Building a fire in Glasgow

Ángel Marroquín

En el cuento Build a Fire, Jack London cuenta la historia de un hombre que contraviniendo las advertencias de los lugareños, se arriesga a caminar de un pueblo a otro para visitar a unos amigos en la región de Yukón en el bosque boreal de Canadá. La temperatura es extremadamente baja y el perro que le acompaña, camina reluctantemente tras él. Pasado el mediodía y ya en medio del camino, el hombre se detiene y decide encender un fuego para secarse y comer algo. Como protección usa un espacio bajo un árbol y enciende el fuego. A continuación el hombre mueve unas ramas y con el calor del fuego, la nieve que estaba contenida en las ramas cae apagando el fuego. El hombre muere congelado y en la escena final del cuento el perro aterido continúa solo el camino hacia el pueblo en medio de una borrasca de nieve.

Toda la tensión del cuento se encuentra en un hecho: el error del hombre al hacer el fuego bajo un árbol cargado de nieve. Las consecuencias de ese error son las que finalmente acaban con su vida. Pero por otra parte el clima extremo hace que el error del hombre adquiera mayor proporción y resulte mortal. La naturaleza termina cobrando su revancha contra el hombre. En este juego no hay segundas oportunidades.

¿No es acaso similar la situación a la que nos encontramos hoy respecto a la crisis climática?, ¿No estamos también encendiendo un fuego bajo un árbol cuando somos incapaces de acordar un marco regulatorio exigible para detener la emisiones de gases de efecto invernadero, ponerle un freno a los desmedidos intereses y lobby de las grandes compañías petroleras, cuando no somos capaces de proteger la naturaleza que nos sustenta o cuando somos incapaces de detener nuestro estilo de vida enloquecidamente consumista?

La última COP 26 en Glasgow resulta ser sintomática en este sentido:

La ausencia de algunos de los representantes de los países más contaminantes del planeta: China, Rusia, Brazil y Arabia Saudita.

Los países ricos que fallaron en proveer asistencia económica a los países pobres que no tienen mayor responsabilidad en la producción histórica de emisiones y que se encuentran atravesando una crisis que no ayudaron a crear pero que deben pagar.

Los gobiernos que fallaron en involucrar a la sociedad civil en las discusiones y propuestas. De hecho habían más representantes de grandes compañías multinacionales que activistas, indígenas o jóvenes en el salón azul de la COP.

Australia que se negó a comprometerse en la reducción de Metano y la participación de UK no pasó de ser una compilación de frases hechas, citas de James Bond, partidos de fútbol y lo que Greta Thunberg calificó como Blah, blah, blah.

A esto hay que sumarle un set interminable de declaraciones: terminar con la deforestación en 2030, plan para coordinar la introducción de energía limpia, el compromiso para reducir las emisiones de metano en 30% en 2020, el acuerdo para terminar con las plantas generadoras a carbón entre el 2030 y 2040 o en anuncio de India de net zero para el año 2070.

Algunos piensan que los resultados de la COP26 van bien encaminados y confían en que se fortalecerán los acuerdos entre los múltiples actores e intereses en juego. Para mí lo de Glasgow se parece a ese fuego que ha sido encendido bajo el árbol en el cuento de London: tarde o temprano la naturaleza terminará cobrando su revancha contra el hombre aprovechando su error, su osadía, su estupidez. Quién sabe, tal vez el hombre del cuento pensaba en eso cuando sentía un tibio entumecimiento subiendo desde sus piernas y ganas de dormir, mientras el perro se alejaba mirando hacia adelante y perdiéndose de vista entre la nieve.

Photo: Extinction Rebellion, London, 2021

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