía existencial que nos es bien conocida, se nos dado también la posibilidad de imaginar el futuro, es decir, pensar lo que podría ser de nosotros y de quienes nos rodean, más allá del presente. Sentados en un lugar tranquilo durante las vacaciones o viajando hacia el trabajo en una populosa ciudad, todos gozamos del más democrático de los derechos: el derecho a soñar y a planear nuestros pasos hacia adelante en medio de la confusión del mundo. Soñamos dedicadamente y a menudo nuestros sueños se convierten en humo que se disipa para dejar paso a la fría y objetiva realidad de los hechos concretos.

¿Pero qué hacer con todos esos castillos construidos en el aire? ¿Qué hacer con esos meticulosos y creativos planes que nunca se realizaron?, ¿Para qué podría servir una colección de esas fantásticas arquitecturas del alma cuidadosamente edificadas en la arena de la playa, frente al mar de la realidad? No lo sé, pero conozco a alguien que parece saber.

Eugene Byrne es un historiador y autor local de Bristol y que el año 2013 publicó el libro “Unbuilt Bristol: The City That Might Have Been 1750-2050”. Ocasionalmente sirve de guía turístico de la ciudad Inglesa y su tour requiere una cuota de imaginación: él se dedica a mostrar  edificios, monumentos y proyectos que no existen porque nunca llegaron a materializarse. Ya sea por falta de apoyo financiero, por su carácter desproporcionado o porque simplemente resultaron ridículos a los encargados de aprobarlos.

Byrne se dedica a investigar en lo que podría haber sido. Su interés en estos proyectos, sin embargo,  levanta una serie de preguntas a nosotros, habitantes del presente: ¿Algunos de estos proyectos podrían haber hecho de la ciudad un mejor lugar?, ¿Cómo habrían cambiado el rostro de la ciudad? Nunca lo sabremos porque estos proyectos forman parte del futuro que solo podemos imaginar pero no ver.   

La pregunta que en mi despierta el oficio de Byrne es la siguiente: ¿Está el futuro hoy frente a nosotros tal como uno de esos edificios que no podemos ver?, ¿Qué sucedería su pudiéramos hoy asomarnos al futuro y verlo como uno de esos edificios por fin realizado?, ¿Qué veríamos en realidad?

Pero no.

La única forma de asomarnos a ese futuro es a través de los planos cuadriculados, croquis y esbozos que despliega la imaginación en nuestras mentes: el mapa de lo que podría ser. El lenguaje del subjuntivo y las aproximaciones que nos traen a la mano la fantasía y la poesía.

Al fin de cuentas el futuro parece ser para nosotros una especie de unicornio. Una palabra que describe algo que no existe, que nadie ha visto ni verá jamás, pero que todos podemos de alguna forma imaginar. No es poco y tal vez es suficiente.

Photo: “Unbuilt Bristol: The City That Might Have Been 1750-2050”

Missing in action

Ángel Marroquín

A few days ago, I watched the opening speech of the United Nations General Assembly in New York. Naturally, I was curious about how Secretary-General Antonio Guterres would address the results of the latest IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) report.

Direct to the point, Guterres told the representatives of 193 countries gathered in New York: “We are on the edge of an abyss and moving in the wrong direction.” But, of course, the abyss had been made clear enough after the IPCC report and its catastrophic projections. But what did he mean by the wrong direction? Here are some bullet points of what came out, then, of his Pandora’s box:

• The significant gap between rich and poor that the pandemic revealed.
• The alarming state of the environment and the growing effects of climate change, especially in poor countries.
• The terrorist threat, violation of human rights in places like Yemen, Afghanistan, Ethiopia, and many other countries are simply not mentioned because the list would become endless.
• The growing threat of misinformation, confusion and mistrust spread over the internet and the adverse effects they cause on the population (polarization, ignorance or paralysis), breeding grounds for cronyism, populism or totalitarianism of all sorts.

My favourite part of the speech came when, feeling overwhelmed by the mountain of catastrophic evidence and bad news, the speaker launched a kind of lifeline or lifebuoy and said, looking directly at the screen: “Solidarity is missing in action when we need it most.” Great!

The issue is that solidarity is not missing in action but instead hijacked by a cartel demanding an impossible ransom. Each country member seeks to pay as little as possible, and ultimately the session ended without anyone making a decision. As we will see, solidarity will remain missing in action in New York.

Why?

Because solidarity means that one adheres to causes that do not respond solely to one’s interest, but one does it for the sake of a transcendent value, a collective one. In other words, solidarity means that one can suspend the ego for a moment and come to the aid of another person because one believes it is morally correct, especially in crises like the ones Guterres pointed out so carefully. But, unfortunately, there is no solidarity in the liberal world; there are only partners.

The countries’ representatives then looked at each other as if to say, “who is holding solidarity hostage?” Well, themselves. Most of their countries have love-hate relationships with corruption; they favour a lifestyle that presents millionaires and celebrities as role models; they sustain social inequality, gender inequality, discrimination, the poverty of the majority, and the wealth of a minority. All of them are afraid to regulate the markets of large companies; they all have education for the rich and the poor, they have their jails full of poor people.

Now, back to Pandora’s box. Who will help the Haitians who are on the United States border? Who is going to support the poor of Ethiopia or Yemen? Who will establish real restrictions on the big multinational internet companies and the millionaires who travel to space while the world is going to hell?

As you can see, we will continue walking towards the abyss with or without solidarity. Maybe we’ll meet there, who knows?

Photo: Special Patrol Group

Desaparecida en acción

Ángel Marroquín

Hace unos días atrás vi en televisión el discurso de apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La verdad es que sentía curiosidad acerca de la forma en que el Secretario General Antonio Guterres, se haría cargo de los resultados del último informe del IPCC y porque su discurso iba a ayudar a crear la atmosfera para la COP de Noviembre en Glasgow. Era yo un espectador interesado en la perspectiva.

Sin mucho preámbulo Guterres les dijo a los representantes de 193 países del mundo reunidos en New York: “nos encontramos al borde de un abismo y moviéndolos en la dirección equivocada”. Lo del abismo estaba claro con el reporte del IPCC y sus catastróficas proyecciones ¿Pero a que se refería con lo de la dirección equivocada? Aquí van algunas notas de lo que salió, entonces, de su caja de pandora:

  • La gran brecha entre ricos y pobres que dejó en evidencia la pandemia.
  • El alarmante estado del medio ambiente y los efectos crecientes del cambio climático, especialmente en países pobres.
  • La amenaza terrorista, violación de derechos humanos en sitios como Yemen, Afganistán, Etiopía y muchos otros simplemente no mencionados porque la lista se haría interminable.
  • La amenaza creciente de desinformación, confusión y desconfianza diseminadas por internet y los efectos negativos que provocan en la población (polarización, ignorancia o paralización), todos caldos de cultivo para caudillismo, populismo o totalitarismos de toda calaña.

Mi parte favorita del discurso se produjo justo cuando quienes le escuchábamos, nos encontrábamos abrumados bajo la montaña de evidencia catastrófica, desesperanzadora y las malas noticias lanzadas por Guterres. Entonces el orador lanzó una especie de salvavidas metafísico y dijo mirando la pantalla: “Solidarity is missing in action when we need it most”. Chan!

