Las verdaderas fronteras son las que separan a una persona de la justicia

Ángel Marroquín

Las verdaderas fronteras son invisibles. No son las que separan a un país de otro, las que estampan pasaportes en los controles migratorios de los aeropuertos o las que folclorizan las diferencias entre personas de un pueblo u otro.

Las verdaderas fronteras son las que separan a una persona de la justicia, son las que separan a una madre de los anhelos de educación para sus hijos, las que separan a un padre de un sueldo suficiente para alimentar a su familia. Las fronteras son las que separan al enfermo de un tratamiento apropiado para sanar de su enfermedad. Fronteras son las que separan la necesidad de la fe.

Y no sólo son los inmigrantes o refugiados, -esos que andan los caminos, Dios los proteja-, quienes tienen conciencia de esas fronteras, también los jóvenes europeos nativos: la fronteras que los separan de sus aspiraciones de tener una casa en que dormir, de tener trabajos estables en los que proyectarse, de vivir en un ambiente libre de polución, de darle educación y salud a sus hijos. De darle sentido a sus vidas más allá de ser meros consumidores de cosas.

Las fronteras se extienden a lo largo de la sociedad Europea, dividiendo, mutilando, matando con invisible eficacia. Con la extensión de esas fronteras el sinsentido crece y la vida se transforma en mera sobrevivencia. La vida queda empobrecida a un nivel nunca antes visto. La soledad, el suicidio, la ansiedad, la depresión y el sinsentido son exhibidos como los costos del progreso material y cada día son creados nuevos placebos para intentar luchar contra una falta de sentido que ya es asumida como normal. Las fronteras han sido introducidas, aceptadas y acatadas.    

¿Cómo es que no vemos estas fronteras? Y es este el drama y la paradoja: las vemos y no las vemos.

Pasamos de un lado a otro con mucha facilidad, fluimos a través de ellas y a veces no sabemos de qué lado estamos, sin embargo, podemos elegir verlas y no verlas.

No las vemos cuando estamos en la superficie, cuando las cosas nos van bien. La vanidad, el derroche y la inconsciencia nos delatan como seres débiles e inconstantes. El viento sopla a nuestro favor y creemos merecerlo, nada más importa. El horizonte engañoso se abre en todas sus promesas y excitantes posibilidades. Entonces las fronteras son invisibles porque no queremos verlas. ¡Qué difícil es pensar en la pobreza cuando uno está satisfecho!

Vemos las fronteras cuando estamos en el subterráneo, impedidos de gozar de los beneficios del sistema. Entonces se nos hace claro que estamos en una situación desmejorada y separados de aquello que podría habernos dado seguridad, estabilidad o predictibilidad en nuestra vida. Somos frágiles y dolorosamente conscientes de las fronteras. Ahora no reímos cuando el sol sale y miramos con desconfianza a quienes tratan de aleccionarnos. ¡Qué duro es pensar en la satisfacción cuando uno tiene hambre!

Las fronteras son las que nos ocultan el hecho que todo lo que consumimos ha sido producido por medio de trabajo precario de alguien más, miles y miles de personas que permanecen al otro lado de la frontera, en los subterráneos mal iluminados del mundo, trabajando incansablemente para producir a bajo costo en el menor tiempo posible. Debemos sostener ese recuerdo durante el día. Conservar la dolorosa conciencia de la fragilidad en que vivimos, esa es nuestra conexión con quienes somos realmente, más allá de la dualidad arriba-abajo, dentro-afuera, frontera-frontera.

Tal vez lo único que puede destruir las fronteras sea la dolorosa conciencia que estamos unidos a alguien allá abajo. Alguien que está produciendo el café que bebemos y el pan que comemos. Simultáneamente, tal vez, alguien allá arriba esté pensando en nosotros que producimos ese pan y ese café y quién sabe, tal vez, piense en nosotros y quiera cambiar…

Y quien sabe, tal vez piense en nosotros y quiera cambiar…  

(c) Photography by Sebastián Silva. https://la-periferia-interior.tumblr.com/

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