Te llaman

Ángel Marroquín

Imagina que estas en una sala de espera. ¿Puedes oír la música? Si eres alguien como yo, con una larga experiencia en salas de espera, podrás reconocer esa música donde quiera que vayas. ¿Cuál es la característica que hace a esa música tan peculiar?

La música de la sala de espera constituye una secuencia de sonidos que se articulan de tal forma que nosotros podemos oírla y entender su mensaje. La música de la sala de espera se comunica con nosotros sugiriéndonos compañía. La música está puesta ahí, qué duda cabe, para acompañarnos en la espera porque en toda economía, el dinero habla y sabe cómo hacerse escuchar.

La música que cantaban los esclavos mientras cosechaban algodón en Estados Unidos seguía el ritmo de las distintas acciones en que se componía la cadena de trabajo de extracción. De ahí nació el Blues y el Gospel. La cadena Fordista también encontró música en Chicago y otras ciudades industriales en que los trabajadores solían cantar mientras ensamblaban automóviles y lavadoras. Lo central aquí no es el canto de los trabajadores sino la misteriosa combinación entre el sonido y las distintas acciones en que la actividad económica se subdividía a fin de acelerar su productividad por medio de eficacia y eficiencia introducida en los procesos productivos. En otras palabras, la economía fue 1) adquiriendo su sonido característico para extraer materias primas, producir mercancías, venderlas y desecharlas en basureros y 2) este sonido se fue acelerando y haciendo ensordecedor (ruido) hasta hacerse indistinguible del silencio. Ese es el sonido que uno puede escuchar cuando se dice: “el dinero habla”. Esos sonidos silenciosos son los que componen la voz del dinero.

A propósito Lee (2002) señala: “Rather like the meaninglessness of individual notes or even phrases in music, the significance of any single moment of economic activity begins to make sense in material terms only in the context of circuits of material reproduction.”[1] Es decir, la importancia y la conciencia del momento económico en que nos encontramos, como consumidores del servicio en el caso de la sala de espera, nos llega por medio de esa comunicación misteriosa, musical. Cuando somos capaces de oír la música podemos escuchar el movimiento de los trabajadores que desde el otro lado del mundo están extrayendo las materias primas o ensamblando las partes que componen los parlantes en que oímos la música o las partes del teléfono celular o computador que tienes en tus manos. Si prestamos atención a esta música, a este silencio, y tenemos suerte, oiremos al cabo de un rato a alguien gritando a lo lejos nuestro nombre. Nuestro verdadero nombre. Si tenemos suerte nos volveremos y sobre nuestro hombro, veremos, por fin. Alguien nos llama, la espera ha terminado, la sala de espera queda atrás.


[1] Lee R., 2002. Nice maps, shame about the theory: thinking geographically about the economic. Progress in Human Geography, 26, 333-355.

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