La policía buena

Ángel Marroquín

Hace tiempo quería escribir algo acerca de la “policía buena”, pero no encontraba la ocasión ni las ganas, pero de todos modos, ahí vamos.

¿Qué qué es la policía buena?

Se trata de una tendencia de comportamiento de moda actualmente y que busca hacer ver a los demás, en forma amigable claro está, sus equivocadas formas de entender las relaciones de género, la ecología, la importancia del veganismo, el cuidado del medio ambiente, el divorcio, la forma de criar niños en el mundo actual, cómo cambiar la sociedad para mejor, entre otros muchos tópicos.

Antiguamente una actitud como esta era atribuida a falta de delicadeza social, de etiqueta o lo que se conoce como buenas maneras o paternalismo, hoy es vista como signo de distinción entre las clases medias liberales acomodadas o acomodadas lo suficiente como para gritar y ser oídos.

Siempre convencidas que su forma de entender el mundo es universalmente compartida e interesadas asimismo en imponerla a los demás, estos miembros de la “policía buena” se han convertido en legisladores acerca de lo que es políticamente correcto. Una especie de fariseos modernos del estilo de vida liberal acomodado.

Pero esto no fue siempre así, esta patente falta de delicadeza fue atribuida durante muchos años justamente a los sectores conservadores religiosos, cada uno de los cuales perseguía imponer su verdad a fuerza de acallar a los blasfemos, herejes o disidentes en general. Lo paradojal es que hoy son los grupos liberales (algunos de ellos perseguidos anteriormente por los conservadores), quienes intentan imponer una agenda de cambios cultuales acallando la disidencia y promoviendo la denuncia de los que no adhieren al canon liberal burgués. Digo burgués para destacar que ninguno de los miembros de la policía buena alberga a refugiados o inmigrantes ilegales del tercer mundo, ninguno de ellos ha dormido nunca en la calle y ninguno de ellos ha vivido nunca con el sueldo mínimo o arriesgado su vida protegiendo los bosques nativos del tercer mundo.

Como sea, la policía buena ha venido ganando terreno y aprendiendo mucho de los sectores conservadores. Han sido públicos los procesos y medidas tomadas en Universidades Inglesas y en otras ciudades de Europa contra profesores por grupos de interés opuestos a las opiniones de la policía buena en temas de género, raza o desigualdad. ¿Cómo saber si tus opiniones son compartidas por la policía buena? Opina lo que piensas y mira si es que alguien luce ofendido a tu alrededor. Te lo harán saber de todas formas. Ellos querrán enseñarte.

Si este problema permaneciera en las Universidades sería tal vez algo folclórico o local, pero no es así y ese es el problema, porque esta actitud termina por socavar las bases institucionales, crea desconfianza porque la gente no se atreve a someterse a esta clase de re educación progresista-paternal  y porque promueve el silenciamiento de quienes piensan diferente a la ortodoxia liberal burguesa con lo que terminamos con un espectro de discusión reducido. Ofendidos contra ofensores-ignorantes de las verdades luminosas de la policía buena. Fuego amigo por todos lados.

No es extraño entonces ser tratado con paternalismo cuando se nos quiere hacer ver que la forma correcta de encarar un asunto respecto a inmigración, refugio, raza, ecología, género, pobreza o desigualdad deba pasar por aceptar los postulados de la policía buena. Uno entonces queda atrapado ente dos policías la buena (la liberal) y la mala (conservadora). Como sea, al final siempre gana la policía.

Ten cuidado, la policía buena puede estar mirándote, lista para ofenderse si dices algo incorrecto a su libro de recetas liberal burgués de buena crianza. A la otra ya la conocemos. No te preocupes, camina derecho sonríe y diles: “tienes razón”. Les encanta.

Usted elige

Ángel Marroquín

Hay tanta gente que se comporta miserablemente en el mundo que es muy difícil elegir al peor. Gente que toma decisiones que empeorarán las condiciones de vida de los niños de hoy, personas que pudiendo ayudar a otros no lo hacen, gente que hace negocios con la desgracia ajena, gente que elige deliberadamente decir y hacer el mal a alguien que no se puede defender, etc. Todos les conocemos y sabemos que están bien y que probablemente duermen tranquilamente durante la noche. Y así es como va el mundo.

Pero de entre todos ellos se encuentran los peores y de ellos quiero hablarles. ¿Quiénes son? La gente que se indigna moralmente por la mezquindad ajena, aquellos que son infalibles en detectar la mezquindad en el comportamiento ajeno pero nunca en el propio.  En otras palabras, aquellos que nunca han dudado antes de lanzar la primera piedra contra otros.

