Avalancha

Ánegl Marroquín

Nos jugamos la vida cada día. De diferentes formas mientras caminamos, leemos un libro o miramos distraídos un escaparate, estamos en peligro. Lo sabemos y no lo sabemos. Las cosas se van acumulando y amontonando, formando altas torres que se tambalean. 

Hoy en medio de una pandemia la sensación de inestabilidad se ha acrecentado. Nos deslizamos por los días, avanzamos en nuestras tareas y quehaceres en el presente ahora, pero, imposibilitados como estamos de vivir dos veces un mismo día, podemos sentir el aliento de la muerte en la nuca. Si nos pudiéramos girar, mirar hacia atrás, nos decimos, tal vez podríamos entender de dónde viene el peligro sus causas, efectos y remedios.

Nuestra situación es como la del esquiador que se lanza por la pendiente de una empinada montaña y, de pronto, es consciente de (despierta a) la avalancha tras él. Si este esquiador imaginario pudiera mirar hacia atrás, ¿Qué vería?: la nieve centellante empujada hacia él por una fuerza salvaje y misteriosa. Un espectáculo sublime que quedaría en grabado en sus pupilas como su última visión de la vida.

Pero no, mirar hacia esa belleza horrorosa no le conduciría a conservar su vida, a escapar, a vivir. De alguna manera contemplar esa belleza no sería natural sino un contrasentido. Aún cuando le resulte tentador dejarse abrazar por la avalancha porque ¿Que es la avalancha para él sino el abrazo de la muerte, del misterio, del silencio? 

Para vivir debería mirar fijamente hacia adelante, intentar ganar velocidad, prever los obstáculos y dejarse llevar por el instinto sin pensar: dribbling, es decir, avanzar rápidamente evitando peligros. En otras palabras ir encontrando espacios seguros mientras avanza en un sendero inseguro. Debería moverse al ritmo de esa vida que quiere vivir pese a todo. Esa vida que le hermana con las plantas y los arboles que brotan con fuerza cada primavera buscando la luz pasando entre las rocas y los obstáculos. Una trucha que se eleva sobre la superficie del agua en busca de un insecto. Una trucha que por un instante atraviesa una superficie hostil, un ambiente mortífero, un desierto.

Nuestro esquiador tal vez podría, mientras avanza, por el rabillo del ojo ver algo de la avalancha. Podría ver como se mueve, y pasa danzando desde su espalda, a su costado y tras mirarlo-, y tal vez reconocerlo-, retrocede.

Como este esquiador imaginario nosotros también vamos cayendo.

Leave a Comment

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s