Mientras caemos

Ángel Marroquín

La primavera llega al hemisferio norte y con ella va quedando atrás el encierro y largos meses de frío y oscuridad. Los días se hacen más largos, la gente comienza a hacer planes de vacaciones y los lugares preferidos resultan ser aquellos que concentran paisajes de naturaleza en estado puro. Quebradas majestuosas frente al mar, tupidos bosques o desiertos blanquecinos en remotos lugares del planeta resultan ser los más buscados.

Parece suceder que quienes se abalanzan sobre estos hermosos y sobrecogedores paisajes quisieran obtener de ellos algo más que la fría indiferencia de viejos arboles, verdes colinas, el ruido del mar o los fríos minerales que iluminan el atardecer en el desierto.

Tras largos meses de lockdown uno puede entender que deseemos retornar a la naturaleza como quien vuelve al vientre materno y sentirnos parte de ella y hasta intentar vivir un poco salvajemente como vegetarianos, veganos, hidrophonicos etc, pero si lo miramos con un poco de atención parece que nada de eso nos está permitido.

Por más largo ha haya sido nuestro viaje en busca de esos dramáticos paisajes naturales originarios, se nos aguarda con frialdad. Y es que tras el largo viaje hacia esos destinos la naturaleza, como un espejo, solo nos devuelve nuestro propio reflejo de viajeros cansados y eternos aprendices.

¿No resulta inquietante que solo nos sea dado enfrentarnos a nuestro propio rostro demacrado después de meses de encierro cuando lo que más buscamos es paz, solaz y comunión con la naturaleza?

Y es que la belleza de la naturaleza no es capaz de llenar el vacío que ha dejado en nosotros la clara evidencia de nuestra dudosa existencia en un mundo repleto de cosas materiales que no hacen sino acrecentar el hambre por algo más. Algo que ni siquiera somos capaces de nombrar.

Si a esta altura de nuestro viaje alguien sigue pensando que la vida en estos paisajes naturales en el tercer mundo es más sencilla y satisfactoria que su vida en medio de la ansiosa y ocupada ciudad desarrollada, se llevará una triste decepción. Ya lo decía el Poeta: “En tu camino no encontrarás Ciclopes ni Lestrigones si no los llevas dentro de ti”.

Sin embargo tenemos la intima necesidad de retirarnos hacia la naturaleza en busca de algo con lo que soportar la fuerza del vacío y el horror. Y es tal vez esta necesidad de errar, de movernos sin cesar la que mejor define nuestra relación con esa fantasía de naturaleza originaria por la que comenzamos a buscar en folletos turísticos y tablas de horarios de aviones, trenes expresos y  buses.

¿Que es lo que sentimos cuando vemos el mar batiendo sus olas salvajemente contra la orilla de la playa o cuando oímos el susurro de las ramas de los arboles mecidas por el viento del otoño?, ¿Cuando vemos en la madrugada el color de la escarcha sobre la tierra congelada?, ¿Cuando olemos el aroma del pasto recién cortado en el calor de la tarde?, ¿Cuando vemos los dorados campos de trigo en medio del verano o los corderos recién nacidos dando sus primeros pasos en febrero?

Cuando todo eso sucede frente a nosotros, tenemos clara conciencia de nuestra insignificancia. En silencio la vida se muestra a sí misma en su misterio concreto e invisible.

Tal vez hoy no tenemos otra certeza que es eso invisible lo que nos mantiene aún con vida y es lo único que puede hacernos mejores mientras caemos.

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