El día 25 de Septiembre 5.000 personas se reunieron en una marcha contra inmigrantes en una ciudad pobre del tercer mundo ubicada entre el mar y el desierto. Tras marchar se dirigen a un campamento habitado hace cerca de un año por inmigrantes latinoamericanos pobres de un país cercano y algunos de ellos indocumentados, los desalojan y les queman sus pocas pertenencias mientras gritan consignas nacionalistas y agitan banderas de Chile. Inmediatamente la prensa y redes sociales reaccionan y se llena de personas condenando airadamente el hecho. Algunos de ellos dicen cosas como esta: Hace rato no veía miseria humana más feroz y repugnante que la de ese puñado de xenófobos iquiqueños. Y se dicen “patriotas”. Su patria y su bandera no es la mía, cobardes. Sólo me generan vergüenza y desprecio”

Claro que es miserable el comportamiento de todos y cada uno de los que participaron en este hecho de destrucción y abuso de gente pobre que no se puede defender. Claro que deben ser investigados, perseguidos y condenados.

¿Pero no son igualmente miserables los que ahora se indignan cuando durante todo este tiempo no han hecho nada por ayudar  a estas personas?

Los que levantan sus dedos índice apuntando, ¿A cuántos indocumentados tienen viviendo solidariamente en sus casas?, ¿A cuántos han alimentado o dado siquiera algo para vestirse durante el invierno?, ¿A cuántos han ayudado con los engorrosos trámites de regulación migratoria?, ¿A cuántos han dado una sopa caliente durante la fría noche?

Sí, la hipocresía es igualmente miserable como el abuso de los matones nacionalistas pero causa un daño distinto, invisible e insidioso. Y es que el indignado moral no ha hecho nada antes de mostrarnos su indignación y no hará nada después de lanzarla a las redes sociales. Su gesto solo busca el aplauso momentáneo y no nace del compromiso con la intemperie en que viven los pobres alrededor del mundo.

Digo esto porque, tal vez, esta triste situación debería hacernos pensar que cada uno de nosotros puede y debe elegir comportarse miserablemente o no, cuando elige indignarse en el vacío, levantar el dedo para apuntar o ir en ayuda de esas personas. Usted elige.

Photo: El Mundo

Avocado Guilt

Ángel Marroquín

Can you see that Avocado? Yes, that’s right… Do you like it? Come on, buy it, no guilt… you deserve it.

Is this simple chain of thoughts enough to make us buy something that we do not need at all? But of course, that is not the problem, but the top of the iceberg. The real problem is that our distracted decision moves the gears of a consumption system beyond what we can see; or, in truth, beyond what we want to see.

Probably when we look at that Avocado, we don’t want to know anything about the people who planted the tree, cared for it, harvested the fruits, stored them on pallets, and packed them carefully in padded cardboard boxes to send them by plane to Europe. But, it seems enough to know that avocados are trendy and that instagramers champion them as the must-have element of the healthy diet that our liberal friends lead.

The less glamorous aspect of the label is seldom read. It says that countries like Chile, the Dominican Republic, Peru, Indonesia and Kenya go to great lengths to offer the lowest prices in the European markets for Avocados. But who pays the cost of so much wonder within reach of the citizens of the first world? Who cares about this in the 21st century?

Who cares that 1.16 kilos of Avocados per capita are consumed in Europe and that this consumption has grown by 8% between the years 2017 and 2019? Who would be interested in learning that 2,000 litres of water are needed to produce one kilo of Avocados? The price of Avocado in Europe rarely exceeds 5 Euros for a pack of 4.

Do European consumers of Avocados care to know that, in Latin America, amidst draughts and private ownership of water streams, avocado trees are prioritised because of their commercial worth, and they are given the water that the people of the nearby towns struggle to obtain? Nor does the fact that farmers and their families earn a miserable salary working all day under the sun to produce those Avocados. None of them will get out of poverty because they will never make enough from the draining job on the avocado plantations.

Conscious or unconscious, our thoughts, attitudes and actions represent power in the production chain. Every time we buy, we press a button that points in the same direction, driving the wheel of the system in the direction of inequality and poverty of many and the privilege and wealth of a few consumers eager to follow a trendy, liberal style of life.

The guilt that young European liberal consumers apparently feel sometimes is not a sign that things will change in the future. Instead, it is just an example of the distance that increasingly separates those who poorly subsist in precarious, badly paid and poorly regulated jobs in the third world and those who enjoy the benefits of that system and who ignore the origin of the products and services that they are consuming. In the same way, they celebrate cultural diversity but do not mix personally with refugees, asylum seekers or immigrants from poor countries. But they talk about them a lot.

The idea of guilt that afflicts the European middle-class today is not religious. They, who killed God just to put money in its place, know it. It’s just the hangover produced by the excess of consumer choices. The sense of entitlement leads European citizens to fall into that emotion temporarily, the guilt of the conscious consumer. Because if there is something consumers know very well is prices: cheap is better and cheap means that they are not obliged to face those who work to produce those products.