El tema es que la solidaridad no parece estar perdida en acción sino secuestrada por un cartel que pide un rescate imposible de pagar. Cada país miembro busca pagar lo menos posible y en última instancia la sesión termina sin que nadie tome una decisión. Como veremos, la solidaridad seguirá con paradero desconocido en New York.

Porque solidaridad quiere decir que uno adhiere a causas que no responden únicamente al interés propio, en nombre de un valor trascendente. Digamos que uno puede suspender su ego por un momento e ir en ayuda de otro porque cree que es moralmente correcto, especialmente en situaciones de crisis como las que señalaba Guterres. No hay solidaridad en el mundo liberal.

Los representantes de los países miembros entonces se miraron entre ellos como diciendo ¿Quién tiene secuestrada a la solidaridad? Bueno, ellos mismos.

Cada uno de ellos, en sus países, tiene ambivalentes relaciones con la corrupción, cada uno de ellos favorece un estilo de vida en que los millonarios son los ejemplos a seguir, cada uno de ellos mantiene la desigualdad social la inequidad de género, la discriminación y la pobreza de la mayoría y la riqueza de una pequeña minoría, todos ellos son temerosos de regular los mercados de las grandes empresas, todos ellos tienen educación de primera, segunda y tercera categoría, todos ellos tienen repletas de pobres sus cárceles.

Ahora vuelve la vista a las notas de la caja de pandora mencionadas más arriba, mírame a los ojos y dime ¿Quién va a ayudar a los Haitianos que están en la frontera de EEUU?, ¿Quién va a apoyar a los pobres de Etiopía o Yemen? o ¿Quién va a poner restricciones a las grandes empresas multinacionales de internet y a los millonarios que viajan al espacio mientras el mundo se va al carajo?

Como se puede ver, con solidaridad o sin ella, seguiremos caminando cada uno por su lado rumbo al abismo. Tal vez nos encontremos allá.

Photo: Edgar Smith, Butte vs. the Grand Canyon, 2008, oil on panel, 13 x 26 inches, MAM Collection, Bequest, David Moomey, 2019.03.11

https://missoulaartmuseum.org/exhibits/pennies-from-hell?fbclid=IwAR0xrk2Ie6hSZLE8D84Ockb8G9j-yhCCZ_A1Q2Zu13gGDqQ6f0GrKyuMDEI

What do children need to learn today to live in a climate crisis?

Ángel Marroquín

The environmental crisis is also a mental health crisis. Terms such as “eco-anxiety”, “environmental grief”, “eco-paralysis”, or “eco-cynicism” show how the glossary of terms used to name the emotions with which we face this crisis have been expanding. This new lexicon implies that the indefinite malaise that affects us after watching the 9 pm news headlines is shared worldwide today.

All of us are indeed used to receiving bad news, but it affects us differently when it comes to the state of the environment around us. It is because we are talking about a future that we cannot see, that we cannot even imagine. We are talking about family plans, the future plans of our children. And it is here that the problem begins.

None of us can imagine how this environmental crisis will be solved, but our children, grandchildren and great-grandchildren will probably live to see it. And this is the problem:

What is the best way to equip a child today to face this bleak future? How to get them to adapt to a world that is changing so quickly?

These were the kind of questions that guided the Australian Psychological Association in publishing “Raising Children to Thrive in a Climate Changed World” [1]

The report, published in 2018, was written for parents. It contains four sections with suggestions to help adapt children to the current environmental crisis: developing individual competencies, interpersonal competencies, participation and active citizenship.

This kit of competencies for future survival recommends parents not catastrophize the environmental crisis. Instead, it suggests helping children identify their feelings, promote behaviours of resilience and adaptability, and, finally, encourage children’s active citizenship.

This groundbreaking report has opened a new field of work for those interested in promoting the mental well-being of children and helping parents who do not know how to deal with this issue because they are emotionally affected with the impossibility to think about the future beyond the current environmental crisis.

This issue is vital for various reasons, and each of us has its own, but I want to highlight one that is key to me: the children of today will have to take charge of the world that will be left to them. A world that clearly is not going to be in its best shape. The better and faster they know the truth, the better they will be at tackling the challenges they will have to take on to keep this carousel spinning.

[1] https://psychology.org.au/getmedia/825eba10-9020-48d5-bf4c-44b0da388d52/raising-children-to-thrive-in-a-climate-changed-world-18092018.pdf

Decoupling our lifestyle from celebrity culture

Ángel Marroquín

One of the many challenges we face in this age of climate crisis is putting relativism aside to debate the moral content of our options without fear. Saying what we really think is right and fair; concealing our opinions is misleading and can be harmful to ourselves and others. The challenge is to think, speak and act according to our values and not adapt or conform to the relative truths in vogue. The challenge is not to believe in those widespread rhetorics simply because they are constantly repeated or supported by those who pay our salary at the end of the month.

Again and again, we believe that the debate on climate change is purely scientific. This way of seeing the crisis leads us to a technological dead-end: we need to create more and better technology to produce rain in areas with drought, improve soil management, create architecture adapted to climate change, and so forth. From this view, we are told that moralising the issue only increases a feeling of guilt and shame on the wealthiest countries and their citizens. It is also said that this position would only lead to stagnation in the long run and make solutions impossible.

But it is impossible to talk about climate change without facing some hard questions.

The Confronting Carbon Inequality report, published just a year ago by OXFAM, reminds us of a bitter truth:

• Annual CO2 emissions grew by 60% between 1990 and 2015, and the wealthiest 5% of the world’s population is directly responsible for 37% of this growth in emissions.

• The total increase in CO2 emissions of the wealthiest 1% of the world’s population was three times that of the poorest 50%.

• During the last 25 years, the wealthiest 1% of the world’s population is responsible for twice the CO2 emissions produced by 3.1 billion people, representing the poorest 50% of the people on the planet.

• The wealthiest 10% of the world’s population is responsible for 52% of the emissions released into the atmosphere between 1990 and 2005.

To this panorama, we must add that, as we can see today, the consequences of climate change will affect primarily people who live in poor countries and have emitted less CO2 emissions into the atmosphere.

Finally, we must consider that historically the highest percentage of C02 emissions since pre-industrial times (what has led us into the crisis we are today) were produced by countries that have reached a high level of development and wealth. These countries are reluctant to slow down their economies or to take decisive action against the super-rich.

Is the crisis, then, a scientific or a moral issue?

I think the current crisis is a moral issue in which the idea of justice plays a key role. The rich countries agree with me, and that is why they have proposed international agreements such as the Kyoto Protocols or the Paris Agreement as voluntary agreements. In other words, its fulfilment depends on the word of honour given by those countries! Because there is not a regulatory framework that sanctions them for non-compliance. Again, is it a scientific or a moral issue?

But I will not talk about social justice. What seems urgent to me is to reflect on our lifestyle and values. For instance, isn’t the idea of personal success one of the aspects that fuel this state of affairs?

Thirty million euros were paid for the transfer of the football player Leonel Messi. According to Forbes magazine, Kim Kardashian’s fortune is 1 billion dollars, and Bill Gates has a fortune of 133 billion dollars. All that money implies a wasteful lifestyle based on a very high level of consumption that increases the distance of the carbon footprint produced by a “Celebrity” and a person living in a shantytown of Chile, Singapore or Zambia.

