Adelante, hacia una vida distinta

Ángel Marroquín

Años atrás le pregunté al joven hijo de un oligarca chileno que había llegado recientemente al país después de estudiar varios años en Estados Unidos:

-Si todo estaba tan bien en Estados Unidos, ¿Por qué decidiste volver a Chile?

El me miró sorprendido y luego de pensarlo un poco, me dijo:

-Decidí volver porque me di cuenta que Chile me necesitaba, me dijo.

A la mayoría de los inmigrantes provenientes de países pobres les es imposible pensar en retornar, por más que lo quieran. ¿Por qué? Porque sus países de origen ya no son lo que eran cuando ellos migraron y porque la situación, en la mayoría de los casos no ha hecho sino empeorar en esos países. Contrariando las palabras del joven hijo del oligarca chileno podríamos decir que sus países no los necesitan en lo más mínimo o en otras palabras, ninguno de ellos tiene un lugar “reservado” aguardando por ellos en esas sociedades que padecen eso que los especialistas llaman “democracias de baja intensidad”. [1]

Nada de eso, las vidas de estos otros inmigrantes está familiarizada con la de los refugiados: ninguna de estas personas puede permitirse volver a las ruinas de su país de origen. ¿Puede alguien sentir nostalgia por un país que le ha expulsado a fuerza de pobreza, injusticia, desigualdad o discriminación? ¿Puede un hijo querer volver a la casa desde la que ha sido expulsado por su propio padre?

Son muchos los mecanismos psicológicos detonados por la migración y son habitualmente sintetizados en lo que se va venido a conocer en la literatura como el ciclo de la migración. Se habla de una etapa de luna de miel en que el migrante ve solo esperanzas y sueños en su nuevo país, luego se habla de una etapa de ajuste de sus expectativas y de ajuste a la realidad y luego otra de ajuste a los usos culturales de sociedad de acogida. Luego de varios años de intentos, fracasos y éxitos finalmente se habla de integración a la sociedad de acogida.

Lo que estas teorías no dicen es que este proceso es seguido de cerca por uno silencioso e invisible de dialogo (imaginario y real) con el país de origen del migrante. No se trata de una evaluación sino de un cierto obligado distanciamiento respecto al país de origen, a la lengua materna, el cuestionamiento de los supuestos que el migrante portaba sin saber y que ahora, en la nueva situación, se vuelven de pronto superfluos o adquieren una nueva dimensión. ¿Para qué le sirve el nacionalismo a un inmigrante?, ¿Para qué le sirve ser fiel a su idioma si nadie lo habla a su alrededor?

¿Cómo entonces pueden los migrantes hacer frente a la persistente frustración que significa aprender un nuevo idioma, hacer una vida usando ese idioma, pasar por interminables papeleos para obtener una visa, trabajar en trabajos precarios y mal pagados, vivir en piezas o casas en malas condiciones y con costos altísimos o aceptar la discriminación y tomarla como algo natural con lo que deben vivir? Tal vez lo que explica esta resiliencia involuntaria es que los inmigrantes no tienen “Adonde volver la vista” como cantaba Violeta Parra. Sólo les queda avanzar y seguir caminando el único camino que conocen: adelante, buscando una vida mejor.

En una ocasión me tocó visitar Roma. Me confundí con los turistas en medio de las calles atestadas de gente. En cada esquina pude ver a un inmigrante africano vendiendo bastones para teléfonos celulares, carteras de imitación o protectores de teléfonos celulares. Lo que más recuerdo era la mirada triste en sus ojos, sus cuerpos delgados que se mantenían en movimiento sin descanso, sus ojos escrutando la multitud tratando de adivinar la esquina desde la que la policía podría asomarse.

No se puede sino sentir respeto por todos aquellos que dejaron su hogar para buscar una vida mejor, por aquellos para los que como dijo Diognetus: “cada país extranjero es su patria y toda patria es un país extranjero”. Aún cuando sean ellos los que fracasen y caigan, aún cuando sus cuerpos repleten el fondo del océano y aún cuando las cárceles estén llenas de ellos y aún cuando sean vistos como una enfermedad, su fe nos da fuerza y nos inspira a todos. ¿Quién los puede culpar por creer que había una tierra prometida para sus hijos, un lugar donde sus esperanzas pudiesen convertirse en realidad?, ¿No serías tu, que lees este texto ahora, capaz de hacer lo mismo por tus hijos? Anda, atrévete a pensarlo, atrévete a ponerte en sus zapatos y seguirlos en sus caminos polvorientos.

Deportar a un migrante consiste en desterrar esa posibilidad de una vida mejor, es extirpar un sueño, es dejar la tierra aún más sola, triste, muerta. En algunos casos significa una condena a muerte lenta en países pobres para familias enteras, sin educación y sin servicios básicos. Intentar escapar de esta miseria es lo que llena los botes de migrantes en el mar Mediterráneo y lo que los hace cruzar corriendo y saltar las elegantes sillas de playa de los turistas acomodados de Melilla, en busca de libertad.

¿Qué debemos hacer, entonces con ellos?

Debemos mirarlos a los ojos, ver su desesperación y compartirla porque como alguien dijo por ahí, su “ciudadanía no puede ser de este mundo”.


[1] Mientras tanto en Europa la agenda de cambio social promovida por los jóvenes liberales se basa en la ampliación de libertades civiles, la equidad de género, derecho al aborto y eutanasia, entre otros temas progresistas. Todas estas demandas conviven con la deportación y el endurecimiento de las leyes migratorias. Las marchas pro aborto concitan más simpatía que una campaña de apoyo a los migrantes o refugiados.

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