But the king goes naked through the streets of Europe. The nakedness of his guilty middle-class is expressed in the story they tell themselves to maintain their entitlement: they deserve it because they have worked hard. They have the right to consume to death while falling into depression in a lonely house in the middle of the hills!

Our ills derive from this distance, from this voluntary and comfortable blindness that separates us from others and the world.

Why has accommodating reality to our desires become the most common form of denial of reality?

A big gap which is also an eloquent bond

Ángel Marroquín

A few days ago, I was in a hurry walking down the street while occupied with my thoughts. Suddenly I found myself outside an art gallery and saw the name of the exhibition. In one of those strange moments of synchronicity, the name of the exhibition coincided with what I was thinking as I was walking.

“A delicate bond which is also a gap” is the exhibition’s name by the artist Isabel Nolan.

After thinking about it and in homage to that instant of simple magic, I gave Nolan’s idea a twist and came up with the notion: “A big gap which is also an eloquent bond”, and that’s what I want to talk about today.

We are forever connected to some people, places and things. Our parents, our friends, the neighbourhood we grew up in, our native country, our mother tongue, and our home. But we are also separated from people and things that we do not see, we do not know, or we can’t even grasp. This duality makes us who we are: people who live focused on the relationships with those like us, anchored in the vicinity of what we call belonging.

Seen like this, it seems obvious to all of us, but is this bonding and separation part of our daily experience?

Are we able to recognise the bond and the separation?

How does being aware or ignorant of this invisible duality affect us?

If we think about it: while we order our food in a restaurant, wait to be served in a shopping centre or the hospital’s waiting room, we are connected to all those ‘invisible’ persons working so that we can obtain what we have come for: food, a new television or medical attention. But we are also separated from them by an invisible gap.

We don’t see them; we don’t know their names or where they live; we don’t know if they like their jobs or what kind of dreams, aspirations or difficulties they have. However, it is thanks to them that we will get what we came for. In some strange way, we have been called to this place to be aware of that familiarity with those who are not familiar to us at first sight.

What if we could suddenly see, bring them to where we are, all those who worked producing the Avocado that we have in our hands?

What if we saw the faces of all those who are there -only five meters under the floor in which we stand-, stuck between the pots of boiling water and squeaking oil, cutting the carrots and lettuces that in fifteen minutes we will happily begin to eat?

Why don’t we see them? Why are we not aware of the invisible?

The answer is simple and complex.

If we saw them, if we really saw them, we would see ourselves reflected in them. We would see our face in theirs. Then the real revolution would break out, and the consumer system that insists on separating us would undoubtedly collapse.

A big gap which is also an eloquent bond

Ángel Marroquín

Hace poco caminaba apresurado por una calle mientras pensaba en mis asuntos. De pronto me encontré fuera de una galería artística y vi el nombre de la exposición que se presentaba. En uno de esos extraños momentos de sincronía el nombre de la exposición coincidió con lo que estaba pensando mientras caminaba.

“A delicate bond which is also a gap” es el nombre de la exposición de la artista Isabel Nolan.

Tras pensarlo un poco y en homenaje a ese instante de magia cotidiana le di un twist a la idea de Nolan y enfoqué mi idea así: “A big gap which is also an eloquent bond” y es de eso que les quiero hablar.

Estamos ligados de por vida a algunas cosas y personas. Nuestros padres, nuestros amigos, el barrio en que crecimos, nuestro país de origen, su idioma y nuestro hogar. Pero también estamos irremediablemente separados de personas y cosas que no vemos, que no conocemos y que no tenemos la menor idea. Esta dualidad nos hace ser quienes somos: personas que vivimos enfocadas en nuestras relaciones con los que son como nosotros, anclados en las inmediaciones de eso que llamamos pertenecer.

Visto así nos parece a todos obvio, pero ¿Es este ligamiento y separación parte de nuestra experiencia cotidiana?

¿Somos capaces de reconocer el vínculo y la separación?

¿De qué manera nos afecta ser conscientes o ignorantes respecto a esta dualidad invisible?

Si lo pensamos un poco, mientras ordenamos nuestra comida en un restaurante, esperamos ser atendidos en un centro comercial o aguardamos en la sala de espera de nuestro médico, estamos ligados a todos aquellos que trabajan en ese momento para que nosotros recibamos lo que hemos venido a buscar: comida, un televisor nuevo o atención médica. Pero también estamos separados de ellos.

No los vemos, no sabemos sus nombres ni dónde viven, si les gustan sus trabajos o qué clase de sueños, aspiraciones o expectativas tienen. Sin embargo, es gracias a ellos que obtendremos lo que vinimos a buscar. De alguna extraña forma hemos sido llamados a este lugar para ser conscientes de esa familiaridad con quienes no nos son familiares a primera vista.