Although both realities, the “Celebrity” and the Chilean or Zambian person, cannot be compared, they have something in common: the constant pursuit of a type of personal success that leads to the deification of the celebrity culture, individual entrepreneurship, money as a goal and addiction to consumption. The personal success model has been hijacked by the idea of celebrity: intellectual celebrity, feminist celebrity, political celebrity, eco militant celebrity, etc. The media have amplified this lifestyle and created the idea that it is the only one that can lead us to fulfilment and social recognition. The problem is that this lifestyle leads to increased carbon emissions and worsens our current crisis at the same time.

In some ways, climate change is a simple problem: to stop climate change we have to stop consuming. Stop growing is the only way to reduce emissions. And those who can choose to stop consuming are us, rich and poor human beings. So, the question then is crystal clear:
Why can we not leave a lifestyle that leads us to consume until we suffocate in smog? Why are we not able to question our addiction to the Celebrity consumer lifestyle?

Having a moral point of view is a first step. However, relativism, the nihilistic “anything goes”, and a simplistic vision of religion has weakened this ability. Having a moral perspective is a way to manage the decoupling of our lifestyle from the wasteful culture of celebrities. It is through questions such as: What is the meaning of our short life? What kind of lifestyle makes sense for us? What is my responsibility as a citizen of the world? By asking those questions, we will arrive at a type of reflection capable of making us change our lives and others, maybe, for the better.

They are all in bed together

Ángel Marroquín

Ok, let’s get serious and go straight to the international business section. So what has Mr Money prepared for us today? A study, of course.

“Corruption and Firm Growth: Evidence from around the World[1]” is a study recently published by the European Bank for Reconstruction and examines the experiences of 88,000 multinational companies in 144 countries with high levels of corruption between 2006 and 2020. What is it all about? The study analyses a group of companies that pay bribes and shows that doing so is harmful because this practice impairs the accounting process and affects sales, prestige and global productivity. However, the companies that pay bribes perform better in these economies than the companies that do not, and as a result, they grow faster and more robust in those markets.

What happens if companies decide not to pay bribes? First, choosing not to pay bribes affects companies negatively and prevents them from growing because they do not access where decisions about new investment and new business opportunities are made. Finally, the study shows that these companies grow slowly, and in the end, they are affected by about 10% of their total sales, more or less what they would have spent paying bribes.

Should multinational companies pay bribes in corrupt countries, or should they try to change that culture? Should we accept that businesses and companies from the first world act in underdeveloped countries in a corrupt way in the name of a greater good such as: promoting the economic growth of those economies?

Should we see the glass half full and emphasise the benefits companies create, such as providing employment and financially supporting workers’ families in the third world?

Let us not forget that the profits of these multinational companies return with them to the first world, and much of the money paid in bribes in corrupt countries goes to politicians and political coalitions that offer guarantees and weak regulations to those businesses (more likely of extractivist nature). That is to say, corrupt politicians, governing negligently. 

Mr Money trickily leaves us with no answers, nor does it offer us the last word. That is its game at the end of the day. However, one question is disturbing, and it is this: corruption has been part of companies for years. It is tacitly accepted that doing business with corrupt countries forces companies to enter a give-and-take game that leads nowhere.

Because if we are sure of one thing, it is that tolerating corruption only leads to more corruption, and this never benefits the poor.

Accepting corruption would be like accepting climate change with resignation, which will not prevent the climate crisis from escalating, and it will not make it any less terrible for everyone.

¿Qué necesitan aprender los niños hoy para vivir en una crisis climática?

Ángel Marroquín

La crisis climática es también una crisis de salud mental. Términos como “eco-anxiety”, “environmental grief”, “eco-paralisis” o “eco-cynism” muestran la manera en que el glosario de términos para referirse a las emociones con la que nos enfrentamos a esta crisis, han venido ampliándose durante el último tiempo. Este nuevo léxico implica que el indefinido malestar que una vez nos atormentó después de ver los titulares de las noticias de las 9pm, hoy parece ser compartido por el público general.

Si bien es cierto que todos estamos más o menos acostumbrados a recibir malas noticias, cuando se trata del estado del medioambiente estas nos afectan de una manera diferente. De alguna manera estamos hablando del futuro que no vemos, que no podemos siquiera imaginar. Estamos hablando de planes familiares. Y es aquí que comienza el problema, es aquí que comienza esta columna.

Ninguno de nosotros puede imaginarse en este año 2021 como se resolverá esta crisis climática, pero nuestros hijos, nietos y bis nietos probablemente vivirán para verlo. Y este es el problema:

¿Cuál es la mejor forma de equipar a un niño hoy para hacer frente a este desolador futuro?, ¿Cómo lograr que se adapten a un mundo que cambia tan rápidamente?

Esta fue la clase de pregunta que guió a la Asociación de Psicología de Australia en la publicación de “Raising Children to Thrive in a Climate Changed World”[1]

El reporte está dirigido a los padres y contiene cuatro secciones en que se desarrollan una serie de sugerencias: el desarrollo de competencias individuales, competencias interpersonales,  participación y ciudadanía activa.

Este kit de competencias para la sobrevivencia futura recomienda a los padres no catastrofizar la situación de crisis ambiental, ayudar al niño a identificar sus sentimientos, ayudarle a promover conductas de resiliencia y adaptabilidad y, finalmente, promover la ciudadanía activa de los niños.

La publicación de este material el año 2018 ha abierto un nuevo campo de trabajo para los interesados en promover el bienestar mental de niños pero también de orientación de padres que no saben cómo enfrentarse a este tema porque ellos mismos se encuentran afectados emocionalmente.

Este tema es clave por diversas razones y cada uno de nosotros tiene las suyas, pero me gustaría destacar solamente una que a mí me parece clave: son los niños de hoy los que tendrán que hacerse cargo del mundo que se les dejará en herencia. Un mundo que a todas luces no va a quedar en su mejor forma. Mientras mejor y más rápido ellos sepan la verdad, será mejor para encarar los desafíos de los que tendrán que hacerse cargo para mantener este carrusel girando.


[1] https://psychology.org.au/getmedia/825eba10-9020-48d5-bf4c-44b0da388d52/raising-children-to-thrive-in-a-climate-changed-world-18092018.pdf

Separar nuestro estilo de vida de la cultura de celebridades

Ángel Marroquín

Uno de los desafíos a los que nos enfrentamos en esta era de crisis climática tiene que ver con dejar el relativismo de lado y ser capaces de debatir el contenido moral de nuestras opciones sin temor. Pensar y decir lo que pensamos que es correcto y justo y diferenciarlo de lo que es falso, engañoso o lo que es dañino para nosotros y para otros. Pensar, decir y actuar conforme a nuestros valores y no adaptarse a las verdades en boga y creerlas simplemente porque son repetidas constantemente o porque las dijo la persona que paga nuestro sueldo a fin de mes.

Una y otra vez se nos quiere hacer creer que el debate en torno al cambio climático es un tema científico, de datos y proyecciones, objetivo. Esta forma de ver nos lleva al callejón sin salida tecnológico: necesitamos crear más y mejor tecnología para hacer llover en zonas con sequía, mejorar el manejo de los suelos, crear arquitectura adaptada al cambio climático etc. Desde aquí se nos dice que moralizar el tema sólo acrecienta un sentimiento de culpa y vergüenza por parte de los países más ricos y sus ciudadanos y que eso a la larga no conduce sino al estancamiento y dificulta las soluciones. 

