Cambiar

Aumenta la cantidad de muertos por COVID 19 en el mundo. Los países piden a sus ciudadanos permanecer en casa mientras los hospitales se abarrotan de personas enfermas en busca de tratamientos paliativos. Trabajadores de la salud arriesgan sus vidas mientras las más prestigiosas Universidades trabajan “contra reloj” para desarrollar una vacuna, una cura. Algo.

Mientras esto pasa, todos tenemos miedo. ¿Miedo de qué? nos preguntamos frente al espejo: miedo de perder.

¿Por qué?

Porque nos acostumbramos, como el avaro de Dickens, a contar nuestras ganancias antes de dormir. Nos acostumbramos a no ver la línea roja de las perdidas, nos acostumbramos a mirar los gráficos económicos en ascenso, siempre en ascenso. Más es mejor, nos decíamos.

Ahora estamos asustados, algunos por primera vez en muchos años están jugando con sus hijos pequeños, las parejas están conversando y caminando juntas a través de un barrio que antes solo veían al llegar del trabajo por la noche. 

Hoy nos preguntamos cuando volveremos a la normalidad mientras la cuarentena se extiende más y más. Con cada día que pasa la certeza que la normalidad no llegará crece un poco más en nosotros.

¿Cómo fue posible que pensáramos que nada iba a cambiar, que viviríamos para siempre en una eterna continuidad?, ¿Cómo fue posible que imagináramos que nuestra forma de vida sería eterna? y sobre todo ¿cómo fue posible que olvidáramos que nuestra forma de vida estaba levantada y sostenida sobre la injustas diferencias entre países ricos y países pobres; entre ciudadanos de primera y segunda clase;  entre nativos y extranjeros.

No es extraño entonces que algunos países hoy cuenten con equipos médicos entrenados y equipados con insumos de alta calidad y países en los que los propios trabajadores de hospitales deben fabricarse las mascarillas para poder atender a pacientes con COVID 19.

Nuestra vida estaba asentada en muchas muertes que no quisimos ver y que -como el Scrooge en el cuento de Dickens-, vienen hoy a visitarnos en nuestra reclusión:  miles de refugiados intentando cruzar hacia Europa en endebles embarcaciones fabricadas con neumáticos, inmigrantes traficados en camiones frigoríficos y hallados muertos, trabajadores indocumentados cosechando fruta en Italia, España. 

Es imposible corregir el pasado, las vidas humanas perdidas son irrecuperables aquellas que se perdieron en medio del mar y aquellas que se pierden hoy en centros de urgencia y hospitales. Cada una de estas muertes nos hace más pobres, nos deja más indefensos frente a lo que viene.

Las muertes acarearán un dolor irremediable que se extenderá por mucho tiempo y que debe obligarnos, por la fuerza, a cambiar nuestra vida. A empezar de nuevo.

Leave a Comment

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s