Simone Weil está de pie en medio de la lluvia.

Ángel Marroquín

Simone Weil me ha acompañado por largos años y he regresado a ella muchas veces: cuando me encontraba inmerso trabajando en proyectos sociales que me demandaban totalmente y que me dejaban moralmente drenado y estuvo conmigo también cuando en silencio trabajé en el campo irlandés para ganarme la vida. Me ha acompañado a lo largo de estos años en que me ha tocado vivir como extranjero, dejar de lado mi lengua materna y aprender a decir soledad en un nuevo idioma.

Con el tiempo leerla se ha convertido en una forma de oración, un dialogo con una amiga mayor. Sus reflexiones han sido para mí como la ropa que visto cuando trabajo: dura, resistente y sucia de barro, plena de realidad y siempre a la espera, a mano, colgando de un clavo en la pared del garaje.

Y es que las reflexiones de Simone Weil parecen haber transitado, como en mi propia vida, desde el amor por la filosofía y la literatura al compromiso con los trabajadores explotados y los extranjeros para desembocar en la exploración del silencio y la búsqueda de Dios.

Siempre ella quiso la camaradería de los pobres. Ella también sintió la necesidad de experimentar y ver el mundo desde abajo, desde la cotidianeidad de aquellos que son explotados. La voluntad de explorar que la llevó a dejar la comodidad de un puesto universitario para trabajar como obrera en la Renault me resulta familiar. Yo también ejercí una serie de trabajos (aseador de trenes nocturnos, hacelo todo en un circo y juegos mecánicos, aprendiz en una imprenta, obrero en una fábrica de plástico, vendedor en una librería, referencista en una biblioteca, repartidor de volantes para una tarotista, etc) y al leer a Simone reconozco lo que me llevó a querer trabajar en ellos: la voluntad de experimentar en mí el peso del mundo. La aburrida rutina de los trabajos mal pagados  me resultaba la única forma honesta de experimentar el mundo. Yo también desee tener esa experiencia. Yo también creí que solo al arriesgarse a vivir en el trabajo era posible pensar y ser con otros, finalmente iguales. El trabajo era el lugar en que era posible conversar entre iguales, conocer. Había entonces que atreverse a saber.

Padecí en esos trabajos los rigores físicos que se asocian a un trabajo mal pagado y culturalmente mal visto. Supe de las tarjetas en que había que marcar al entrar al turno, escuché la sirena para ir a colación. Vestí el uniforme que nos hacía invisibles e iguales a todos. Experimenté la condescendencia con que la gente rica trata a los dependientes. Tuve la suerte de ver gestos gratuitos de una valentía  y solidaridad conmovedora entre compañeros de trabajo (compañeros de trabajo pobres que compartían su escasa comida por ejemplo), al tiempo que me tocó ver gestos de cobardía y violento menosprecio perpetrado entre compañeros de trabajo pobres. Me tocó ver pobres defendiendo a quienes les explotaban y me tocó ver a pobres robando lo poco que tenían, a otros pobres.

La aridez del trabajo en esas condiciones a la larga termina por resultar nociva para cualquiera. El hecho de ser testigo de la lenta horadación del carácter de las personas por las malas condiciones laborales, los bajos sueldos, la derrota etc, termina por agotar. Un día te das cuenta que no crees en nada. Moralmente ya no eres capaz de darle un sentido a lo que haces en el trabajo. Haz llegado a un callejón sin salida. Notas una contradicción insoluble entre quien eres y ese lugar al que te diriges, tu trabajo y pasas de largo en lugar de entrar por la puerta. 

¿Qué hacer?, ¿Seguir?, ¿Perseverar?. ¿Soportar, como lo hicieron tus padres y los padres de tus padres?, ¿Cómo hacer frente al peso de la existencia sin sentido del trabajo en un mundo desquiciado?.

No.

Hay algo que nos salva y que nos llama a seguir. El juego no ha terminado. Debes moverte hacia algo que te llama, más allá.  

¿Cuántas noches Simone estuvo sin dormir pensando en cómo apoyar a sus compañeros en huelga?,

¿Cuantas noches cansada de trabajar con sus manos escribió intentando dar forma a sus pensamientos acerca de su experiencia?.

Simone también partió.

Una extranjera. Eso es lo que fue Simone Weil, una extraña entre nosotros. Una pacifista en medio de la guerra, una creyente en medio de conformistas incrédulos.

Y es que esa posición, si es que estar fuera de lugar es una posición, de outsider, de extranjera, es la que fue capaz de darnos un testimonio puro de su experiencia de transformación permanente.

¿Por qué Sinome Weil es clave para nosotros hoy?  

Porque ella vivió tiempos aciagos de guerra y fanatismos y porque fue capaz de encontrar una forma de vivir sin traicionarse a sí misma. Pasó inadvertida entre nosotros. No quiso para sí ni la sabiduría certificada que regalan las Universidades ni un puesto en la revolución oficial. De alguna forma ella renunció a ambas como renunció a comer más que los soldados que luchaban por liberar Francia de los Nazis.

Ella amó el trabajo manual y el desapego. Amó sostener la realidad y dejarla pasar a través de sus manos como arena que se cae y se dispersa. Quiso aquello que perdura: el instante presente.

Simone, la que decidió vivir a la intemperie, vivió como pensó. La suya fue una biografía levantada desde las ruinas dejadas por las guerras. No vivió para ver Europa de pie, la suya fue siempre la Europa arruinada. Le tocaron los vestigios, las ruinas. 

Vivió si una guarida, a la intemperie en aciagos tiempos y al mismo tiempo con una vocación por el misterio. ¿No es esa otra razón para amarla?

¿No es sino la poesía la compañera de los que son destrozados?, ¿no es ella la que acompaña a los que a esta hora cruzan el mar mediterráneo en balsas mal pertrechadas o a los que son golpeados por la policía en Beirut, Hong Kong o Yakarta o Santiago de Chile?

¿Qué hay en las miradas de todos ellos?

¿Quién es capaz de mirar directamente esos ojos y decirnos qué hay en esas miradas?

Hay una guerra allí afuera y yo pienso que la poesía es la única capaz de mirar a los ojos el horror de lo que viene.  Ella es la única que no tiene nada que perder.

Mientras tanto Simone Weil está de pie en medio de la lluvia.

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