A Disused Shed in Co. Wexford

Derek Mahon

Let them not forget us, the weak souls among the asphodels.
                                                                           —Seferis, Mythistorema

(for J. G. Farrell)

Even now there are places where a thought might grow —

Peruvian mines, worked out and abandoned

To a slow clock of condensation,

An echo trapped for ever, and a flutter

Of wildflowers in the lift-shaft,

Indian compounds where the wind dances

And a door bangs with diminished confidence,

Lime crevices behind rippling rain barrels,

Dog corners for bone burials;

And in a disused shed in Co. Wexford,

Deep in the grounds of a burnt-out hotel,

Among the bathtubs and the washbasins

A thousand mushrooms crowd to a keyhole.

This is the one star in their firmament

Or frames a star within a star.

What should they do there but desire?

So many days beyond the rhododendrons

With the world waltzing in its bowl of cloud,

They have learnt patience and silence

Listening to the rooks querulous in the high wood.

They have been waiting for us in a foetor

Of vegetable sweat since civil war days,

Since the gravel-crunching, interminable departure

Of the expropriated mycologist.

He never came back, and light since then

Is a keyhole rusting gently after rain.

Spiders have spun, flies dusted to mildew

And once a day, perhaps, they have heard something —

A trickle of masonry, a shout from the blue

Or a lorry changing gear at the end of the lane.

There have been deaths, the pale flesh flaking

Into the earth that nourished it;

And nightmares, born of these and the grim

Dominion of stale air and rank moisture.

Those nearest the door grow strong —

‘Elbow room! Elbow room!’

The rest, dim in a twilight of crumbling

Utensils and broken pitchers, groaning

For their deliverance, have been so long

Expectant that there is left only the posture.

A half century, without visitors, in the dark —

Poor preparation for the cracking lock

And creak of hinges; magi, moonmen,

Powdery prisoners of the old regime,

Web-throated, stalked like triffids, racked by drought

And insomnia, only the ghost of a scream

At the flash-bulb firing-squad we wake them with

Shows there is life yet in their feverish forms.

Grown beyond nature now, soft food for worms,

They lift frail heads in gravity and good faith.

They are begging us, you see, in their wordless way,

To do something, to speak on their behalf

Or at least not to close the door again.

Lost people of Treblinka and Pompeii!

‘Save us, save us,’ they seem to say,

‘Let the god not abandon us

Who have come so far in darkness and in pain.

We too had our lives to live.

You with your light meter and relaxed itinerary,

Let not our naive labours have been in vain!’

***

Cabaña abandonada en el condado de Wexford

Aún hoy hay lugares donde un pensamiento podría crecer—

viejas salitreras chilenas, en desuso y abandonadas

al lento reloj de la condensación,
un eco atrapado para siempre, o un aleteo

de flores silvestres en la cabina de un ascensor,
mixtura india donde el viento danza
y una puerta se cierra de golpe con disminuida confianza,
grietas de cal tras barriles de lluvia ondulante,
la esquina en que el perro entierra sus huesos; 
y también en una cabaña abandonada en el condado de Wexford,

Profundo en el suelo de un hotel incendiado,
entre tinas y lavamanos
cientos de hongos se amontonan en el ojo de una cerradura.
Esta es la única estrella en su firmamento
o enmarcada estrella dentro de otra estrella.
Que harían ellos ahí sino desear?
Tantos días más allá el rododendro
con el mundo danzando en su cuenco de nubes,
ellos han aprendido paciencia y silencio
escuchando a las torres quejumbrosas en la espesura del bosque.

Ellos han estado esperando por nosotros en el hedor
del sudor vegetal desde los días de la Guerra Civil,
desde la tumba crujiente, la interminable partida
Del micologista expropiado.

El nunca volvió, y la luz desde entonces
es la cerradura oxidada suavemente después de la lluvia.
Las arañan han dado la espalda a sus telas, las moscas yacen envueltas en moho
y una vez al día, tal vez, ellas han podido oír algo—
un goteo en la mampostería, un grito desde el azul
o un camión cambiando de velocidad al final de la carretera.

Han habido muertes, la pálida carne parpadeando
dentro de la tierra que es nutrida con ella
y las pesadillas, nacidas de ambas y lo sombrío
dominio de aire viciado y humedad rancia.
Aquellos cercanos a la puerta crecen fuertes—
El cuarto de la esquina! El cuarto de la esquina!
El resto, en penumbras en el crepúsculo del desmoronamiento
utensilios y jarras rotas, gimiendo
por su liberación, han pasado tanto tiempo

expectantes de que solo sea dejada su figura entre el polvo.

Medio siglo sin visitantes, en la oscuridad—
sin previsión para las reparaciones de las grietas
y el crujir de bisagras; magos, hombres en la luna,
polvorientos prisioneros del Viejo Régimen,
garganta de telas de araña, acechada como trífidos, sacudida por la sequía
e insomnio, solo el fantasma de un grito

en el destello lanzado por un escuadrón de bombillas con las que despertamos   

muestran que aun hay vida en sus formas febriles,

crecido más allá de la naturaleza ahora, suave alimento para los gusanos
ellos levantan sus cabezas frágiles con gravedad y buena fe.

Ellos nos están rogando, ya ves, en su propio lenguaje
hacer algo, hablar en su nombre.

o al menos no cerrar la puerta de Nuevo.

gente perdida de Treblinka y Pompeya!
¡Sálvanos!, ¡Sálvanos!
que Dios no nos abandone
a quienes han llegado tan lejos en la oscuridad y el dolor.

Nosotros también teníamos nuestras vidas para vivir.
Tu con tu fotómetro y relajado itinerario,

no dejes que nuestros ingenuos trabajos hayan sido en vano!

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