¿Qué pasaría si de pronto pudiéramos ver, traerlos a donde estamos, a todos aquellos que trabajaron produciendo el Aguacate que tenemos en nuestra mano?, ¿Qué pasaría si viéramos el rostro de todos aquellos que están ahí, -solo cinco metros bajo el piso en el que estamos-, metidos entre las ollas de agua hirviendo y aceite chirriando, cortando zanahorias y las lechugas que dentro de quince minutos comenzaremos alegres a comer?

¿Por qué no los vemos?, ¿Por qué es que no somos conscientes de lo invisible?                               

La respuesta es simple y compleja.

Si los viéramos, si de verdad los viéramos, nos veríamos a nosotros reflejados en ellos. Veríamos nuestro rostro en el de ellos. Entonces la verdadera revolución estallaría y el sistema de consumo que se empeña en separarnos, se derrumbaría.

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Culpa de clase media

Ángel Marroquín

¿Ves ese Aguacate? Sí, ese… ¿Te gusta? Anda, cómpralo, sin culpa…vamos, te lo mereces.

Basta con una simple cadena de pensamientos como esa para hacernos de algo que no necesitamos. Pero por supuesto ese no es el problema, sino la punta del iceberg. El problema de fondo es que nuestra distraída decisión mueve los engranajes del sistema de consumo traspasando continentes, fronteras y nacionalidades más allá de lo que vemos, de lo que queremos ver.

Probablemente cuando miramos ese Aguacate no queremos saber nada acerca de quienes plantaron el árbol, cuidaron de él, cosecharon las frutas, las almacenaron en pallets y empacaron esos aguacates en cajas de cartón acolchado para enviarlas por avión hacia Europa. Basta con saber que el Aguacate está de moda y que es parte indispensable de la dieta y estilo de vida sana que llevan nuestros amigos liberales.

Rara vez es leída la parte menos glamorosa de la etiqueta comercial que dice que países como Chile, República Dominicana, Perú, Indonesia y Kenia se esfuerzan mucho por ofrecer los precios más bajos en los mercados europeos de Aguacates, etc. Pero, ¿Quién paga el costo de tanta maravilla al alcance de la mano de los ciudadanos del primer mundo? ¿A quién le puede importar eso en el Siglo XXI?

¿A quién le puede importar que el porcentaje de consumo de Aguacates en Europa sea de 1,16 kilos per cápita, que el consumo de Aguacate en Europa haya crecido un 8% entre los años 2017 y 2019 y un 73% comparando los años 2015 y 2016?, ¿A quién le puede interesar que para producir un kilo de Aguacates se necesiten 2.000 litros de agua? El precio del Aguacate en Europa raramente sobrepasa los 5 Euros el paquete de 4 y eso es lo que importa.

No, a ningún consumidor de Aguacates Europeo le importa que en el latifundio Latinoamericano se privilegie darle agua a los arboles de Aguacates y quitársela a las personas de los pueblos cercanos. Tampoco les detiene el hecho que los campesinos y sus familias ganen un salario miserable trabajando todo el día al sol para producir esos Aguacates para ellos. Ninguno de ellos saldrá jamás de la pobreza porque nunca van a ganar lo suficiente con el aniquilante trabajo que tienen en las plantaciones de aguacate.

Conscientes o inconscientes nuestros pensamientos, actitudes y actos representan poder en la cadena de producción. Cada vez que compramos presionamos un botón y este apunta una y otra vez en una misma dirección impulsando la rueda del sistema en la dirección de la desigualdad y la pobreza de muchos y el privilegio y la riqueza de unos pocos consumidores ansiosos de honrar un estilo de vida liberal, trendy.

La culpa que aparentemente sienten los jóvenes consumidores liberales europeos a veces, no es un signo que las cosas vayan a cambiar en el futuro. Es solo una muestra de la distancia que separa cada vez más a los que subsisten malamente en trabajos precarios, mal pagados y mal regulados en el tercer mundo y la de aquellos que disfrutan los beneficios de ese sistema y que ignoran el origen de los productos y servicios que consumen. De la misma manera celebran la diversidad cultural pero no se mezclan con refugiados, solicitantes de asilo o inmigrantes de países pobres. Pero hablan de ellos, mucho.

La idea de culpa que hoy aqueja a la clase media Europea no es religiosa. Ellos, que mataron a Dios solo para poner al dinero en su lugar, lo saben. Se trata solamente de la resaca producida por el exceso de opciones de consumo. Es el exacerbado sentido de derechos adquiridos lo que conduce a los ciudadanos Europeos a caer en esa emoción, la culpa del consumidor consciente. Porque si de algo saben los consumidores es de conciencia, de los precios: barato es mejor y barato significa que no están obligados a verle la cara a quienes trabajan para producir esos productos en los subterráneos.

