Perder

Tal vez el verbo que describe con mayor fuerza lo que hemos vivido durante estos años de pandemia es perder. 3.218.006 personas que han muerto en el mundo en la peor pandemia que ha afectado al planeta recientemente y que en Europa solo se la compara con la Segunda Guerra Mundial. En un día en India han muerto 3 mil personas  como consecuencia del COVID 19. Vidas perdidas.

Nada se puede comparar a la muerte de una persona ni al silencio y duelo que deja la muerte cuando arrebata a alguien a sus amados familiares que son dejados estupefactos frente a esta terrible perdida. Se han perdido vidas y también se ha perdido el futuro que imaginábamos para nosotros, los que quedamos. Brevemente quiero hablar de esto como una forma de respeto por los que ya no están. Como una forma de hacerlos presentes en todo lo que ha quedado sin hacer, sin vivir, sin ser pensado, sin ellos.

Con las personas muertas se han perdido también recuerdos y momentos especiales. Bodas han sido canceladas, viajes aplazados, trabajos detenidos y clases suspendidas. Lo que había sido, en algunos casos, minuciosamente planificado, ha quedado en vilo porque que no es posible preveer una salida clara a la evolución del virus hoy en día. En otras palabras, es cada vez más claro que es imposible retomar los planes que habíamos hecho porque no tenemos control sobre la forma en que las nuevas variantes del virus se van a mover, las vacunas son solo seguras en un porcentaje limitado para casos de re infección o porque es posible esperar re brotes del virus en sitios que hoy pueden parecer 100% seguros. Los mejores centros de salud del mundo y los gobiernos solo se atreven a suponer al respecto.

Las áreas bajo nuestro control son reducidas: usar mascarillas, seguir el consejo de nuestros gobiernos en materias de salud, vacunarnos etc. ¿Nos deja esta situación de manos atadas solo en el papel de obedientes ovejas? No.

Contra todo pronóstico hay algo, contra intuitivo tal vez, que sí podemos y estamos llamados a hacer hoy, cuanto antes: dar sentido  a este momento de liminalidad. Aún no hemos salido totalmente de la pandemia pero ya no estamos en el principio. Hoy nos encontramos aún en la noche de esta pandemia, en lo más profundo de la noche –India, Brasil, Perú, Estados Unidos-, pero el amanecer asoma. La muerte ha pasado segando las vidas de ricos y de pobres. La muerte ha derribado instituciones, gobiernos, hogares, familias y comunidades. Por eso es que al lento trabajo del duelo es a lo que debemos dedicarnos ahora, justo en esta medianoche. No podemos volver a la normalidad, debemos comenzar a aceptar que también a la normalidad la hemos perdido y debemos velarla hasta el amanecer.

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