Pero no es posible hablar de cambio climático sin tener que pronunciarse sobre injusticias.

En el informe Confronting Carbon Inequality, publicado hace solo un año por OXFAM se nos recuerda una amarga verdad[1]:

  • La emisiones de CO2 anuales crecieron un 60% entre 1990 y 2015 y el 5% más rico de la población mundial es responsable directo de un 37% de este crecimiento en las emisiones.
  • El total de aumento de las emisiones de CO2 del 1% más rico de la población mundial fue tres veces más que la del 50% más pobre de la población.
  • Durante los últimos 25 años el 1% más rico de la población mundial es responsable por el doble de las emisiones de CO2 producidas por 3,1 billones de personas que representan al 50% más pobre de las personas en el planeta.
  • El 10% más rico de la población mundial es responsable por el 52% de las emisiones arrojadas a la atmosfera entre 1990 y 2005.

A este panorama debemos agregar que, como podemos ver hoy, las consecuencias del cambo climático afectarán mayormente a personas que viven en países pobres, esos que han arrojado menos emisiones de CO2 en la atmosfera.

Y para cerrar debemos considerar que históricamente la mayor porcentaje de las emisiones de C02 desde la época preindustrial (y que nos tienen en la situación de crisis en la que hoy estamos) fueron emitidas por países hoy desarrollados y que se muestran reluctantes a tomar acciones decisivas contra los super ricos o ralentizar sus economías.

¿Se trata entonces de un tema científico o de un tema moral?

Yo pienso que se trata de un tema moral en el que la idea de justicia juega un papel clave. Los países ricos también lo creen, es por eso que ellos han planteado acuerdos internacionales como Los Protocos de Kioto o el Paris Agreement como pactos voluntarios. Es decir que su cumplimiento: ¡Depende de la honorabilidad de los países! Porque no hay un marco normativo que permita sancionarlos por el no cumplimiento. ¿Es esto moral o científico?

Pero no voy a hablar de justicia social porque esto implica que hemos hecho antes una reflexión personal y familiar previa y que a mí me parece urgente y que es esta:

¿No es acaso la idea de éxito personal la que alimenta este estado de cosas?

Se han pagado 30 millones de euros por el traspaso del futbolista Leonel Messi, la fortuna Kim Kardashian llega 1 billón de dólares según la revista Forbes y Bill Gates tienen una fortuna de 133 billones de dólares.   

Todo ese dinero implica un estilo de vida de derroche y basado en un nivel muy alto de consumo que a su vez aumenta la distancia de la huella de carbono producida por una “Celebrity” y el vecino de un barrio marginal de Chile, Singapur o Zambia.

Si bien ambas realidades, de la “Celebrity” y del vecino chileno no se pueden comparar, no dejan de tener algo en común: la persecución incesante de un tipo de éxito personal que conduce al endiosamiento de la celebridad, el emprendimiento individual, el dinero como meta y la adicción al consumo. El modelo de éxito personal ha sido secuestrado por la idea de celebrity: celebrity intelectual, celebrity feminista, celebrity arquitecto, celebrity político, celebrity militante, etc Los medios han amplificado este estilo de vida y creado la idea que es el único que merece ser perseguido. El problema es que este estilo de vida acarrea el aumento de las emisiones de carbono y empeora nuestra actual crisis.

De alguna manera el cambio climático es un problema simple: para detener el cambio climático hoy solo debemos parar de consumir. Dejar de crecer es la única forma de reducir las emisiones. Los únicos que podemos dejar de consumir somos nosotros los seres humanos ricos y pobres. La pregunta entonces es clara:

 ¿Por qué no somos capaces de dejar un estilo de vida que nos conduce a consumir hasta sofocarnos en smog?, ¿Por qué no somos capaces de cuestionar nuestra adicción al estilo de vida consumista de las Celebrity?

Volver a tener un punto de vista moral, que el relativismo, el “sálvese quien pueda”, “todo vale” nihilista o una visión simplista de la religión han debilitado, es la única manera de lograr desacoplar nuestro estilo de vida de la cultura absurda de las celebridades. Es a través de preguntas como ¿Cuál es el sentido de nuestra breve vida?, ¿Qué tipo de vida tiene sentido para nosotros?, ¿Cuál es mi responsabilidad como ciudadano en el mundo? que llegaremos a un tipo de reflexión capaz de hacernos cambiar nuestra vida y la de los demás, tal vez, para mejor.

Photo: Extinction Rebellion London. Performance: Money and the Greedy Rats. London, August 2021


[1]Confronting Carbon Inequality. Oxfam. https://www.oxfam.org/en/research/confronting-carbon-inequality

Solastalgia

Ángel Marroquín

Everything is changing, and the environment around us also changes. For example, in the place where we live, formerly known for its winter rains, today the soil is dry in the middle of winter. On the contrary, unexpected hail falls in dry towns, and it rains in the middle of the summer.

As these changes happen around us, we get used to them. These changes have been taking place slowly, and we notice them because they have occurred during our lifetime.

Today the hometown where we lived as children appear unrecognisable to us. It does not rain as it used to when we were playing jump in the water puddles. Now it is less cold in the mornings than when we left the house to go to school, and the sun seems to be much more stinging than the one that bathed our face when we returned home in the afternoon.

If all these changes have occurred and we can all recognise them around us and talk about them: What word would you use to describe how the environment you knew as a child has changed?

Maybe you are one of those who believe that there is no word to describe that kind of nostalgia for the environment and climate in which we lived long ago. Spring, Summer, Autumn, Winter and again Spring …

Yes, there is a word. It is Solastalgia, and it refers to the anguish produced by the change in the environment that impacts people in their intimate connection with their place of origin, their home[1]. This emotion arises when we realise that the environment that we knew has been degraded, destroyed or hopelessly transformed. To some extent, we all suffer from Solastalgia.

If the past does not come back, why do we need a word to recognise the changes in the landscapes of our childhood or youth?

Perhaps to tell others that the world was not always this way, perhaps to try to return to that time when you could expect the regular changes in the seasons, which are connected to memories and events of our life: the aroma of the first winter rain that contained the mystery of other winters; the aroma of the pines in Spring; the summer sun and the ascent of the sea, etc.

As in so many other things in life, having a word can help us mourn all the beautiful things associated with the environment that are lost forever in the climate crisis that we are going through.

However, what is tragic about this situation is not the Solastalgia, but the desperate present of all of us who depended on the regularities of the climate and environment taken for granted.

As we all know, the economic and social consequences of climate change and the risks associated with climatic events have increased, and the poorest are those who are most affected by them. Today thanks to Solastalgia, once again, we are reminded that, as the song says, we have nowhere to look back.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/


[1] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18027145/

Solastalgia

Ángel Marroquín

Cambia, todo cambia y el medioambiente a nuestro alrededor también cambia. En el pueblo en que vivimos, antes conocido por sus torrenciales lluvias invernales, hoy aparece en mitad del invierno el suelo y los árboles resecos. Contrariamente en pueblos secos caen granizos y llueve en medio del verano.

Mientras esto pasa a nuestro alrededor, nosotros vamos acostumbrándonos. Estos cambios se han ido produciendo lentamente y nosotros hemos lo notamos porque han sucedido a lo largo de nuestra vida.

