La joven vieja Europa

Son extraños tiempos para vivir en Europa. La que antes fuera la cuna de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad hoy cierra sus puertas a refugiados e inmigrantes venidos de tierras en que la intervención militar internacional es la que ha destruido toda posibilidad de un gobierno basado en esos mismos valores.  Y es esto último, los valores globales europeos, sus desgaste y obsolescencia lo que más me impresiona.

Ha desaparecido el ideal internacionalista que antaño impulsó campañas contra el Apartheid sudafricano, la explotación infantil en el sudeste asiático o la solidaridad con la lucha chilena por la democracia en los años ochenta, por mencionar solo tres ejemplos. Europa parece cerrada en sí misma entusiasmada en impulsar una agenda liberal que a los ojos de los no europeos, parece suntuosa y narcisista.

Las luchas por la igualdad de género, matrimonio igualitario, libertades civiles no entroncan en ningún caso con redistribución de riqueza o solidaridad con los países pobres. De hecho todas esas luchas conviven con la restricción de movimiento de inmigrantes, deportaciones y rechazo a recibir refugiados. Por no hablar de las propias políticas neoliberales aplicadas a desempleados, sin casa etc., en sus propios países.

Desde su confort social los liberales europeos ignoran voluntariamente el lugar desde el que vienen los productos que consumen, las condiciones de explotación en las que son producidos y los sueldos miserables que son pagados a quienes trabajan para producirlos.

Los europeos prefieren ignorar que su estilo de vida consumista y derrochador es causantes de la mayor parte de las emisiones de C02 y que los países pobres son los más afectados por los efectos del cambio climático sin haber contribuido mayormente a las emisiones. Los países europeos prefieren ignorar que actualmente los países pobres están asumiendo deudas gigantescas con organizaciones financieras para pagar por vacunas producidas por países europeos. Ellos saben que esto pondrá sus economías en condiciones desventajosas cuando la pandemia acabe.     

Los países europeos parecen haberse deshecho de la religión católica solo para poner en su lugar el dinero y la comodidad, los garantes de una vida eterna de vacaciones libres de culpa. A punto de terminar largas cuarentenas y con altos porcentajes de su población vacunada, los países europeos solo piensan en tener vacaciones y gastar su dinero mientras en la India, Sudamérica y África cientos de personas mueren porque no tienen oxigeno para mantener sus respiradores mecánicos funcionando.

Los ciudadanos europeos no sienten culpa, ellos insisten en que los países pobres han tenido malos gobernantes, son intrínsecamente corruptos, son flojos y poseen malos hábitos que hacen lento su camino hacia el progreso. Es claro que ellos no quieren ver las consecuencias que el colonialismo, -ese sistema que les hizo ricos a costa del saqueo de los que hoy parecen condenados a la pobreza, el racismo que sirvió de ideología para justificar esa exploración o las empresas y negocios fundados sobre el colonialismo- aún existen en otras formas.

Europa camina en una nebulosa, extraviada y seducida por un estilo de vida materialista y vacío se aleja de los ideales que la hicieron por largo tiempo un faro de sabiduría. Europa no puede dormir, confundida por la propaganda, ebria de narcisismo y ansiosa espera su próxima inyección de placer “guilt free”, para que la libre de todos los fantasmas, remordimientos y cadáveres que se han venido acumulando, como en el fondo mar mediterráneo los cuerpos de los refugiados, a su alrededor.   

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