¿Cómo puedo ayudar? 

Angel Marroquin

La triste repetición de conflictos armados en el mundo ha tornado trivial nuestra solidaridad hacia los refugiados. Cada noche en la televisión y los medios podemos verlos abandonando sus casas en ruinas y sus pueblos bombardeados, siempre en marcha, intentando encontrar un lugar seguro en el que esperar que la guerra termine.

Y no es solidaridad lo que falta a su alrededor, todo lo contrario. Son muchas las personas que ayudan en lo que pueden: donar dinero, alimentos, un techo, transporte, información o simplemente compañía. Sin embargo, la exposición a la guerra prolongada ha tornado este gesto de solidaridad en un gesto fantasmal. Hemos sido privados de la excepcionalidad para caer en la rutina de dar sin vernos obligados a pensar en las razones de lo que estamos haciendo. La solidaridad ha dado paso a caridad.

Hasta que algo excepcional nos sucede.

Hace unos días atrás conocí a una persona. Tras las introducciones de rigor le conté que era chileno y el me respondió que tenía amigos chilenos que había conocido cuando se unió a un grupo de solidaridad con Chile durante los años de la dictadura de Pinochet. Estas personas se reunían cada jueves fuera de la Embajada de Estados Unidos para protestar y pedir por la liberación de los presos políticos y personas que eran reprimidas, apresadas, torturadas, asesinadas y desaparecidas por militares en Chile.

Tras abrazarlo darle las gracias le conté como la presión internacional había jugado un rol clave para presionar a Pinochet a llamar a un plebiscito. Entonces lo mire mientras él me sonreía.

Mientras le miraba me pregunte hacerla del rol que juega la conciencia política en los gestos de solidaridad y donación material que tenemos hacia los refugiados hoy en día.

Porque lo que había motivado a este hombre a dejar su casa para salir a protestar en nombre de personas que eran asesinadas y torturadas en un oscuro país del tercer mundo era simple y profundo: el creía que todos los seres humanos tenían los derechos que él tenía como habitante del primer mundo. En otras palabras, la violación de los derechos humanos de esas personas le concernía porque él era igual a ellos. Él debía alzar su voz por los que no podían siquiera hablar porque eran asesinados.

¿Tenemos nosotros hoy esa conciencia cuando pensamos en los refugiados?, ¿Consideramos realmente a los refugiados como personas que tienen los mismos derechos que nosotros? ¿Somos capaces de ver las guerras como conflictos que nos conminan a expresar una posición política frente a la violación de los derechos humanos?, ¿Cuántos de nosotros dejamos nuestras casas para ir a exigir el fin de la muerte de civiles en las guerras porque ellos son iguales a nosotros?

Yo no tengo la respuesta a estas preguntas, pero de algo si estoy seguro: la respuesta no está en mirar para otro lado mientras uno se mete la mano al bolsillo.

Photo Sebastian Silva

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