Hoy la ciudad natal, el pueblo o el barrio en el que vivimos siendo niños se nos aparece irreconocible. Ya no llueve como antes mientras jugábamos a saltar los charcos de agua, hace menos frío que el que recordábamos en las mañanas al dejar la casa para ir a la Escuela y el sol parece ser mucho más punzante que el que bañaba nuestro rostro al regresar de la Escuela a casa por la tarde. 

Si todos estos cambios se han producido y todos somos capaces de reconocerlos a nuestro alrededor y hablar de ellos: ¿Qué palabra usarías para describir la forma en que el medioambiente que conociste siendo niño ha cambiado?

Tal vez tu eres de los que creen que no hay una palabra para describir esa clase de nostalgia del medio ambiente y el clima en el que vivimos largo tiempo atrás. Primavera, Verano, Otoño, Invierno y otra vez Primavera… 

Sí, existe esa palabra. Se trata de la Solastalgia y se refiere a la angustia producida por el cambio en el medioambiente que impacta en las personas en su conexión con su lugar de origen, su hogar”[1] Se trata de la emoción que padecemos cuando nos damos cuenta que el medioambiente que conocimos ha sido degradado, destruido o transformado sin remedio. En alguna parte de nosotros todos padecemos Solastalgia.

Si ya no ha de volver ¿Para qué necesitamos una palabra para recordar ese medioambiente de nuestra infancia o juventud?

Tal vez para contar a otros que el mundo no fue siempre de esta manera, tal vez para intentar regresar a esa época en que se podía tener una expectativa de los cambios en las estaciones del año se producirían regularmente y conectarlos de alguna forma con hechos de nuestra vida: el aroma de la primera lluvia de invierno que contenía el misterio de otros inviernos. El aroma de los pinos en Primavera. El sol del verano y el aroma del mar, etc.

Como en tantas otras cosas de la vida, tener una palabra puede ayudarnos a hacer el duelo por todas las bellas cosas asociadas al medioambiente que se han perdido para siempre en la crisis climática que nos encontramos atravesando.

Sin embargo, lo trágico de esta situación no es la Solastalgia asociada, sino el presente desesperado de todos nosotros que dependíamos de las regularidades del clima y el medioambiente cuya regularidad dimos por sentada.

Como todos sabemos, las consecuencias económicas del cambio climático y el aumento de los riesgos económicos y sociales asociados a eventos climáticos han aumentado y los más pobres son quienes se ven más afectados por ellos. Hoy gracias a la Solastalgia, una vez más se nos recuerda que, como dice la canción, ya ni siquiera tenemos adónde volver la vista. 

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/


[1] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18027145/

Todos comen del mismo plato

Ángel Marroquín

Ok vamos a ponernos serios e ir directamente a la sección de negocios internacionales. ¿Qué nos tiene preparado para hoy Mr Money? Un estudio, claro.

“Corruption and Firm Growth: Evidence from around the World” es un estudio recientemente publicado por European Bank for Reconstruction y que examina experiencias de 88.000 empresas multinacionales en 144 países con altos niveles de corrupción entre los años 2006 y 2020. ¿Cuál es el foco? El soborno que pagan las empresas.

El estudio analiza un grupo de empresas que pagan sobornos y muestra que hacerlo es dañino para ellas en términos de deteriora el proceso de contabilidad, impacta las ventas, afecta el prestigio y la productividad global. Sin embargo, aquellas empresas que pagan sobornos se desempeñan mejor en esas economías, es decir, crecen y se proyectan sólidamente en esos mercados.

¿Qué sucede si las empresas deciden no pagar sobornos?, ¿Les va mejor que a las que los pagan?

No. El negarse a pagar sobornos afecta negativamente a las empresas y les impide crecer porque no pueden acceder al lugar en que se toman decisiones acerca de nuevos proyectos de inversión y nuevas oportunidades de negocios. El estudio muestra, finalmente, que estas empresas crecen con mayor dificultad, lo que a fin de cuentas las termina afectando en cerca de un 10% en sus ventas totales, más o menos lo que hubieran gastado pagando sobornos.

¿Deberían las empresas multinacionales pagar sobornos en países corruptos o deberían tratar de cambiar esa cultura?, ¿Deberíamos nosotros aceptar que las empresas originarias del primer mundo actúen en países subdesarrollados en forma corrupta en nombre de un bien mayor como: impulsar el crecimiento económico de esas economías subdesarrolladas?

¿Deberíamos ver el vaso medio lleno y poner el acento en el beneficio que crean las empresas como dar empleo, mantener económicamente a familias de los trabajadores en el tercer mundo?

No olvidemos que las utilidades de esas empresas multinacionales regresan con ellas al primer mundo y mucho del dinero pagado en sobornos pagados en países corruptos se dirige al pago de políticos y coaliciones políticas que ofrecen garantizar la estabilidad de los negocios (extractivistas o de servicios) en esos países. ¿No habían sido enseñados los países del tercer mundo que las empresas no deberían interferir en la política?

Mr Money nos deja tramposamente sin respuestas, tampoco nos ofrece una última palabra, ese es su juego a fin de cuentas. Sin embargo una cuestión resulta intranquilizadora y es esta: la corrupción es hace años parte de la contabilidad oculta de las empresas. Se da por entendido que impulsar negocios con países corruptos obliga a las empresas a entrar en un juego de dar y recibir que no conduce a nada.

Porque si de algo estamos seguros es que tolerar la corrupción solo conduce a más corrupción y esta nunca beneficia a los pobres.

Aceptar la corrupción es como aceptar el cambio climático con resignación: no va a impedir que aumente la crisis climática y tampoco va a hacer esta menos terrible para todos.

Hoping for the best

Ángel Marroquín

A and B are hospitalised. Both are seriously ill and facing their last days of life. Both were given realistic information about their health condition and treatment options. There is no way out, and they know it. They both face death with open eyes. They know they will die. Soon.

The fact that the situation has no way out is a reason to have no hope?

A thinks that having hope is meaningless and awaits death with apparent serenity. A’s voice trembles, and hands shake as she thinks over and over again “What did I do to deserve this” or “What the hell am I doing here”. B is hopeful and believes there is a way out. Focused on the glass of water she has at hand gives thanks for the minutes she has left while she waits for the end.

A and B represent the poles through which we all oscillate when we think about the consequences of global warming: climate change, loss of biodiversity, melting of glaciers, overpopulation, rise in sea level, the effects of weather erosion of soil, water pollution, decreased rainfall, heat waves etc.

A and B are screwed, and they know it. Yet there is a difference in their points of view. What is this difference, and why does it matter today?

The difference is that while A has no hope, B does. Why does it matter? It matters because A’s approach resembles a one-way street that repeatedly reinforces the idea that nothing can be done, that we are finished, that we have to wait and die. Today, when social media is saturated with negative messages about the climate crisis, thinking without hope is like lighting a match in the middle of a gas tank. As we live through the Covid world, we have witnessed pure and simple chaos as crazed crowds hurried to supermarkets for toilet paper, toothpaste and shampoo.

A’s proposal not only seems less pathetic but more practical as well. Reinforcing the idea that there is no way out is a way of creating a loop of self-fulfilling prophecy, which would be like increasing speed only to hit a wall with greater force. On the contrary, B’s approximation is rooted in hope, which matters today more than ever.

