El camino que baja es el camino que sube

Ángel Marroquín

Conducía a mi trabajo hace unos días atrás cuando me detuve frente al cruce de un puente en una carretera rural. Estaba solo frente a un largo semáforo en rojo. 

Conducir a través de carreteras rurales es como una larga caminata a la orilla del mar. En ocasiones y sin que lo esperes, el mar lanza una botella con un mensaje ahí, a tus pies. Eso es lo que me sucedió esa mañana mientras esperaba que el semáforo pasara del rojo al verde.

El cielo era de un azul intenso, el sol de principios de primavera brillaba y la temperatura era fresca. El silencio era solo interrumpido por el fluir del agua espiralada y profunda que pasaba bajo el puente de piedra.

De pronto, la sensación atmosférica del momento, la compleja combinación entre la luminosidad del sol, la humedad del rio cercano y el calor del sol en mi piel, me parecieron las mismas que había experimentado años atrás en el otro país, el país de origen. Literalmente al otro lado del mundo, en el otro hemisferio del planeta, en otro continente.

Esa sensación de la temperatura y el calor que tímidamente yo reconocí como aquella que se hace camino en mi país entre los últimos días del verano y anuncia la inminente llegada del otoño y el invierno, me había acompañado por muchos años mientras me preparaba para iniciar la escuela en Marzo tras el siempre triste, final del verano.

Hoy frente al semáforo en rojo y a miles de kilómetros de distancia me preparaba, esta vez, para la primavera y el verano tras dejar a tras la ominosa atmosfera del invierno al otro lado del mundo.

De pronto fui consciente que habían dos extremos de una cuerda que se rozaban por un momento: la luz del sol vivida allá, en el pasado y la que ahora me rosaba no eran idénticas, eran la misma.

Por un momento se me había permitido habitar dos espacios simultáneamente y era esa breve y voluptuosa apertura al mundo, la que me había regalado ese momento. Ese Kibbutz del deseo del que hablaba Oliveira.

Entonces mi cuerpo me dijo que esa sensación estaría ahí mientras viviera: así como habían palabras en mi lengua materna que podían expresar emociones y pasiones únicas, así también habían palabras en el nuevo idioma que podían expresar cosas nunca antes vividas. La atención al dialogo entre ambas iba a ser el camino que debía yo seguir.

Justo entonces el círculo verde se iluminó y pude seguir mi camino. 

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