Razón y fuerza de la resistencia

Ángel Marroquín

¿Puede algo resultar menos popular hoy que cuestionar la idea de resistencia?

La lógica polar quiere que veamos una reducción: los malos que quieren imponer su verdad por medio de la fuerza si es necesario y por otro lado los buenos, que se resisten a esta imposición valiéndose también de la fuerza. Unos atacan y otros resisten en una dinámica infinita escenificada por díadas como carabineros y primera línea, derecha e izquierda, pacifistas y terroristas, etc.

El sentido común nos dice que debemos resistirnos cuando se nos intenta imponer por la fuerza la razón. La idea de resistirnos resulta visceral, como un mecanismo de defensa que se activa a la menor indicación de un agente patógeno externo, la resistencia actúa como un sistema inmunitario que justifica la sobrevivencia del organismo, en este caso, hablamos de la protección de la preciosa integridad ideológica del resistente pero también de su integridad emocional y psicológica. Estar del lado correcto de la historia, etc. El ego se resiste, qué duda cabe. Es capaz de llegar hasta las últimas consecuencias, dice.

Esta ceguera la comparte el que asedia al resistente. Llámese sistema, totalitarismo o como se quiera. No cabe en su mente por un segundo la posibilidad de no tener razón. Este es el lugar del tutor moral, el padre o el poder. No hay más remedio que imponer “por la razón o la fuerza”. En sus vertientes más evolucionadas esta posiciones juegan con estrategias de seducción y “dulces condenas” para hacer que sus posiciones sean aceptadas sin suscitar resistencias, las que agotan recursos y enlentecen los procesos.

Entonces no basta con la argumentación de las partes para que se decida adoptar la posición del oponente. No basta con la exposición de los mejores argumentos de cada oponente. Demás resultan los datos que esgrimen. Entonces llegamos a un punto muerto. Por lo general la violencia se levanta desde este desierto argumentativo.

¿Qué pasó?

El dialogo, al iniciarse estaba amañado, desde que se inició, los participantes sabían que sus posiciones resultarán irreconciliables. A esta situación se le denomina en Chile diálogo de sordos y es una especie de deporte nacional.

¡Cuán lejos estamos del dialogo!, ¡Para diálogos los socráticos!

Claro y es que deberíamos tenerlos presentes y volver a ellos. ¿Por qué?

Porque los diálogos socráticos se inician siempre con una pregunta. Existe una simetría entre quien pregunta porque quiere saber y quien es preguntado y debe enfrentarse a aceptar su propia ignorancia o dialogar poniendo sus presupuestos en cuestión.

Aun cuando no se arriba a una respuesta definitiva la pregunta inicial ha dado origen a dos cosas fundamentales: el reconocimiento que nadie es portador de una verdad (todos somos ignorantes) y

el problema ha quedado ampliamente circunscrito, en otras palabras, hoy vemos muchos más matices en el problema de los que teníamos en mente cuando comenzamos el dialogo.

¿Hay en esta forma de dialogo un deseo por imponer la razón o la necesidad de resistirse a ella? Claro que no. Solo hay una voluntad compartida por buscar la verdad.

La resistencia no es admirable en absoluto menos aun cuando se viste de testarudez.

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