Hope gives us the power of knowing that the last word has not been said, and this opens a gap to hold on to as we hang off the cliff. Hope matters because it empowers us to drive others to change, to motivate them out of the vicious cycle of apathy. B’s hope matters because it places us in the present; it gives us a margin to act, change, see, start over, come back to life, and repent. Call it what you want, that moment is now, and it matters. Everything is at play in the present.

Meanwhile, A and B are still in the Hospital’s waiting room, and we are with them in the middle of the climate crisis. If this were a movie, it would be entitled “Pandora’s Box” and the end of this movie is still in our hands.

Photo Art © @jasontsangphoto_ (Photographize)

La diferencia entre A y B

Ángel Marroquín

A y B se encuentran internados en un hospital. Ambos se encuentran en sus últimos días de vida gravemente enfermos. A ambos se les dio información realista acerca de su estado y las opciones de tratamiento. No hay salida y lo saben. Ambos se enfrentan a la muerte con los ojos abiertos, podríamos decir. Ambos saben que morirán.

Que la situación no tenga salida ¿Es motivo para no tener esperanza?

A piensa que tener esperanza no tiene sentido y aguarda la muerte con una serenidad aparente. Se le quiebra la voz y le tiemblan las manos mientras piensa una y otra vez en “Qué hizo para merecer esto” o “Qué diablos estoy haciendo aquí y no en una orgía”. B tiene esperanza y piensa que hay una salida. Concentrado en el vaso de agua que tiene a mano, da gracias por los minutos que le quedan mientras espera el fin.

A y B representan los polos en los que oscilamos todos cuando pensamos en las consecuencias del calentamiento global: cambio climático, pérdida de biodiversidad, el derretimiento de los glaciares, la sobre población, aumento en el nivel del mar, los efectos de la erosión del suelo, contaminación del agua, disminución de precipitaciones, olas de calor etc. A y B están jodidos y lo saben, sin embargo, hay una diferencia en el punto de vista de cada uno de ellos.

¿Cuál es esa diferencia y por qué importa?

La diferencia es que mientras A no tiene esperanza, B la tiene. ¿Por qué importa? Importa porque el enfoque de A se asemeja a una calle de dirección única: una y otra vez refuerza la idea que no se puede hacer nada, que estamos acabados, que solo debemos esperar y morir. Hacer estoy hoy cuando las redes sociales están saturadas de mensajes negativos acerca de la crisis climática es como encender un fosforo en medio de un depósito de gasolina. Las consecuencias de esto son claras para quienes vivimos este mundo post Covid: multitudes enloquecidas se abalanzan sobre el papel higiénico, pasta de dientes y shampoo en los supermercados. En otras palabras puro y simple caos asociado al fin del mundo.

La propuesta de B no solo parece menos patética sino que más práctica también. Reforzar la idea que no hay salida es una forma de crear lo que  se llama una profecía auto-cumplida, que vendría a ser como aumentar la velocidad solo para chocar con mayor fuerza contra un muro. Contrariamente la aproximación de B tiene que ver con la esperanza y eso importa hoy más que nunca.

La esperanza nos da poder y eso importa porque la última palabra no ha sido dicha y eso abre una brecha en la que sujetarnos mientras colgamos del precipicio. La esperanza importa porque nos da poder para impulsar a otros a cambiar, motivarlos a salir del círculo vicioso de la apatía. La esperanza de B importa porque nos sitúa en el presente y ralentiza el avance, nos dota de un margen en el que actuar, en el que cambiar, en el que ver, en el que volver a empezar, volver a la vida, arrepentirte. Llámalo como quieras, ese momento es ahora e importa. Todo se juega en este momento en realidad.   

Mientras tanto A y B siguen en la sala de espera del hospital y nosotros seguimos con ellos en medio de una película de desastres naturales que se llama La Caja de Pandora y que nos parece que terminará con una gran explosión en la el mundo volará en pedazos.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Cheers!

Ángel Marroquín

Years ago I was invited to a wedding. At dinner and after the official speeches, the couple gave the floor to their closest friends. I remember one of them making his toast, saying: “now that you are married, you are going to learn to think in the long term”. Claps. The couple is married until now, and indeed, they have kept the long term at the centre of their life plan. The friend of the toast, however, got divorced shortly after the party.

If, with issues such as marriage, taking out a mortgage or planning a professional career, we can think in the long term, then, when it comes to our survival as a species, why can we not do it? Yet, over and over again, international commitments to reduce the greenhouse gases that cause climate change fail, new goals are set that inevitably fail again. Something is wrong with our collective ability to think beyond the immediate.

Short-term decisions abound in our daily life: only with a click you can buy hundreds of things in seconds; social network tweets are answered seconds after they are published, generating an endless grey cloud of banality. This hurry has consequences: conspicuous consumption, indebtedness, short-termism and mental health deteriorating thanks to social networks.

Parents plan the entire lives of their young children under the influence of this short-termism: careers, universities, graduate degrees, appropriate relationships, and favourite vacation places. Yet, they are not able to see that the future they carefully project might not exist, or worse; it might exist in a much darker form than they even dare to think.

I still remember 2019, in the middle of the World Economic Forum, when Greta Thunberg took the stage and said, looking at the audience, mainly composed of businesspeople:
“This is all wrong. I shouldn’t be up there. I should be back in school on the other side of the ocean. Yet you all come to us young people for hope? You have stolen my dreams and my childhood with your empty words (…) For more than thirty years, science has been crystal clear. How dare you continue to look away and come here saying that you are doing enough when the politics and solutions needed are still nowhere in sight (…) How dare you pretend that this can be solved with business-as-usual and some technical solutions. (…) You are failing us. But young people are starting to understand your betrayal. The eyes of all future generations are upon you. And if you choose to fail us, I say we will never forgive you”.

Greta Thunberg was not making a toast at a wedding. Still, quite the opposite: it was something like the funeral of the short-term celebrated by the most influential economists and business people in the pre-Covid world. She was defending the interests of young people and their future, protecting them precisely from us who inhabit the present. A similar situation happens with the consequences of Covid 19, and if you do not believe me, ask yourself: Who will pay for the loans that governments around the world are taking today? Who will pay for the incredible amounts of money that this global crisis has costed? Who has thought about the kind of future that they are going to have with such debts?
The inheritance that one generation leaves to the other, for instance, leaving a clean and healthy environment, the accumulated wisdom transferred in the form of culture, literature, music, etc., says a lot about the kind of life that one generation wishes for the other. Today, this inheritance, ordinary in every family, is critical when we think about the planet. Therefore, the eyes of the future heirs look with intensity and criticism at their elders’ wasteful and careless lifestyle.
When discussing what world we want post-Covid 19 and Delta variant, it is an ethical imperative to consider the future that our today’s decisions and actions are shaping. Thinking about the future is an ethical imperative of the first magnitude that requires us to raise our eyes from the short term and daily pettiness and fix them with attention on the words of Greta Thunberg, which I think are worth meditating very carefully:
“The eyes of future generations are upon you. And if you choose to fail us now, we will never forgive you. “
Perhaps this statement will help us to think in the long term. Cheers!

Message for you

Ángel Marroquín

Imagine one day you receive an email and the subject reads: “Urgent”. You open it, and you find a message that says: Dear Mr X, we regret to inform you that your future and that of all humanity have been cancelled. So please put your plans aside and begin, as soon as possible, to make the appropriate arrangements”. Sender: The current state of the world, climate change and new variants of Coronavirus.

