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Estamos en paz

Tras vivir algunos años en el extranjero volví a mi país de origen por un corto tiempo. Este hecho me obligó a mirar de nuevo ciertas cosas que me parecen pueden interesar a otros que han pasado por situaciones similares. De estas impresiones quiero hablarles.

Una de las primeras cosas que nos sucede es que al regresar uno ve con ojos cambiados las calles de la infancia y rara vez las encuentra mejores. Ahí están las mismas calles, más sucias, más crepusculares, los edificios derruidos o arruinados y en el caso de Latinoamérica un incesante aumento de la pobreza, la inestabilidad política, la demagogia, los asesinatos, el tráfico de drogas etc.

Tras ver todo esto uno se termina por preguntar: ¿Quién puede querer volver a su país de origen si cada vez que le miras encuentras motivos que te dicen que fue una buena decisión escapar de él en primer lugar?

En eso estaba pensando cuando un amigo me preguntó: ¿Cómo encuentras al país que dejaste? Tras escuchar mi letanía de quejas, mi amigo me dijo: “te contaré una historia que tiene que ver con lo que me dices”.

Años atrás y tras muchas aventuras de por medio, mi amigo se encontró con una antigua amante. Tras la primera impresión él quedo impactado por la forma en que ella había envejecido. Claro, ella estaba más gorda, su piel arrugada y su vientre abultado. Él no estaba mejor que ella.

Tras un par de bebidas él se atrevió a mirarla largamente a los ojos y, para su sorpresa reconoció en ese cuerpo maltrecho a aquella mujer de la que había estado enamorado fervientemente hacía muchos años atrás. Allí estaba la joven amante: más compleja, más bella y aún al decir de mi amigo, extrañamente atractiva y sensual. Ahí estaba ella, presa en un cuerpo extraño que no le hacía ninguna justicia a la belleza que ella había ganado con el paso tiempo.

De pronto entre estos dos extraños se estableció un puente de confianza, complicidad y cercanía existencial. El mundo dejó de ser un lugar hostil donde la muerte, la decrepitud y la enfermedad campean y dos extraños se encontraron. Así de simple. Lo que sucedió a continuación, mi amigo se lo calló por pudor.

¿Qué tiene que ver esta historia con el retorno al país de origen?

Mi amigo intentaba hacerme ver que lo que vemos al retornar al país de origen es simplemente la superficie y no el fondo de lo que nos pasa por dentro y que, al mismo tiempo, lleva mucho esfuerzo distinguir aquello que hay en nosotros de más honesto y que nos conecta con nuestro país de origen. Así como hay quien se queda, hay quien retorna y quien se pierde sin descubrirlo nunca. Todos somos migrantes, pero de diferente magnitud.

Aun así, el paso de tiempo, como en el cuerpo de la amante, ha dejado sus huellas en el viejo y querido país de origen. Calles enteras han sido borradas y levantados centros comerciales en su lugar. Iglesias han sido abandonadas y viejos vecinos han muerto mientras recién nacidos han venido a ocupar el lugar dejado vacante. Otros niños juegan y se enamoran en las calles mal iluminadas del extrarradio metropolitano.

Nada de eso tiene el menor remedio. Somos seres destinados a vivir sin memoria. Lo sabían nuestros abuelos y padres, ahora lo sabemos nosotros por experiencia propia.

¿Qué podemos hacer sino dar las gracias a esa amante que nos empujó al camino en medio de promesas de voluptuosidades aun no experimentadas?

Tal vez lo único realmente bueno que hizo por nosotros nuestro país de origen fue esa patada con la que nos echó al camino en la madrugada. Ese rechazo hoy es recibido por la tranquila franqueza de la mirada que tienen algunos migrantes sabiendo que su país de origen no los quiere y no los necesita para nada. Estamos en paz.

Photo: Sebastian Silva: https://a-visual-diary-for-tomorrow.tumblr.com/

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