Pero el rey va desnudo por las calles de Europa. Su desnudez de clase media culposa se expresa en el cuento que ellos se cuentan a sí mismos para mantener su derecho a consumir: ellos piensan que se lo merecen porque trabajaron duro y porque ellos vienen de la pobreza y la conocieron en el pasado. ¡Tienen el derecho a consumir hasta morir o enloquecer de depresión en una casa solitaria en medio de las colinas!  

Nuestros males se derivan de esta distancia, de esta ceguera voluntaria y cómoda que nos separa de los otros y del mundo. ¿Por qué acomodar la realidad a nuestros deseos personales se ha tornado la forma más común de negación de la realidad?

True borders are those that separate a person from justice.

Ángel Marroquín

True borders are invisible. They are not those that separate one country from another, those that stamp passports at immigration controls. True borders are those that separate a person from justice, a mother from the dreams of education for her children, a father from an adequate salary to feed her family. Borders are those that separate a sick person from the necessary treatment to heal his illness. And it is not only immigrants or refugees -those who walk the roads, God protect them-, who are fully aware of those borders, but also young native Europeans: the borders that separate them from their aspirations to have a house, to have stable jobs through which to project into the future, to live in a pollution-free environment, to give education and health to their children. To give meaning to their lives beyond being consumers of stuff to hoard.


Borders stretch across European society, dividing, mutilating, killing with invisible efficiency. With the extension of these borders, nonsense grows, and life becomes survival. Life is impoverished to a level we have never seen before. Loneliness, suicide, anxiety, depression, and nihilism are exhibited as the natural costs of material progress. Every day, new placebos are created to fight against the nihilism that is already assumed as normal. Borders have been established, accepted and well respected.


How come we don’t see these borders? And this is the drama and the paradox: we see them, and we do not see them.

We go from one side of a border to the other very easily, we flow through them, and sometimes we do not know which side we are on; however, we can choose to see them and not see them. We don’t see them when we’re on the surface, and things are going well for us. Vanity, waste and unconsciousness betray us as the weak and erratic beings we are. We are on the bright side, and we believe we deserve it; nothing else matters. The bright horizon opens up to all its promises and exciting possibilities. So the borders are invisible because we don’t want to see them. How difficult it is to think of hunger when one is satisfied!


We see borders when we are underground, prevented from enjoying the benefits of the system. Then it becomes clear to us that we are in a deteriorated situation and separated from what could have given us security, stability or a bit of predictability in our lives. We are aware that we are fragile and painfully aware of borders. Now we do not laugh when the sun rises, and we look with distrust at those who try to preach to us. How hard it is to think of satisfaction when you are hungry!


The borders are what hide from us the fact that everything we consume has been produced through the precarious work of someone else; thousands and thousands of people who remain on the other side of the border, in the poorly lit shanty towns of the world, working tirelessly to produce at low cost in the shortest time possible. We must hold that memory during the day. Maintaining the painful awareness of the fragility in which we live, that is our connection with who we really are, beyond the top-bottom, inside-outside, border-no border duality.


Perhaps the only thing that can destroy borders is the painful awareness that we are attached to someone down there. Someone who right now is producing the coffee we are drinking and the bread we eat. Simultaneously, perhaps, someone up there is thinking of us, who are producing that bread and that coffee and, who knows, maybe they are thinking of us and would like to change…

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Las verdaderas fronteras son las que separan a una persona de la justicia

Ángel Marroquín

Las verdaderas fronteras son invisibles. No son las que separan a un país de otro, las que estampan pasaportes en los controles migratorios de los aeropuertos o las que folclorizan las diferencias entre personas de un pueblo u otro.

Las verdaderas fronteras son las que separan a una persona de la justicia, son las que separan a una madre de los anhelos de educación para sus hijos, las que separan a un padre de un sueldo suficiente para alimentar a su familia. Las fronteras son las que separan al enfermo de un tratamiento apropiado para sanar de su enfermedad. Fronteras son las que separan la necesidad de la fe.

Y no sólo son los inmigrantes o refugiados, -esos que andan los caminos, Dios los proteja-, quienes tienen conciencia de esas fronteras, también los jóvenes europeos nativos: la fronteras que los separan de sus aspiraciones de tener una casa en que dormir, de tener trabajos estables en los que proyectarse, de vivir en un ambiente libre de polución, de darle educación y salud a sus hijos. De darle sentido a sus vidas más allá de ser meros consumidores de cosas.