After a while, you realise that you have lived in a present time that has extended indefinitely for almost two years. You have already lost the desire to think and talk about it. If we remain silent when we think about the future, the future also remains silent when it looks at us from beyond.
Really, in this post-pandemic time, is there anyone who dares to think about the future?

The pandemic and its variants, fake news, the angry far-right crowds and all sort of pessimists have left us exhausted and exposed to the big black hole. The so-called futurologists and astrologers have disappeared from television shows, leaving a nostalgic void that is difficult to fill again.
And it’s not as if the world has stopped spinning. Quite the contrary: Wall Street is still up and running, the poor continue to crowd the streets searching for help to survive, and the rich are getting richer. Business as usual.

But along with that, the narrowing of the horizon has reached unthinkable extreme: we are left facing the eternal now of conspicuous consumption, while retrotopias are filling the future, that is, visions of what “could have happened if …”. Meanwhile, the lonely ones check their old phonebooks, and after several glasses of alcohol, decide to call their former lovers and, you know… “let’s try again.” This is the Ben and Jeniffer syndrome at its best. Everything in the past is better when there is no desire to look at the future.

If we have lost the ability to think about the future, who has it now? In other words, who controls the future while all this is happening?
Those who do not sleep have the future gripped in their hands. Because billionaires have not been wasting time, they have been travelling into space. Musk, Bezos, and Branson have been re-appropriating the future by expanding the geographic borders of the known world just as the European powers did in the seventeenth century during the golden age of colonial imperialism.


Whether it’s putting satellites into orbit, searching for minerals on Mars, or turning on surveillance cameras to destabilise governments, capitalism has given birth to a new variant of itself, in the hand of these billionaires who are reshaping the limits of the possible while everyone loses hope and seems to collapse.

None of us will travel to space anytime soon, but we do have ways to seize that future that has been cancelled for us in our own way. Imagine, be curious, dream, share, change, trust, fight for the right to live in a better world and dare to live as you think. “Walk in the eternal newness of life”, as a repentant man said centuries ago when the limits of the world were the limits of the Roman Empire. That really is looking at the future with your foot in the present! Maybe that’s a good way to start responding to that message after all.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Mensaje para ti

Ángel Marroquín

Un día cualquiera recibes un email cuyo asunto dice: “Urgente”. Lo abres y te encuentras con un mensaje que dice: Sr X lamentamos informarle que su futuro, así como el de toda la humanidad ha sido cancelado. Sírvase dejar sus planes de lado y comenzar, cuanto antes a hacer los arreglos que estime pertinentes”. ¿Firma?: Actual estado del mundo, cambio climático y nuevas variantes de Coronavirus.

Después de pensarlo y mientras caminas a tu trabajo te das cuenta: hace más de dos años vives en un presente que se extiende indefinidamente. Incluso ya has perdido las ganas de pensar en eso. Si nosotros permanecemos callados cuando pensamos en el futuro, él también permanece silencioso cuando nos mira desde el más allá.

En estos tiempos post pandemicos ¿Hay alguien que se atreva a pensar en el futuro?

La pandemia y sus interminables variantes, las fake news, las multitudes de ultraderecha airadas y los “agoreros del pesimismo” nos han dejado exhaustos y expuestos a la intemperie del porvenir. Los llamados futurólogos y astrólogos han desaparecido de los shows de televisión dejando un vacío difícil de llenar.

Y no es que el mundo no haya dejado de girar. Todo lo contrario: las bolsas no han caído, los pobres siguen abarrotando las calles en busca de ayuda para sobrevivir y los ricos se siguen haciendo ricos.

Pero junto con eso, el estrechamiento del horizonte futuro ha llegado a extremos impensables: solo se nos presenta el eterno ahora del consumo conspicuo que las redes sociales hacen girar como una rueda en el vacío, mientras el futuro va siendo llenado por retro-topías, es decir, visiones de lo que “podría haber pasado si es que…” Mientras tanto los solitarios escudriñan sus viejas agendas y tras varias copas de vino, deciden llamar a sus antiguos amantes por teléfono y proponerles “intentarlo de nuevo”. Se trata del síndrome Ben y Jeniffer en su mejor forma. Todo pasado es mejor cuando no hay ganas de mirar hacia el futuro.

Si hemos perdido la capacidad para pensar en el futuro, ¿Quién se la ha quedado?. En otras palabras, ¿Quien controla el futuro mientras todo esto pasa?

Los que no duermen, esos tienen el futuro agarrado en sus manos. Porque los multimillonarios no han descansado, sino que han estado viajando al espacio exterior. Musk, Bezos y Branson se han estado re-apropiando del futuro ampliando las fronteras geográficas del mundo conocido tal y como las potencias europeas lo hicieron en el siglo XVII durante la época de oro del imperialismo colonial.

Ya sea poniendo satélites en órbita, buscando minerales en el planeta Marte o encendiendo cámaras de vigilancia para desestabilizar gobiernos, el capitalismo ha dado origen a una nueva variante de sí mismo, de la mano de estos multimillonarios que están redefiniendo los límites de lo posible mientras todo el mundo pierde la esperanza y parece derrumbarse.

Ninguno de nosotros viajará en el corto plazo al espacio exterior, pero sí contamos con formas en que podemos, apoderarnos a nuestra manera, de ese futuro que nos ha sido cancelado. Imaginar, ser curiosos, soñar, compartir, cambiar, confiar, luchar por el derecho a vivir en un mundo mejor y atrevernos a vivir como pensamos. Caminar en la eterna novedad del mundo como dijo un arrepentido muchos años atrás cuando los límites del mundo conocido eran los límites del Imperio Romano. ¡Eso sí que es mirar el futuro con los pies en el presente!

Tal vez esa sea una buena forma de responder ese mensaje ahora que lo pienso.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

The Elephants leave Xishuangbanna

A month ago they left. They are fifteen and they have walked 500 kilometres leaving behind empty barns, confused peasants and a puzzled international press.

Originally from Xishuangbanna, China, these elephants began their journey at the end of May 2021 for no apparent reason. They did not lack food and the area in which they lived was a protected forest reserve. Scientists are debating the reasons for what they call a “spontaneous migration.”

Do they migrate due to global warming or climate change? Do they leave because of some kind of biological imperative? Why do they walk to northern China? These are questions that have not yet found answers among specialists. What they seem to agree on, however, is this: the fifteen elephants, contrary to what is expected of their species, are walking into areas that are unknown to them. In other words, they are moving further and further away from the area they knew and have exceeded five times the distance that, on average, elephants travel from their home.

These elephants appear to be a precise metaphor for our current situation in this post-covid world.

Days and months go by and, like the elephants of Xishuangbanna, we are entering a kind of new territory: The pandemic shakes Brazil, which this week reached 500,000 deaths, 600,000 people have died in the USA and 400,000 people died in India. The UK postpones the full opening, due to the presence of a Covid (Delta) variant discovered in India. Meanwhile, other countries are leaving the pandemic behind and forget about the catastrophic situation in which poor countries are living. In the same way, Europeans enjoy the summer and, after months of confinement, they can now plan vacations again. Their leaders call them to spend money to boost the economy and get back on the track of feverish and mad economic growth as soon as possible.

Everything seems normal, but nothing is. Why? Because while this post-covid reality tries to reoccupy the television media and makes us believe that everything is fine again, the elephants stubbornly and bravely walk into the unknown, sinking into the night, dreaming as they tighten against the others, and, the next morning walk again.

