Ella

Ángel Marroquín

Me llevó años divorciarme. Juzgados, papeleo y la triste ceremonia de relatar una y otra vez la amargura de años perdidos. Los hijos, pobres criaturas arrastradas y obligadas a ver a sus padres, ahora extraños, disputando fríamente frente a otros extraños por las más insignificantes cosas.

Los años pasaron y, como suele suceder, todo se fue olvidando. Yo hice mi vida de nuevo junto a otra mujer y, de vez en cuando, oía algo acerca de mi ex esposa, casi siempre eran mis hijos quienes dejaban caer un comentario a la pasada mientras yo hacía como que pensaba en otra cosa.

Tras diez años desde nuestra boda y ocho desde nuestro divorcio, un día tuve que reunirme con ella. Se trataba de firmar un permiso para que uno de nuestros hijos pudiera viajar al extranjero. Nos juntamos en un café cualquiera ubicado en la parte moderna de la ciudad que nos era indiferente.

La vi llegar, lucía más joven y resuelta.

En cuanto se acercó a mí le dije:

-“Te ves hermosa”, y ella me respondió:

-Es que me siento amada.

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