Las fronteras se extienden a lo largo de la sociedad Europea, dividiendo, mutilando, matando con invisible eficacia. Con la extensión de esas fronteras el sinsentido crece y la vida se transforma en mera sobrevivencia. La vida queda empobrecida a un nivel nunca antes visto. La soledad, el suicidio, la ansiedad, la depresión y el sinsentido son exhibidos como los costos del progreso material y cada día son creados nuevos placebos para intentar luchar contra una falta de sentido que ya es asumida como normal. Las fronteras han sido introducidas, aceptadas y acatadas.    

¿Cómo es que no vemos estas fronteras? Y es este el drama y la paradoja: las vemos y no las vemos.

Pasamos de un lado a otro con mucha facilidad, fluimos a través de ellas y a veces no sabemos de qué lado estamos, sin embargo, podemos elegir verlas y no verlas.

No las vemos cuando estamos en la superficie, cuando las cosas nos van bien. La vanidad, el derroche y la inconsciencia nos delatan como seres débiles e inconstantes. El viento sopla a nuestro favor y creemos merecerlo, nada más importa. El horizonte engañoso se abre en todas sus promesas y excitantes posibilidades. Entonces las fronteras son invisibles porque no queremos verlas. ¡Qué difícil es pensar en la pobreza cuando uno está satisfecho!

Vemos las fronteras cuando estamos en el subterráneo, impedidos de gozar de los beneficios del sistema. Entonces se nos hace claro que estamos en una situación desmejorada y separados de aquello que podría habernos dado seguridad, estabilidad o predictibilidad en nuestra vida. Somos frágiles y dolorosamente conscientes de las fronteras. Ahora no reímos cuando el sol sale y miramos con desconfianza a quienes tratan de aleccionarnos. ¡Qué duro es pensar en la satisfacción cuando uno tiene hambre!

Las fronteras son las que nos ocultan el hecho que todo lo que consumimos ha sido producido por medio de trabajo precario de alguien más, miles y miles de personas que permanecen al otro lado de la frontera, en los subterráneos mal iluminados del mundo, trabajando incansablemente para producir a bajo costo en el menor tiempo posible. Debemos sostener ese recuerdo durante el día. Conservar la dolorosa conciencia de la fragilidad en que vivimos, esa es nuestra conexión con quienes somos realmente, más allá de la dualidad arriba-abajo, dentro-afuera, frontera-frontera.

Tal vez lo único que puede destruir las fronteras sea la dolorosa conciencia que estamos unidos a alguien allá abajo. Alguien que está produciendo el café que bebemos y el pan que comemos. Simultáneamente, tal vez, alguien allá arriba esté pensando en nosotros que producimos ese pan y ese café y quién sabe, tal vez, piense en nosotros y quiera cambiar…

Y quien sabe, tal vez piense en nosotros y quiera cambiar…  

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Hotel Europe

Ángel Marroquín

Welcome to Europe Hotel. Located in the breathtaking landscape of the first world, surrounded by incomparable pieces of art and culture, we are happy to offer you the best of what your fantasy dares to imagine. But today, it will be different. We invite you to experience something unusual, exciting and audacious. Today we will visit the Hotel through the back door.


The back door is located at the far end of the parking. In the distance, you can see the houses where most of the Hotel workers stay. They live in shared rooms they rent to sleep in between stressing and constantly changing work shifts.

After typing a number, the metal door opens. We are in.

A long cold corridor extends to the Hotel’s basement, and now, in front of us, we see the automatic clock that registers the beginning and the end of shifts and the Covid temperature detector. Isn’t nice?

If we continue to the right, we will find Remo from Romania. He is in charge of receiving the hundreds of food orders, clean sheets, detergent, meat, and vegetables to run the Hotel every day. You can see Joanna from Latvia, going up and down in the staff elevators carrying a heavy trolley with the dirty sheets. She is in charge of cleaning the rooms and changing the sheets in each room. At the end of this hall, you can see Nando from the Maldives, Africa. He is a kitchen helper, and with a smile on his face, he chops vegetables, fries, bakes and cooks the food that goes directly to the tables. Finally, we are in the restaurant, here, the staff is made up of nice people, they are natives because they are the ones who deal directly with our customers. They are our public face.

Did you like the trip? Now have fun and see you soon.

Europe resembles a large luxury hotel. On the surface, we are surrounded by magnificence, glamour and entertainment. Nothing is lacking, and leisure can flourish amid abundance. This is the place where liberals grieve about the situation in poor countries and sometimes make donations for an NGO to provide drinking water in rural areas of Africa or Latin America.
On the basement floor, people from poor countries and enduring poor jobs make this possible. They are poorly paid and get by with unimaginable difficulty. They will never own a home, they will never go to college, and they will probably never finish learning English either. They, the world’s poor, are the ones who keep this old Europa Hotel running without being visible or acknowledged by the Hotel authorities who fear them but urgently need to keep the Hotel running. Thus, the separation between the luxurious and warm hotel halls and the cold corridors of the subway is becoming more and more hermetic.
How many of us see the wounded hands of exploited workers in Guatemala, Ethiopia or the Ivory Coast when we drink a cup of coffee while we think about our petty daily problems?

