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Aprender a tener Derechos

La diferencia entre un niño y un adulto radica en que el adulto es públicamente responsable de sus obligaciones y de sus derechos. Los niños no van a prisión, los adultos pueden ir a prisión y pueden también unirse a un sindicato para exigir sus derechos laborales. Los adultos deciden también donde ellos quieren vivir.

Cuando viajamos llevamos sin saberlo nuestra experiencia, buena o mala, como titulares de derechos. Hay quienes cruzan fronteras escapando de una inexistencia total de derechos, la guerra. La línea de existencia de los derechos humanos suele coincidir con la frontera física de los países. Donde hay derechos hay bienestar.  

En los países europeos los derechos y el bienestar son tomados por dados. La primera generación de derechos humanos, la de 1948, se encuentra tan profundamente adherida a la piel que a nadie se le ocurre exigir el derecho a participación política o a la libertad. 

La primera experiencia que muchos de nosotros tenemos de un país europeo se juega en la bajada del avión. Un letrero escrito en inglés divide a los pasajeros frente a la cola de inmigración: europeos de este lado, resto del mundo del otro.

El pasaporte es timbrado, pasamos de un lado a otro, pero ya no somos los mismos.

En el otro lado podemos leer en los periódicos las preocupaciones del día: se ha creado una comisión para obligar a grandes multinacionales a respetar el derecho a la privacidad de sus usuarios; una compañía es obligada a devolver dinero a sus clientes; otra empresa es sancionada con una multa millonaria por evadir impuestos, ciudadanos organizados apelan por su derecho a trabajar desde sus hogares, grupos de LGBTQ acusan a una empresa por discriminación, etc. 

Muchos de nosotros miramos con ironía los titulares de los periódicos mientras pensamos que en nuestros países las empresas son las que llevan a los estados a las cortes, las empresas son libres de hacer lo que quieren con la privacidad de sus usuarios y las minorías, -afro, indígenas, sexuales etc- son ignoradas salvo cuando pueden ser usadas con propósitos comerciales o manipulación política.

Con sorpresa las preocupaciones de Europa nos parecen “problemas de primer mundo”, pero no lo son. 

Mirados con cuidado es posible ver que estos problemas han surgido y evolucionado porque existen derechos sociales que los garantizan a cada habitante de país y los hacen verdaderamente capaces de ser exigidos. Estos derechos llamados derechos sociales (o de tercera generación) son aquellos a los que se apela cuando se habla de derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación, al desarrollo de una vida digna o al libre desarrollo de la personalidad, etc. 

Que la preocupación de los ciudadanos y el debate público esté orientado hacia estos temas quiere decir que los esfuerzos colectivos de los ciudadanos, (las marchas, la recolección de firmas para exigir una medida o interpelar a alguien en cargo público, la organización de mítines y marchas, etc.), apuntan hacia el surgimiento de nuevos desafíos o amenazas para la democracia del país: las empresas tecnológicas que dan empleos pero evaden pagar impuestos, la creciente influencia de grupos de extrema derecha, el aumento de la contaminación por la instalación de un nuevo aeropuerto internacional o las amenazas a la privacidad en un mundo crecientemente interconectado. 

Todas estas constricciones sostienen el bienestar de las sociedades europeas, como quienes venimos del tercer mundo podemos comprender fácilmente porque en nuestros países ese bienestar ha sido hipotecado o abiertamente entregado a las empresas por las endogámicas oligarquías nacionales.

Como podemos ver el bienestar de la sociedad europea descansa en un tenso equilibrio: la exigibilidad de derechos sociales y el crecimiento económico. Ninguno de los dos tiene un valor por sí mismo, ambos son caras de una misma moneda. Aquí nadie va a instalar una chimenea y a decir que es bueno para la economía porque va a emplear gente local como le escuché decir una vez a un gerente chileno blanco.

El bienestar radica en los derechos y en la capacidad que cada uno de nosotros tiene de participar en la democracia que les da valor y los respeta. 

A diferencia de los ciudadanos nacionales, nosotros debemos aprender esta relación cómo aprendemos un nuevo idioma: avanzando, retrocediendo, memorizando y sobre todo, sin miedo a cometer errores. ¿Por qué es importante para nosotros?

 Porque en este aprendizaje se juega la salud de la democracia y nuestra capacidad para vivir plenamente y con dignidad en este país.

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