Helpless, these courageous elephants have something to teach us today: it is time to forget the comfortable old world we live in and accept that the new one is calling us.

Time to get up and Walk!

Los elefantes dejan Xishuangbanna

Hace un mes se levantaron. Son quince y han caminado 500 kilómetros dejando tras de sí graneros vacíos, campesinos confundidos y una prensa internacional estupefacta.

Originarios de Xishuangbanna, China, estos elefantes iniciaron su periplo a finales del mes de mayo del 2021 sin ninguna razón aparente. No les faltaba alimento y la zona en que vivían era una reserva forestal protegida. Científicos se encuentran debatiendo acerca de los motivos de lo que llaman una “migración espontánea”.

¿Migran debido al cambio climático?, ¿Caminan respondiendo a alguna clase de imperativo biológico?, ¿Por qué caminan hacia el norte de China? Son preguntas que aún no encuentran una respuesta entre los especialistas. En lo que parecen estar de acuerdo, sin embargo, es en esto: los quince elefantes, contrariamente a lo que se espera de su especie, están caminando hacia zonas que les son desconocidas. En otras palabras, se alejan cada vez más de la zona que conocían y han superado cinco veces la distancia que los elefantes en promedio tienen a alejarse de su hogar.

¿No les parece que estos elefantes son una metáfora perfecta de nuestra actual situación en este mundo post covid?

Los días y meses van pasando y, como los elefantes de Xishuangbanna, nos vamos adentrando en una especie de laberinto: La pandemia estremece Brazil que esta semana llegó a las 500.000 muertes, 600.000 personas han muerto en USA y 400.000 personas muertas en India. El Reino Unido pospone su apertura total debido a la presencia de una variante de Covid (Delta) descubierta en India. Mientras tanto otros países van dejando la pandemia atrás y se olvidan completamente de la catastrófica situación en que se encuentran los países pobres. De la misma manera los Europeos disfrutan el verano y, tras meses de encierro, vuelven a planear vacaciones. Sus líderes llaman a gastar dinero para impulsar la economía y volverla al carril del crecimiento económico enfebrecido cuanto antes.

Todo parece normal, pero nada lo es. ¿Por qué? Porque mientras este simulacro de realidad post covid intenta volver a ocupar el plató televisivo-mediatico y hacernos creer que todo está bien de nuevo, los elefantes, testaruda y valientemente van caminando hacia lo desconocido, hundiéndose en la noche, soñando mientras se aprietan los unos contra los otros, y a la mañana siguiente caminando de nuevo.

Sin esperanza estos elefantes en fuga tienen algo que enseñarnos hoy: es tiempo de olvidar el cómodo viejo mundo en que vivimos y aceptar que lo nuevo nos está llamando. ¡Es hora de salir al camino y ponerse en marcha!    

Brindis por el largo plazo

Ángel Marroquín

Años atrás fui invitado a un matrimonio. En la cena y tras los discursos de rigor, los novios dieron la palabra espontáneamente a sus amigos más cercanos. Recuerdo que uno de ellos al hacer su brindis dijo: “Brindo porque ahora van a aprender a pensar en el largo plazo” Aplausos. La pareja permanece casada y, efectivamente, de alguna manera se las arreglaron para tener presente el largo plazo en sus vidas. El amigo del brindis se divorció al poco tiempo de la fiesta.

 ¿Si en cuestiones como el matrimonio, al contratar una hipoteca o planificar el estudio de una carrera profesional podemos pensar en largo plazo? ¿Por qué cuando se trata de nuestra supervivencia como especie no somos capaces de hacerlo? Una y otra vez los compromisos internacionales para reducir los gases de efecto invernadero que causan el cambio climático fallan, se establecen nuevas metas que irremediablemente fallan de nuevo. Algo pasa con nuestra capacidad colectiva de pensar más allá de lo inmediato.

Contrariamente las decisiones de corto plazo abundan: con un click se pueden comprar cientos de cosas en segundos, los twitts de redes sociales son respondidos segundos después que son publicados generando una nube interminable de trivialidad. Toda esta prisa acarrea consecuencias: consumo inconsciente, endeudamiento, cortoplacismo y una salud mental deteriorándose rápidamente gracias a las redes sociales.

Los padres planifican la vida entera de sus hijos pequeños influidos por este cortoplacismo: carreras profesionales, Universidades, post grados, amores apropiados y lugares de vacaciones. Sin embargo no son capaces de ver que ese futuro que cuidadosamente proyectan podría no existir, o lo que es peor, podría existir en una forma mucho más sombría de la que ellos se atreven siquiera a pensar.   

Aún recuerdo el año 2019, en medio del Foro Económico Mundial cuando Greta Thunberg tomó la palabra y dijo mirando directamente a la audiencia compuesta por hombres de negocios:

Esto está mal. Yo no debería estar aquí. Yo debería estar en la escuela, al otro lado del océano.  ¿Y ustedes vienen a nosotros por esperanza? Ustedes han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías (…) Por más de treinta años, la ciencia ha sido clara. Cómo se atreven a seguir mirando para otro lado y a decir que han hecho suficiente, cuando las soluciones y medidas políticas aún están fuera de vista (…) cómo se atreven a pretender que esta crisis puede ser solucionada con más de lo mismo o alguna clase de solución técnica (…) Ustedes nos están fallando. Pero la gente joven está comenzando a entender que ustedes los han traicionado. Los ojos de las futuras generaciones están sobre ustedes. Y su ustedes eligen fallarnos ahora, nosotros nunca se los perdonaremos.  

Greta Thunberg no estaba haciendo un brindis ni estaba en un matrimonio, sino en todo lo contrario: algo así como el funeral del pasado cortoplacista celebrado por los economistas y hombres de negocios más influyentes del mundo pre Covid y ella estaba defendiendo los intereses de las futuras generaciones que vivirán en el planeta tierra, protegiéndolos justamente de nosotros quienes habitamos el presente. Una situación similar sucede con las consecuencias del Covid 19, y no me creen pregúntense: ¿Quiénes pagarán por los préstamos que los gobiernos están tomando hoy?, ¿Quiénes pagarán las increíbles sumas de dinero que ha costado esta crisis global?, ¿Quién ha pensado en la clase de futuro que ellos van a tener con tamañas deudas?

La herencia concreta que las generaciones se hacen unas a otras: dejar un medioambiente limpio y sano, la sabiduría acumulada traspasada en forma de cultura, literatura, música, etc, dice mucho de la clase de vida que los unos desean para los otros. Este proceso de herencia que es natural en cada familia hoy reviste un carácter crítico con influencias planetarias. Por lo tanto los ojos de los herederos hoy parecen mirar con mayor intensidad y criticismo los actos de los padres derrochadores y descuidados.

Discutir qué mundo queremos post covid 19, de qué manera va a considerar a las generaciones futuras es hoy un imperativo ético de primera magnitud y requiere levantar la mirada del corto plazo y las mezquindades diarias y fijar la vista y la atención en las palabras de Greta Thunberg, que creo yo, vale la pena meditar con mucho cuidado:

“Los ojos de las futuras generaciones están sobre ustedes. Y su ustedes eligen fallarnos ahora, nosotros nunca se los perdonaremos”.

  Tal vez esto nos ayude a pensar en el largo plazo.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/