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

Hotel Europa

Ángel Marroquín

Bienvenidos al Hotel Europa. Situado en medio de los más bellos parajes del primer mundo, rodeado de incomparables obras de arte y cultura, estamos felices de ofrecerle lo mejor de lo que su fantasía se atreva a imaginar. Pero hoy será distinto. Hoy le invitaremos a vivir algo inusual, excitante, atrevido. Hoy visitaremos el hotel por la puerta trasera.

La puerta trasera del Hotel se ubica en el extremo más alejado del estacionamiento, en la zona aledaña a las casas que lo rodean y que es donde vive la mayoría de los trabajadores del Hotel. Ellos viven en cuartos que rentan para dormir entre los extenuantes turnos, que cambian constantemente de acuerdo a las necesidades del Hotel.

Luego de pulsar un número en el portero automático, la puerta de metal se abre. Estamos adentro.

Un largo y frío corredor se extiende hasta la sección del reloj automático y el detector de temperatura Covid.

Si seguimos a la derecha encontraremos a Remo de Rumania. El es el encargado de recibir los cientos de pedidos de comida, sabanas limpias, detergente, carne, verduras para hacer funcionar el hotel cada día. Al fondo del pasillo pueden ver a Joanna de Latvia subiendo y bajando a través de los ascensores de servicio cargando un pesado trolley con las sabanas. Ella es la encargada de asear las habitaciones y cambiar las sabanas de cada habitación. En el piso superior a la derecha pueden ver a Nando de las Islas Maldivas. El es ayudante de cocina y con una sonrisa en su rostro pica vegetales, fríe y hornea la comida que sale directamente a las mesas.  Y, por fin ya nos encontramos en el restaurante, esta sección se encuentra compuesta por personas agradables, blancas y nativas porque ellos son quienes tratan directamente con nuestros clientes. Ellos son la cara visible del Hotel, nos gusta decir.

¿Les ha gustado el viaje? Ahora a relajarse, divertirse y hasta pronto.

Europa se asemeja a un gran Hotel de lujo. En la superficie estamos rodeados de magnificencia, glamor, derroche y entretención. Nada falta y el ocio puede florecer en medio de la abundancia. Este es el lugar en que los liberales se duelen de la situación de los países pobres y, a veces, hacen donaciones para que alguna ONG provea agua potable en zonas rurales de África o Latinoamérica.

Abajo, gente proveniente del tercer mundo se abalanza sobre trabajos duros, mal pagados y con los que con gran dificultad lograr  solamente subsistir. Ellos nunca tendrán educación para ellos, nunca serán propietarios de una vivienda, nunca irán a la Universidad y probablemente nunca terminarán de aprender inglés tampoco. Ellos, los pobres del mundo, son quienes mantienen funcionando este viejo Hotel Europa sin ser visibles. O más bien siendo ocultados por las autoridades del Hotel quienes los temen pero necesitan imperiosamente para mantener el Hotel funcionando. Porque la separación entre la superficie lujosa y temperada y los pasillos fríos del subterráneo se hace cada vez más hermética.

¿Cuántos de nosotros vemos las manos heridas de los trabajadores explotados de Guatemala, Colombia, Etiopía o Costa de Marfil cuando bebemos una taza de café mientras pensamos en nuestros asuntos?

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

The opposite to White Privilege is not guilt, it is Justice

Some time ago, I took part in a political rally about the environment. A young activist approached me. We exchanged the usual greetings, and he asked me where I was from and what I thought of the rally. I told him about my country being exploited by multinational extractive companies, living in semi-feudalism and under the spell of re-foundational rhetorics. By the way, more or less the reality of any Latin American country at this moment. After listening to me carefully, he said: “On behalf of my country, I apologise because our privileges have made the countries of the global south, like yours, poor.” End of the story.

George Floyd’s killing triggered a reset of mind across the Atlantic. Amid the pandemic, young people in Bristol and London brought down statues of philanthropists, university founders and European philosophers linked to the slave trade. This movement also prompted the use of a new vocabulary to talk about racism.

A young generation of English and North American activists, including Otegha Uwagba, Reni Eddo-Lodge and June Sarpong, have used the concept of White Privilege to highlight the consequences of unchallenged racism. It becomes a system that provides broad opportunities for self-fulfilment for White People while keeping the population of colour in low-paying jobs, with low expectations of social mobility via education, and living in slums in major European capitals. Fertile ground for radicalisation, by the way.

