¿Qué quieres hacer cuando seas grande?

Ángel Marroquín

El misterio de una vida no puede ser descifrado sino por quien la vive. Vamos y venimos, damos vueltas y vueltas solo para retornar una y otra vez a los mismos lugares, las mismas luces y tinieblas, los mismos paisajes, los mismos aromas. Ignoramos los límites de nuestra invisible prisión personal.

Hasta que de pronto comprendemos, nos damos cuenta y somos, por fin, conscientes. Entonces es cuando las cosas cambian, cuando somos cambiados por las cosas a nuestro alrededor. Una y otra vez debemos empezar de nuevo a vivir.

Algo trivial, un hecho cotidiano, insignificante en apariencia, nos trae de vuelta al asombro de estar vivos, nos hace conscientes de lo que necesitamos o simplemente de lo que ya no necesitamos más. Algo así le sucedió a un amigo y me sucedió a mí mientras escuchaba su historia.

Conversando me dijo: “Mi hija está en esa edad en que la gente comienza a preguntarle ¿Qué quieres hacer cuando seas grande? A mí me da lo mismo lo que ella diga, me dijo, pero me siento un hipócrita al tratar de decirle: “Sigue tus sueños”, “Haz lo que te haga feliz”, porque yo mismo no lo he hecho”.

En cuanto terminó la última frase, yo pude percibir que algo cambiaba en él. Su secreto había sido develado, su pesadilla personal había sido narrada, por fin. De alguna forma contarlo le había permitido deshacerse de algo, ponerlo en la mesa.

Mientras yo miraba eso que estaba ahí, en la mesa, pensaba en como todos nosotros somos arrastrados por la inercia de las rutinas, los plazos mensuales y los olvidos voluntarios e involuntarios. Sin percibirlo, día a día, nos vamos viendo envueltos en una extraña negociación con nosotros mismos en la que cada vez se nos pide más actuar como el mundo quiere y menos como naturalmente nos sentimos inclinados a actuar y a decidir. Hay quien le llama “Madurez” al proceso de adaptación a esta clase de rutina aniquilante.

El problema es que no estamos negociando con piedras u otra cosa inerte, estamos negociando con nuestra vida, con el precioso y breve tiempo que tenemos para desarrollar esa “salvaje y extraña” singularidad que cada uno de nosotros posee y que es irrepetible y, de alguna forma, sagrada.

Se nos ha hecho creer que seguir nuestros sueños es algo que debe rimar con el éxito comercial, el reconocimiento social o la reputación. Pero cuanto más buscamos estas cosas, más aprisionados quedamos al precio que debemos pagar por ellas. Si no somos invitados a una importante reunión nos sentimos rechazados o disminuidos en nuestra autoestima, pero no consideramos que para estar en esa reunión debemos pagar un alto precio: mayor involucramiento en el tema, más horas gastadas preparándonos, beber más tazas de café hablando sobre cosas que no nos interesan, tiempo gastado en adulación, etc.

Contrariamente, el éxito parece consistir en ganar la libertad de desapegarnos de esas obligaciones que nos alejan de quienes somos, de nuestra laboriosa, difícil e interminable tarea de gobernarnos a nosotros mismos.  Seguir nuestros sueños tal vez quiere decir cambiar la vida, ganarnos en lugar de perdernos en la interminable negociación entre nosotros mismos y el mundo.

Como sea, a cada uno de nosotros nos llegará el momento en que nos veamos en la situación de mi amigo: desear decirle a un joven “sigue tus sueños”, “haz lo que te haga feliz” y contrastar nuestra propia vida con esas intenciones.

¡Buena suerte!

Photo: Sebastián Silva

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