¿Cómo te llamas?, ¿De dónde vienes?

Ángel Marroquín

“Life shrinks or expands in proportion to one´s courage”

Anaïs Nin  

En primer lugar es necesario tomar en cuenta la natural ansiedad que se apodera del nativo frente al extraño en un mundo que se ha vuelto crecientemente amenazante. Se debe asimilar el hecho que la primera impresión que damos a los nativos podría ser una de amenaza, aún cuando nosotros no nos percibamos a nosotros mismos como amenazadores.

En este momento uno percibe que la comunicación no es algo dado, sino que requiere un esfuerzo especial de nuestra parte. Este esfuerzo corresponde a un artificio, una ortopedia anímica que permite hacer posible la comunicación. ¿Cómo saber si contamos con este artificio, esta voluntad de juego? Cuando salimos al encuentro de los nativos, los buscamos para hablar, lo hacemos porque tenemos lo que necesitamos: una voluntad de crear un momento especial.

La soledad en que algunos migrantes viven, sin comunicarse con los nativos y hablando en su idioma materno, se parece a un desierto o a un destierro voluntario. La fidelidad al propio idioma se torna hostil, inhabitable. Aquí se produce una clase de espejismo: cuanto más fieles y amantes creamos ser a nuestra lengua, menos la vemos como ella es realmente formando parte de un universo lingüístico rico y variado que es imposible de ser controlado, dominado, añorado o dominado por un solo hablante. Un idioma no vive de un hablante, solo vive en la multiplicidad, en la poligamia. Algo así como yo y mi idioma no existe. Esa es la razón por la que es imposible ser fiel a un fantasma, porque no existe y punto. Imposible vivir en una casa poblada por fantasmas porque hay que salir en busca de conversaciones, de los otros que nos temen y nos imaginan.

Si bien los nativos no nos hablan en un principio, ellos nos imaginan y fantasean con nuestras historias, orígenes y lejanos países desde los que venimos. Algunos nos temen mientras otros están deseosos por demostrarnos lo que han aprendido fuera de los territorios demarcados por sus coterráneos. Sus experiencias en otros países, series de tv, canciones salen al encuentro como primeros medios para establecer contactos.

En este momento el nativo decide internamente abrirse a la comunicación con el extraño o continuar su observación desde lejos, continuar imaginándolo mientras retoma sus actividades diarias.

Abrirse a la comunicación con un extraño no es un evento que suceda gratuitamente. Le toma tiempo al nativo prepararse, decidirse y le toma tiempo gastarlo en la conversación. Hablar con el extraño debe resultar suficientemente seductor como para olvidar lo que se estaba haciendo o estar dispuesto a posponer la prisa, a interrumpir la cotidianeidad.  Ente punto debe ser tenido en cuenta y agradecido: “gracias por el tiempo que has gastado conversando conmigo”.

Cuando se agradece, se restituye al nativo el tiempo que ha gastado pero también se honra la fe que ha tenido al poner su atención en el extraño. El nativo ha superado su miedo, ha abierto la puerta y esto es algo que es necesario celebrar. Una forma de hacerlo es mostrar el agradecimiento.

Conversar es abrir una puerta. Esta puerta solo se mantiene abierta gracias a la fe que ha permitido superar la ansiedad provocada por la presencia del extraño. Hay personas más cercanas a aceptar el riesgo que implica esta fe. A otros les cuesta y aún hay quien nunca sucumbe a la tentación de salir de sí, a asumir el riesgo de ser cosmopolita.

Cosmopolita quiere decir “ciudadano del mundo”, es decir, asumirse a sí mismo como miembro de una comunidad más amplia que la nacionalidad derivada de los lazos familiares, de sangre o de propiedad de la tierra. ¿Existe algo así hoy en día o es una pura utopía en estos tiempos de muros, pasaportes y chequeos migratorios?

La religión es un espacio cosmopolita y es un lugar donde el extraño aparece bajo otra luz. Es el Dios que visita, encubierto, a su pueblo. El extraño es una manifestación de presencia sagrada que espera ser reconocida. La religión funda una comunidad que no reconoce fronteras ni nacionalidades. Los creyentes deben hospitalidad a los extraños porque reconocen como un deber responder a solidaridad los unos a los otros como hermanos y hermanas. Los creyentes están cerca de la fe que se necesita para superar la ansiedad que provoca ese extraño que nadie conoce, que nadie sabe de dónde viene.

El que viene a conversar viene también a satisfacer una curiosidad natural frente al extraño:

¿Cómo te llamas?, ¿De dónde vienes?, ¿Vienes de paso?, ¿Cuánto tiempo te quedarás?

Al principio estas preguntas pueden parecer demasiado directas, rudas incluso. Son las primeras que han surgido con fe, es decir, sin temor. Hay que verlas como los primeros esfuerzos por superar la desconfianza y la ansiedad.

¿Hay que responder las preguntas? ¿Cómo responderlas?

¿Qué sucedería si quien pregunta supiera que realmente hemos perdido la certeza que teníamos antes de venir a su país?, ¿Cómo explicarle que al cambiar de idioma hemos perdido todo lo que teníamos?, ¿Cómo explicarle que no podemos responder esas preguntas sin sospechar que somos impostores o menos fieles a nosotros mismos?

Debemos aprender que no decir todo lo que pensamos es también una forma honesta de comunicarnos. Debemos aprender que hay algo que irremediablemente es perdido en la traducción. Es triste porque resulta irremediable. Es una clase de nostalgia permanente por lo no dicho. Como toda nostalgia es una enfermedad que hay que superar. No hay vacunas que la prevengan ni hay tratamientos rápidos. Hay que saber enfermar y hay que saber recuperarse de esa enfermedad.

El vacío dejado por lo que no podemos explicar es, poco a poco, ocupado por lo que hemos aprendido. Palabras que antes no significaban nada para nosotros hoy aparecen plenas de sentido. Desde el terreno arrasado, quemado por la melancolía aparecen pequeños tallos verdes. Las nuevas palabras crecen y la posibilidad de sentir de maneras diferentes se va ampliando. Son más las cosas que nos causan alegría y más las que nos entristecen.

Nos damos cuenta de lo que hemos hecho: atravesar un ciclo. Hemos muerto y hemos nacido. Nos hemos evaporado y hemos caído nuevamente a la tierra en forma de lluvia. Nos hemos transformado. En el camino de transformación hemos aprendido en silencio y hablando; escribiendo y dejando de escribir. No nos hemos quedado detenidos en el camino, hemos avanzado. No estábamos muertos cuando nos enterraron. Algo nos sostenía en el transcurso del cambio. Alguien nos acompañó a lo largo del camino. Alguien lloró con nosotros y alguien nos consoló cuando tuvimos que aprender lo imposible.

Una brisa sopló en nuestro rostro la tarde en que trabajando en el campo te secaste el sudor del rostro y miraste a la distancia las verdes colinas de Irlanda. Esa caricia delicada era Dios entrando en tu vida. Probablemente cuando mueras esa brisa pasará a tu lado y te sostendrá un momento, antes de llevarte.    

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