The idea of White Privilege comes to shift the focus on people of colour towards the white population. If there is a system that is designed to give you advantages over others, why would you want to challenge it? If you benefit from the system, why feel guilty about profiting from it?

The reactions of the white population to this idea are divided between the extreme of those who vehemently reject it (KKK), and those who want to subvert the social order by calling for a social revolution in the name of race. In the middle are hundreds of thousand well-meaning white people who are more or less aware of racism in Europe without actively participating in the fight against it. Bystanders they are called. These people feel guilty every time the police publish reports about the increase in police incidents associated with racism, the representation of the imprisoned black population or people of colour living in poverty or social exclusion in rich countries.

The secular guilt that comes from being aware of White Privilege can give rise to simple mitigation practices or political correctness that all we know very well—for instance, not talking about racism, changing the subject when presented, laughing at jokes when it is mentioned in the news, or talking about your only black friend, your race token, when someone brings the subject.

The problem is that these practices leave the underlying question untouched: The reaction to privilege is not guilt but justice. Racism constitutes a form of the perpetuation of whiteness as the paradigm of what is good, beautiful and true. The point is that none of this has ever existed except through political domination and economic plundering of third world nations by the first. Through the centuries, racism has only justified the extermination of people in the name of a white minority that has known how to take advantage of the fruit of that exploitation. They are the rulers of the world; they are travelling to space, and, I am sure, they are creating a free-guilt planet for all those who do not want to hear about justice.

La reacción frente al privilegio no es la culpa, es la justicia

Ángel Marroquín

En una ocasión fui a una manifestación pública en favor del medioambiente. De pronto un joven activista se me acercó. Intercambiamos frases de cortesía, me preguntó de dónde era y qué pensaba de la manifestación. Le hablé de mi país explotado por empresas extractivas multinacionales, viviendo en el semi-feudalismo y el eterno embrujo re-fundacional. Mas o menos la realidad de cualquier país Latinoamericano. Tras escucharme y pensarlo un poco me dijo: “Te pido perdón a nombre de mi país porque es nuestro privilegio el que ha hecho pobre a los países del sur global como el tuyo”.

¡Chan!

El asesinato de George Floyd impulsó una estela de cambios de mentalidad al otro lado del Atlántico: en medio de la pandemia los jóvenes en Bristol y Londres derribaron estatuas de filántropos, fundadores de universidades y filósofos, ligados a la trata de esclavos. Este movimiento también impulsó el uso de un nuevo vocabulario para hablar de racismo.

Una joven generación de activistas Ingleses y Norteamericanos, entre las que se encuentran Otegha Uwagba, Reni Eddo-Lodge y June Sarpong, han usado el concepto de White privilege para resaltar la manera en que el racismo no desafiado se convierte en un sistema que brinda amplias oportunidades de realización personal para la gente blanca mientras mantiene a la población de color en trabajos mal pagados, con reducidas expectativas de movilidad social vía educación y viviendo en barrios marginales en las principales capitales de Europa. Caldo de cultivo para cualquier radicalización.

El concepto de White privilege viene a cambiar el foco de atención en la población de color y la pone  en la población blanca. ¿Si hay un sistema que está diseñado para darte y heredar ventajas sobre otros, por qué querrías desafiarlo?, ¿Si te beneficias del sistema para qué sentirte culpable de beneficiarte de él?

Las reacciones de la población blanca a esta idea se dividen entre el extremo de quienes las rechazan totalmente (KKK) y quienes quieren subvertir el orden social llamando a una revolución social en nombre de la raza. En medio de ellos se encuentra la gente blanca bienintencionada y que es más o menos consciente del racismo en Europa sin involucrarse activamente en su combate. Estas personas se sienten culpables cada vez que la policía publica informes acerca del incremento de incidentes policiales asociados a racismo, sobre representación de población negra encarcelada o población de color viviendo en la pobreza en países ricos.

La culpa secular que proviene del ser consciente del White privilege puede dar origen a prácticas rápidas de atenuación o corrección política: no hablar de racismo, cambiar de tema cuando el tema se presenta, reírse de las bromas de la abuela cuando en las noticias se menciona el tema o hablar de tu único amigo negro, tu race token.

El problema es que estas prácticas dejan intocada la cuestión de fondo: La reacción frente al privilegio no es la culpa, sino la justicia. El racismo constituye una forma de perpetuación de la blanquitud como el paradigma de lo bueno, lo bello y lo verdadero. El tema es que nada de eso ha existido sino por medio de la dominación política y la expoliación económica de las naciones del tercer mundo por el primero. El racismo a través de los siglos solo ha justificado la exterminación de personas en nombre de una minoría blanca que ha sabido aprovecharse del fruto de esa explotación en su beneficio.

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