Buscando la luz

Ángel Marroquín

Una de las cuestiones más difíciles hoy en día es dar un sentido a lo que pasa a nuestro alrededor. Sin ideologías omnicomprensivas, sin religión ni revolución social a la vista, hemos quedado frente a frente a nuestra peor pesadilla: el neofascismo y la ultraderecha ganando terreno a punta de fake news y postverdades. “El desierto crece” dijo el filosofo de la triste figura. Hoy nos miramos y todos entendemos a qué se refería.

Porque a ninguno de nosotros nos queda duda acerca de la erosión en que vivimos cuando pensamos en las cifras que ha dejado la pandemia: aumento en el número de niños viviendo en la calle, aumento en consumo de drogas y alcohol, aumento de suicidios y violencia intrafamiliar, etc. Mientras estas cifras aun no son revertidas, las puertas del consumismo rampante y la cultura de celebridades se presenta como única forma de robustecer la economía. Cosa que viene a ser como si un enfermo de cáncer gástrico pretendiera sanarse comiendo hamburguesas sin parar.

Pero no todo el suelo ha sido horadado, el altruismo no ha disminuido y aún tenemos miles de personas intentando hacer realidad valores como la solidaridad, la fraternidad, la igualdad o la libertad en países como Afganistán, Chile, Hong Kong o Bielorusia. Todo lo contrario, en esos países esa gente recibe balazos en los ojos, están presos o simplemente desaparecen de un día para otro sin dejar rastro.

Lo terrible, ¡Y he ahí el desierto! Es que a nadie parece importarle lo más mínimo porque una creciente avalancha de información irrelevante sumerge esas tragedias y las hace a todas iguales: pedazos de algo que apenas se distinguen en el océano informativo que se mueve sin cesar. Trazos de información que nadie puede recordar con claridad.

Y es en esta repetición de trivialidad sazonada con tragedia que encontramos la más peligrosa de las manifestaciones culturales del mundo actual: la falta de sentido. En un mundo en el que la verdad es manipulada según la conveniencia de los poderosos y sus grupos de interés, los límites entre el bien y el mal se desdibujan: ya no hay nadie para representar el papel de la verdad. Todos parecemos ser culpables hasta que se pruebe lo contrario.

Padres, profesores, tutores y gurúes, líderes políticos aparecen cuestionados por su incapacidad para encarnar el bien que proclaman o enseñan y determinar claramente la diferencia entre, por ejemplo, la valentía y la cobardía (menos aún mostrarle a sus hijos, alumnos o guiados cómo se comporta una persona valiente). Por otra parte aparecen autoridades interesadas en manipular a esta masa que busca certezas. Esos son los fascistas de derecha y de izquierda. Se les reconoce fácilmente porque ofrecen atajos, hablan usando grandes palabras y ofrecen soluciones. En fin, todos les conocemos ¡Lo que no hace que sean menos votados o irrelevantes en cada elección!

Frente a esta oscura actualidad es que yo quiero compartir con ustedes una historia:   

Un maestro cercano ya a su muerte decide hacer de este momento la última enseñanza para sus dos discípulos. El viejo maestro despierta a sus dos jóvenes alumnos a la medianoche, enciende una antorcha y los conduce al medio de un espeso bosque. Una vez allí, el viejo maestro apaga la antorcha y permanece en silencio. Entonces el más joven de los discípulos le pregunta:

¿Vas a dejarnos solos aquí en medio de esta oscuridad?

Entonces el viejo responde: “No, no voy a dejarlos aquí en la oscuridad”, “Voy a dejarlos  buscando la luz”.

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