Si cambias de idea, la puerta siempre estará abierta

Ángel Marroquín

Pasamos nuestra vida obedeciendo a la voz de la razón: “Estudia algo útil”, “No gastes más de lo que ganas”, “Elije bien a tus amigos”, “Ese hombre no te conviene”, etc. El dulce murmullo de la cálida organización de nuestras vidas nos empuja suavemente a una vida alejada de los inesperados tumultos de la irracionalidad.

Tanto nos guardamos de tener una vida ordenada y predecible que esperamos de otros también aquello que nos permite mantenernos en nuestro orden. Esperamos ser atendidos a tiempo en la tienda, esperamos comportamientos racionales a la hora de discutir una propuesta en el trabajo, esperamos que todo se mantenga en calma mientras tomamos el bus y nos desplazamos de un lado a otro de la ciudad.

Pero ¿Qué pasaría si un día descubriéramos que todo ese orden, esa organización minuciosa de nuestra vida no es más que una frágil apariencia?, ¿Qué pasaría si un día despertamos y nos damos cuenta que toda esa vida que hemos construido para darnos satisfacción a nosotros y a quienes más queremos, no es más que un gigantesco muro de cristal que nos separa, nos aísla, de nuestro más genuino ser?

Eso es lo que le podría pasar a una persona que sufre de la denominada “crisis de mediana edad”. De pronto, mientras ella se aburre en un parque infantil conversando acerca de los mejores tipos de coches para bebés, una pregunta asoma: ¿Cómo es que vine a dar aquí?. Mientras él escucha a un joven brillante y ambicioso hacer su presentación de negocios también se pregunta: ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

La respuesta es simple y todos la conocemos: Nosotros mismos quisimos venir a dar ahí. En otras palabras, dejamos ir opciones riesgosas y tomamos aquellas que nos condujeron a esta paz que hoy ha mutado en un tipo de guerra silenciosa. Inútilmente nos revelamos contra esa otra persona que fuimos y que, tras ponderarlo, eligió una cosa y no la otra.

Mientras tanto, en un mundo paralelo alguien cambia de idea a última hora… “es la noche de los aficionados en la Opera de Harlem y una muchacha desgarbada, de diez y seis años de edad, sale atemorizada al escenario mientras la anuncian al púbico:

-La siguiente concursante es una joven llamada Ella Fitzgerald…La señorita Fitzgerald bailará para todos nosotros…un momento, un momento… a ver…¿Qué problema tienes guapa?…una corrección, amigos…la señorita Fitzgerald ha cambiado de idea…No va a bailar sino a cantar…”

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